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El Tambor Agonizante
Literatura
Jueves, 05 de Julio de 2012 16:43
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EL TAMBOR AGONIZANTE

 

Dos o cuatro veces en mi vida, Dios, en Su misericordia, conmovió mi corazón, y dos veces antes de mi conversión, me encontré bajo el peso de una convicción profunda.

Durante la guerra americana, yo era cirujano en el ejército de los Estados Unidos, y después de la batalla de Gettysburg, Pennsylvania, había centenares de soldados heridos en mi hospital; entre ellos, veinte y ocho habían sido heridos tan severamente que necesitaban mi servicio urgentemente; algunos tenían que ser amputados de las piernas y otros de un brazo y de una pierna.

Uno de éstos era un muchacho que no había estado en el servicio más que tres meses; siendo demasiado joven para ser soldado se había alistado como tambor. Cuando mi asistente cirujano y otro ayudante vinieron a darle cloroformo para la operación, él volvió la cabeza a un lado y lo rehusó positivamente. Cuando el ayudante le dijo que el médico les había mandado darle cloroformo, él dijo: "Envíame el médico".

Yo vine al lado de su cama y le dije: "Joven, ¿por qué te niegas a tomar cloroformo? Cuando te hallé en el campo de batalla, tú estabas a punto de morir y pensé que apenas si valía la pena de recogerte; pero cuando tú abriste estos grandes ojos azules, pensé que tú tenías una madre en alguna parte, que tal vez pensaba en su hijo en este momento mismo. No quería que tú murieras en el campo y di la orden que tú fueras llevado aquí; pero tú eres demasiado débil para sobrellevar una operación sin cloroformo; por tanto, más valiera dejarme darte cloroformo".

Él puso su mano sobre la mía, y mirándome dijo: "Doctor, un domingo por la tarde, a la escuela dominical, cuando tenía nueve y medio años, yo di mi corazón a Jesús.  Aprendí a confiar en Él entonces y aún confío en Él; yo sé que puedo confiar en Él ahora. Él es mi fuerza y mi estimulante; Él me sostendrá mientras Usted ampute mi pierna y mi brazo".

Entonces, le pregunté si él me dejaría darle un poco de coñac; él miró de nuevo diciendo "Doctor, cuando tenía como cinco años, mi madre se arrodilló a mi lado, puso sus brazos alrededor de mi cuello y dijo: “Charlie, estoy rogando a Jesús que tú nunca conozca el sabor de las bebidas alcohólicas. Tu papá era un borracho y el alcoholismo fue la causa de su muerte; yo he prometido a Dios que, si es Su voluntad que tú llegues a la edad de hombre, tú caucionarás a los jóvenes contra el trago dañoso”. Tengo ahora diez y siete años, y nunca he probado algo más fuerte que el té o el café; y, como estoy probablemente a punto de ir en la presencia de Dios, ¿querría Usted enviarme allá con coñac en el estómago?"

Nunca olvidaré la mirada del joven. En aquel tiempo, yo odiaba a Jesús, pero no pude menos que respetar la lealtad de aquel joven para su Salvador; y cuando vi cuanto le amaba y confiaba en Él hasta el fin, algo conmovió mi corazón e hice para ese joven lo que nunca había hecho para otro soldado yo le pregunté si quería ver a su capellán. "Oh, sí, señor" fue su respuesta.

Cuando el capellán R. vino, reconoció inmediatamente al joven que había visto muchas veces en la tienda donde tenían lugar los servicios de oraciones; él tomó su mano y dijo: "Charlie, me apena verte en circunstancias tan tristes"

"Oh, estoy bien, señor", dijo el joven. "El doctor me ha ofrecido cloroformo, pero lo he rehusado; así pues, él quería darme coñac, lo que también rehusé; y ahora si mi Salvador me llama, puedo ir a Él con una mente clara".

"Puede que tú no mueras, Charlie", dijo el capellán, "pero en caso que el Señor te llamase, dígame si hay cualquiera cosa que yo pudiera hacer".

