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Capítulo 12 - La Psicología De La Fe
Poder de lo Alto
Viernes, 29 de Junio de 2012 21:55
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PODER DESDE LO ALTO

POR CHARLES FINNEY

Capítulo 12

La Psicología De La Fe

He por tanto intentado mostrar que la santificación es forjada en el alma por el Espíritu de Cristo, mediante la fe, con o sin la concurrencia de nuestra propia actividad. Ahora quisiera poner la atención en la naturaleza o psicología de la fe como un acto o estado mental. Mi maestro de teología sostenía que la fe era un acto o estado mentales, una convicción o persuasión firme que las doctrinas de la Biblia son verdaderas. Hasta donde me acuerdo, ésta era la postura de fe que oía por todos lados.

Cuando se objetó esto, que estas convicciones o estados intelectuales eran voluntarios, y no podían ser producidos por ningún esfuerzo de la voluntad, y consecuentemente, no podemos estar bajo obligaciones de ejercer la fe, y además, esa fe, acto o estado intelectuales, no podía ser virtud, se nos contestó que controlamos la atención de la mente por esfuerzos de la voluntad, y que nuestra responsabilidad puesta en la búsqueda de ese grado de evidencia que no convencería al intelecto, esa incredulidad era pecado, porque era el resultado inevitable de un fracaso de buscar y aceptar la evidencia de las verdades de revelación; esa fe era virtud, porque involucraba el consentimiento y esfuerzo de la voluntad de buscar la verdad.

Me he encontrado con esta noción errónea de la naturaleza de la fe cristiana casi en todos lados desde que me licencié para predicar. Especialmente a inicios del ministerio me encontré con gran énfasis en creer "los artículos de fe", y se sostenía que la fe consistía en creer con una convicción firme las doctrinas sobre Cristo. De ahí, se insistió mucho en una aceptación de las doctrinas, las doctrinas, las DOCTRINAS del evangelio como una fe constituyente. Había sido llevado a aceptar estas doctrinas intelectual y firmemente antes de que me convirtiera. Y cuando se me dijo que creyera, contesté, yo creo, y ningún argumento o aserción podía convencerme de que no creía el evangelio. Y hasta el mismo momento de mi conversión no se me convenció y no se me podía convencer de mi error.

En el momento de mi conversión, o cuando primero ejercí la fe, vi mi error ruin. Encontré que la fe no consistía en una convicción intelectual de que las cosas afirmadas en la Biblia acerca de Cristo eran verdaderas, sino en la confianza del corazón en la persona de Cristo. Aprendí que el testimonio de Dios referente a Cristo fue diseñado para llevarme a confiar en Cristo, confiar en su persona como mi Salvador; que el sólo creer acerca de Cristo era un error fatal e inevitablemente me dejaba en mis pecados. Era como si estuviese enfermo de muerte, y alguien me recomendara un doctor que seguramente podía y estaba dispuesto a salvar mi vida, y que debía escuchar el testimonio referente a él hasta estar plenamente convencido de que podía y estaba dispuesto a salvar mi vida, y entonces se me debía decir que creyera en él y mi vida estaría asegurada. Ahora, si entendí eso que no quería decir más que dar crédito al testimonio con la convicción más firme, debo contestar "yo sí creo en él con una fe sin duda. Creo cada palabra que se me ha dicho tocante a él." Si aquí me detuviera, debo desde luego, perder mi vida. Aunado a esta firme convicción intelectual de su disponibilidad y habilidad, era esencial corresponderle, acudir a él, confiar en su persona, aceptar su tratamiento. Cuando hube aceptado intelectualmente el testimonio referente a él con una creencia firme, el paso siguiente e indispensable sería un acto voluntario de confianza en su persona, una entrega de mi vida a él y a su tratamiento soberano en la cura de mi enfermedad.

Ahora bien, esto ilustra la verdadera naturaleza o psicología de la fe como existe de hecho en la conciencia. No consiste en algún grado de conocimiento intelectual, o aceptación de las doctrinas de la Biblia. La persuasión más firme posible de que cada palabra dicha en la Biblia con respecto a Dios y Cristo es verdadera, no es fe. Estas verdades y doctrinas revelan a Dios en Cristo sólo en tanto apunten a Dios en Cristo, y enseñen al alma cómo encontrarlo por un acto de confianza en su persona.