"Capellán hágame el favor de tomar la pequeña Biblia que está debajo de mi almohada. En ella se halla la dirección de mi madre. Hágame el favor de enviársela y de escribirle una carta y decirle que nunca he dejado pasar un solo día sin leer una porción de la Palabra de Dios y sin rogar diariamente que Dios bendiga a mi querida madre; a veces durante una marcha, otras veces en el campo de batalla o en el hospital".

"¿Hay otras cosas que yo podría hacer para ti?" preguntó el capellán.

"Sí. Hágame el favor de escribir una carta al superintendente de la escuela dominical en la calle Sands, Brooklyn, Nueva York, y dígale que las bondadosas palabras, las numerosas oraciones y los buenos consejos que él me dio, yo nunca los he olvidado; me han seguido a través de todos los peligros de la batalla, y ahora, en mi hora agonizante, suplico a mi Salvador que Él bendiga a mi querido viejo superintendente. Es todo".

Dirigiendo su mirada hacia mí, él dijo: "Ahora, doctor, estoy listo y le prometo que yo no lanzaré ni un gemido mientras Usted amputa mi brazo y mi pierna, si no me ofrece cloroformo". Yo le prometí eso, pero no tuve el valor de tomar el cuchillo en mi mano para hacer la operación sin ir, en primer lugar, a otro cuarto para tomar un poco de estimulante para darme la fortaleza de hacer mi deber.

Mientras cortaba la carne, Charlie Coulson no lanzó ni un gemido, pero cuando tomé la sierra para separar la carne del hueso, el joven agarró el rincón de su almohada y la puso en su boca, y la única cosa que pude oír era: "O Jesús, Jesús bendito, ayúdame ahora!" El cumplió su promesa y no profirió ni un quejido.

Venida la noche, no me fue posible dormir; de cualquier lado que me voltease, veía estos dulces ojos azules, y cuando, por fin, me dormí, las palabras, "Jesús bendito, ayúdame ahora", siguieron resonando en mis orejas. Entre las doce de la noche y la una de la mañana, me levanté y fui a visitar el hospital, una cosa que nunca antes había hecho a menos de haber sido llamado especialmente, pero ¡tan grande era mi deseo de ver a ese muchacho! Al llegar al hospital, el ayudante de noche me relató que dieciséis  de los casos desahuciados habían muerto y había sido llevados a la casa mortuoria. Pregunté: "¿Cómo está Charlie Coulson? ¿Está él entre los muertos?"

"No, señor", contestó el ayudante, "él está durmiendo como un nene". Cuando estaba al lado de la cama del joven, una de las enfermeras me relató que, a eso de las nueve, dos miembros de la Comisión Cristiana de los Estados Unidos habían venido al hospital para leer y cantar un himno. Estaban acompañados por el Capellán R. que se había arrodillado al lado de la cama de Charlie Coulson y había hecho una oración fervorosa y conmovedora; después, habían cantado, aún de rodillas, el más dulce de todos los himnos: “Jesús, Amador de Mi Alma”, y Charlie había cantado con ellos. Yo no podía comprender como él, quien había sobrellevado dolores  tan agudos, podía cantar.

Cinco días después de haber amputado el brazo y la pierna de ese querido muchacho, él envió por mí y oí de él, aquel día, por primera vez, un sermón evangélico. Él dijo: "Doctor, se llega mi hora; se está acabando mi vida y no espero ver otra salida del sol; pero, gracias a Dios, estoy dispuesto a partir, y antes de morir, quiero darle a Usted las gracias del más profundo de mi corazón por su bondad conmigo. Doctor, Usted es Judío; no cree en Jesús.

¿Me hará Usted el favor de quedarse aquí y verme morir, confiando en mi Salvador hasta el último momento de mi vida?" Yo traté de quedarme a su lado, pero no tuve el coraje de ver morir a un muchacho cristiano, deleitándose en el amor de aquel Jesús que yo había aprendido a odiar; por tanto, me fui de la sala precipitadamente. Como veinte minutos más tarde, un ayudante que me encontró sentado en mi oficina particular, cubriendo mi cara con una mano, dijo: "Doctor, Charlie Coulson quiere ver a Usted".