Cuando firmemente confiamos en su persona, y dedicamos nuestras almas a él por un acto firme de confianza en él por todo aquello que afirma ser para nosotros en la Biblia, esto es fe. Confiamos en él sobre el testimonio de Dios. Confiamos en él por lo que las doctrinas y hechos de la Biblia declaran de él que es para nosotros. Este acto de confianza de nuestro espíritu con él en una unión tan cercana que directamente recibimos de él una corriente de vida eterna. La fe, en la conciencia, parece completar el divino círculo galvánico, y la vida de Dios es instantáneamente impartida en nuestras almas. La vida de Dios, y la luz, y el amor y la paz, y el gozo parecen fluir hacia nosotros como natural y espontáneamente como la corriente galvánica desde la batería. Entonces por primera vez entendemos lo que Cristo significa por nuestro ser unido y de este modo revelado a nosotros como Dios. Estamos conscientes de la comunión directa con él, y lo conocemos como nos conocemos a nosotros mismos, por su actividad directa dentro de nosotros. Entonces sabemos directamente, en conciencia, que él es nuestra vida, y que recibimos de él, momento a momento, por así decirlo, una impartición de fe eterna.

Con algunos la mente es comparativamente oscura, y la fe, por consiguiente, es comparativamente débil en su primer ejercicio. Pueden tener una opinión amplia y sin embargo creer intelectualmente, pero poca con una convicción de darse cuenta. De ahí, su confianza en él será tan estrecha como sus convicciones de darse cuenta. Cuando la fe es débil, la corriente de vida divina fluirá tan suavemente que escasamente estamos conscientes de ella. Pero cuando la fe es fuerte y abarca todo, nos deja una corriente de vida divina de amor hacia nuestras almas tan fuerte que parece permear tanto el alma como el cuerpo. Sabemos entonces en la conciencia lo que es tener el Espíritu de Cristo dentro de nosotros como un poder para salvarnos de pecado y estar de pie en el camino de obediencia amorosa.

Por pláticas personales con cientos, y puedo decir miles, de cristianos, me he quedado pasmado con la aplicación de las palabras de Cristo, como se registran en el capítulo quinto de Juan, a la experiencia de ellos. Cristo dijo a los judíos: "Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida". No entienden las escrituras. Se satisfacen con asegurar lo que las escrituras dijeron sobre Cristo, pero no aprovechan la luz así recibida por un acto de confianza amorosa en su persona. Me temo que hoy en día sea verdad, como ha sido en los días del pasado, que multitudes no ven los hechos y las doctrinas del evangelio y por ningún acto de confianza de ir a él concerniente a que todo este testimonio es dado. De este modo la Biblia se malentiende y se abusa de ella.

Muchos, entendiendo la "Confesión de Fe", como el resumen de las doctrinas de la Biblia, descuidaron mucho la Biblia y descansan en una creencia de los artículos de fe. Otros, más precavidos y esforzados, escudriñan las escrituras para ver qué dicen acerca de Cristo, pero se detienen y descansan en la formación de las opiniones teológicas correctas, mientras otros, y son la única clase salvada, aman las escrituras intensamente porque testifican de Jesús. Buscan y devoran las escrituras porque les dice quién es Jesús y por lo que pueden confiar en él. No se detienen y descansan en este testimonio, sino por un acto de confianza amorosa de él, por una comunicación divina directa, las cosas por las que son llevados a confiar en él. Esto es ciertamente la experiencia cristiana. Esto es el recibir de Cristo vida eterna que Dios ha dado a nosotros en él. Ésta es fe salvadora.

Hay muchos grados en la fortaleza de la fe, de la cual estamos difícilmente conscientes de aquello que deja tal anegación de vida eternal en el alma como para vencer bastante la fuerza del cuerpo. En el ejercicio más fuerte de fe los nervios del cuerpo parecen dar paso por el momento bajo el ejercicio abrumador de la mente. Esta gran fuerza de ejercicio mental no es quizás muy común. Podemos soportar más que poco de la luz y amor de Dios en nuestras almas y aún permanecer en el cuerpo. A veces he sentido que una visión poco más clara llevaría a mi alma lejos del cuerpo, y me he encontrado con muchos cristianos que los ventarrones de influencia espiritual eran familiares. Pero mi objetivo para escribir así es para ilustrar la naturaleza o psicología y resultados de la fe salvadora.

La contemplación de la actitud y experiencia de muchos cristianos profesantes tocante a Cristo es verdaderamente lamentable y maravillosa, considerando que la Biblia está en sus manos. Muchos de ellos parecen haberse detenido en opiniones teológicas más o menos firmemente sostenidas. Esto entienden ellos que es fe. Otros son más esforzados y no se detienen en una convicción más o menos de darse cuenta de las verdades de la Biblia referentes a Cristo. Otros tienen impresiones fuertes de las obligaciones de la ley, que los mueven a empezar una vida esforzada de obras que los llevan a la atadura. Oran desde un sentido del deber; son cumplidores, mas no amorosos, no confiados. No tienen paz, ni descanso, excepto en casos donde se persuaden ellos mismos de que han cumplido su deber. Están en un estado agonizante sin descanso.

"A la razón escuchan, sus consejos ponderan,

Todas sus palabras aprueban

Y sin embargo difícil de obedecer son

Y más aún de amar".

Leen y quizá escudriñen las escrituras para aprender su deber y aprender acerca de Cristo. Intelectualmente creen todo lo que las escrituras dicen acerca de él, pero cuando Cristo es de ese modo encomendado a su confianza, no lo hacen por un acto de confianza personal amorosa y entrega a él para unir sus almas con él como para recibir de él el influjo de la vida de él, y la luz y el amor. No reciben por un simple acto de confianza personal y amorosa la corriente de la vida divina de él y el poder en sus propias almas. No se agarran de la fuerza de él y entrelazan su ser con el suyo. En otras palabras, no creen verdaderamente. De ahí que no son salvos. ¡Ah! Qué error es éste. Me temo que es muy común. No, parece ser cierto que es terriblemente común, de otro modo ¿cómo puede dar cuenta el estado de la Iglesia? ¿Acaso es aquello que vemos en las grandes masas de profesantes de religión todo lo que Cristo hace para y en su gente cuando verdaderamente creen? ¡No!, ¡no! Aquí hay un gran error. La psicología de la fe está errada, y una convicción intelectual de la verdad del evangelio se supone que es fe. Y algunos cuyas opiniones parecen estar bien en cuanto a la naturaleza de la fe descansan en su filosofía y fallan en ejercer la fe.

Que nadie suponga que subestimo el valor de los hechos y las doctrinas del evangelio. Considero un conocimiento y creencia de ellos como de importancia fundamental. No simpatizo con aquellos que los devalúan y tratan la discusión doctrinal y la predicación como de importancia menor, ni puedo consentir la enseñanza de aquellos que nos predican a Cristo y no las doctrinas respecto a él. Son los hechos y las doctrinas de la Biblia que nos enseñan quién es Cristo, por qué es de confianza y para qué. ¿Cómo es que podemos predicar a Cristo sin predicar acerca de él? ¿Y cómo es que podemos confiar en él sin estar informados por qué y para qué confiamos en él?

El error al que me enfoco no consiste en poner mucho énfasis en enseñar y creer los hechos y doctrinas del evangelio, sino consiste en fallar de confiar en el Cristo personal por lo que esos hechos y doctrinas nos enseñan a confiar en él, y satisfacernos a nosotros mismos con creer el testimonio referente a él, así descansar en la creencia de lo que Dios ha dicho acerca de él. En vez de entregar nuestras almas a él por un acto de confianza amorosa.

El testimonio de Dios con respecto a él está diseñado para asegurar nuestra confianza en él. Si falla en asegurar la unión de nuestras almas a él por un acto y estado de confianza implícita en él--tal acto de confianza como nos une a él como el pámpano está unido a la vid--hemos oído el evangelio en vano. No somos salvos. Hemos fracasado en recibir de él esa impartición de vida eterna que puede ser conducida a nosotros a través de ningún otro canal más que el de la confianza implícita.



 

 
 
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