"Yo acabo de verle", contesté, "y no puedo verle otra vez". "Pero, Doctor, él dice que lo tiene que ver a Usted una vez más antes de morir". Me decidí a ir a verle otra vez, para decirle algunas palabras cariñosas, y en seguida, dejarle morir; pero estaba determinado a no dejarle ejercer  la menor influencia sobre mí en cuanto a su Jesús. Al entrar en su cuarto, yo vi que él se empeoraba rápidamente, y me senté en su cama. Él me pidió tomar su mano en la mía y dijo: "Doctor, yo le amo a Usted porque es Judío; el mejor Amigo que yo he encontrado en este mundo era un Judío".

Yo le pregunté quién era. Él contestó: "Jesucristo, a quien quiero presentarle antes de morir: ¿Y, Doctor, quiere Usted prometerme que nunca olvidará lo que estoy para decirle. Se lo prometí,  y él dijo: "Hace cinco días, mientras Usted me amputaba el brazo y la pierna, supliqué al Señor Jesucristo que Él convirtiera su alma".

Estas palabras penetraron profundamente en mi corazón. Yo no podía comprender como, mientras le causaba el dolor más intenso, él podía olvidarse completamente de sí mismo y pensar en nada, sino en su Salvador y en mi alma no convertida. La única cosa que pude decir fue: "Mi querido niño, todo estará bien para ti prontamente". Con que, me fui, y veinte minutos más tarde él se durmió, "seguro en los brazos de Jesús".

Centenares de soldados murieron en mi hospital durante la guerra, pero el único entierro que presencié fue el entierro de Charlie Coulson, el tambor, recorriendo a eso de cinco kilómetros en coche para verle descender en la tumba. Yo había hecho arreglos para que él fuera sepultado en un uniforme nuevo de oficial en un ataúd de oficial cubierto con una bandera de los Estados Unidos.

Las últimas palabras de ese querido muchacho agonizante me impresionaron profundamente. Entonces, yo era rico en cuanto al dinero, pero yo habría dado cada centavo que poseía si hubiera podido tener para Jesucristo el concepto y los sentimientos que tenía Charlie Coulson; pero eso no se puede comprar con dinero. ¡Ay de mí! No tardé en olvidar del todo el pequeño sermón de mi soldado cristiano, pero no podía olvidar el joven mismo. Ahora, yo sé que yo estaba bajo el peso de una convicción de pecado; pero combatí a Cristo con todo el  aborrecimiento de un Judío ortodoxo por cerca de diez años, hasta que finalmente la oración del querido joven fue concedida y Dios convirtió mi alma.

Como dieciocho meses después de mi conversión, asistí a un servicio de oraciones en la ciudad de Brooklyn, Nueva York. Era uno de estos servicios en los cuales cristianos atestiguan el amor de su Salvador. Después que varias personas hubieron hablado, una señora de edad madura se levantó y dijo: "Queridos amigos, se puede que sea la última vez que yo tenga el privilegio de atestiguar para Cristo. ¡Oh, me es una gran alegría saber que encontraré a mi hijo con Jesús en el Cielo! Mi hijo no solamente era un soldado para su patria, sino también un soldado para Jesucristo. Él fue herido en la batalla de Gettysburg y cayó en manos de un médico judío que amputó su brazo y su pierna, pero él murió cinco días después de la operación. El capellán del regimiento me escribió una carta y me envió la Biblia de mi hijito. Él me dijo en esta carta que mi Charlie, en su última hora, envió por el médico judío y le dijo: “Doctor, quiero decirle antes de morir que hace cinco días, mientras Usted amputaba mi brazo y mi pierna, supliqué al Señor Jesucristo que Él convirtiera su alma”.

Al oír el testimonio de aquella señora, no pude quedarme en mi sitio. Me dirigí rápidamente hacia ella y, tomando su mano, le dije: "Dios bendiga a Usted, querida hermana; la oración de su hijo ha sido concedida Yo soy el médico judío por quien oró su hijo, y su Salvador es ahora mi Salvador".










 
 
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