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Capítulo 3 - LA INVESTIDURA DEL ESPÍRITU
Poder de lo Alto
Viernes, 29 de Junio de 2012 22:13
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PODER DESDE LO ALTO

POR CHARLES G. FINNEY

 

Capítulo 3

LA INVESTIDURA DEL ESPÍRITU

 

Desde la publicación de mi artículo "Poder desde lo alto" en el Independent he sido confinado por una enfermedad prolongada. Mientras tanto, he recibido numerosas cartas preguntando sobre ese tema. Se relacionan en su mayoría con puntos en particular:

1. Piden más ejemplos de la exhibición de ese poder.

2. Preguntan: "¿Quiénes tienen derecho a esperar esa investidura?"

3. ¿Cómo o bajo qué condiciones se puede obtener?

No puedo contestar estas preguntas por correspondencia a la gente. Con su anuencia propongo, si mi salud sigue mejorando, contestarles en varios artículos breves a través de sus columnas. En el presente número relataré otra exhibición de este poder desde lo alto, como lo presencié. Poco después que obtuve la licencia para predicar fui a una región del país de donde era totalmente ajeno. Fui a solicitud de la Female Missionary Society en el condado de Oneida, Nueva York. A principios de mayo, creo yo, visité el pueblo de Antwerp, en la parte norte del condado de Jefferson. Me detuve en el hotel del pueblo, y ahí supe que no había reuniones religiosas en ese entonces. Tenían una casa de ladrillo para reuniones, pero estaba cerrada. Mediante esfuerzos personales conseguí que varias personas se instalaran en el recibidor de una señora cristiana, y les prediqué en la tarde luego de mi llegada. Pasé por el pueblo y quedé estupefacto por la horrible profanidad entre los hombres adonde fuera que iba. Obtuve permiso de predicar en la escuela el domingo siguiente, pero antes de ese día estaba muy desanimado, y casi escandalizado por el estado de la sociedad que presenciaba. El sábado el Señor puso con poder en mi corazón las siguientes palabras, dirigidas por el Señor Jesús a Pablo (Hechos 18:9-10): "No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad". Esto sometió mis temores completamente, pero mi corazón estaba cargado con agonía por la gente. El domingo en la mañana me levanté temprano, y me retiré a una arboleda no muy lejos del pueblo para derramar mi corazón ante Dios por una bendición para la obra del día. No pude expresar la agonía de mi alma en palabras, pero luché con mucho gemir, y creo con muchas lágrimas, por una o dos horas, sin obtener alivio. Regresé a mi cuarto en el hotel, pero casi inmediatamente volví a la arboleda. Hice esto tres veces. La última vez obtuve alivio completo, justo a tiempo para ir a la reunión. Fui a la escuela, y la encontré completamente llena. Saqué mi pequeña Biblia de bolsillo y leí: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". Mostré el amor de Dios como se contrasta con la manera en la que fue tratado por aquellos a quienes dio su hijo. Les hice ver su profanidad y mientras reconocía a mis oyentes cuya profanidad había observado en especial, en la plenitud de mi corazón y con muchas lágrimas les indiqué: "he oído a estos hombres que han nombrado a Dios para maldecir a sus semejantes". La Palabra hizo un poderoso efecto. Nadie parecía ofendido, pero casi todos desfallecían grandemente. Al término del servicio el dueño tan amable, el señor Copeland, se levantó y dijo que abriría la casa de reunión en la tarde. La casa de reunión estaba llena como en la mañana, la Palabra hizo un poderoso efecto. Así el avivamiento poderoso comenzó en el pueblo, y luego a propagarse por todos lados. Creo que fue en el segundo domingo después de esto cuando me quité del púlpito, un anciano se me acercó y me dijo: "¿No podrá venir a predicar en donde vivo? Nunca hemos tenido reuniones religiosas ahí". Pregunté por la dirección y la distancia, y quedé de predicar ahí la siguiente tarde del lunes a las cinco en su escuela. Había predicado tres veces en el pueblo, y había asistido a dos reuniones de oración en el Día del Señor, y el lunes fui a pie para cumplir con la cita. Hacía calor ese día y antes de llegar sentí que casi me desmayaba al caminar, y grandemente desanimado en mi mente. Me senté en la sombra al borde del camino, y me sentí como si me fuera a desmayar al llegar ahí; si eso pasara, estaba muy desanimado como para hablar a la gente. Cuando llegué encontré el lugar lleno, e inmediatamente empecé el servicio al leer un himno. Intentaron cantar, pero la horrible disonancia me hacía sentir que agonizaba más allá de lo que pudiera expresar. Me agaché, puse mis codos sobre mis rodillas y mis manos sobre mis oídos, y sacudí mi cabeza para callar la disonancia, la cual incluso apenas podía soportar. Tan pronto dejaron de cantar me puse de rodillas, casi en un estado de desesperación. El Señor me abrió las ventanas de los cielos, y me dio gran ensanchamiento y poder en oración. Hasta ese momento no tenía ni idea de qué texto iba a usar para la ocasión. Me levanté de mis rodillas y el Señor me dio esto: "Levantaos, salid de este lugar; porque Jehová va a destruir esta ciudad". Le dije a la gente según recuerdo, dónde encontrarían el texto, y seguí diciéndoles sobre la destrucción de Sodoma. Les di un bosquejo de la historia de Abraham y Lot, y sus relaciones entre ellos; de la oración de Abraham por Sodoma, y de Lot, como el único justo en la ciudad. Mientras lo hacía, noté que la gente se veía muy enojada en extremo conmigo. Muchos semblantes parecían muy amenazadores y algunos hombres cerca de mí se veían como si fueran a golpearme. Esto no pude entender, pues sólo les estaba dando, con gran libertad de espíritu, un esbozo de la historia de la Biblia. Tan pronto terminé mi esbozo histórico, me volví a ellos, y les dije que había entendido que nunca ellos habían tenido ninguna reunión religiosa en ese lugar, y viendo ese hecho, los embestí con la espada del Espíritu con toda mi fuerza. A partir de ese momento la solemnidad aumentó con mucha rapidez. En unos momentos parecía que caía sobre la congregación un impacto instantáneo. No puedo describir la sensación que sentí, ni aquello que era patente en la congregación, pero la palabra parecía literalmente que cortaba como una espada. El poder desde lo alto caía sobre ellos en un torrente tal que se cayeron de sus lugares por todos lados. En menos de un minuto casi toda la congregación estaba de rodillas o agachada, o en alguna posición postrada ante Dios. Todo mundo lloraba o gemía por misericordia a sus almas. No pusieron más atención a mí o a mi predicación. Traté de que me pusieran atención, pero no pude. Observé que el anciano que me había invitado seguía en su asiento cerca del centro del lugar. Estaba viendo por todos lados con gran asombro. Le hice señas y le grité: "¿No puede orar?" Se arrodilló y con estruendo hizo una breve oración, tan fuerte como pudo gritar, pero no le pusieron atención. Después de ver por todos lados por unos momentos, me arrodillé y me agaché hacia un joven que estaba arrodillado a mis pies, y orando por la misericordia de su alma. Obtuve su atención y le prediqué a Jesús en su oído. En unos momentos se rindió a Jesús por fe, e irrumpió en oración por aquellos alrededor de él. Entonces me volví a otro y a otro. Luego de seguir en esta forma hasta casi el atardecer, agradecí por la reunión al anciano que me había invitado para irme a cumplir con otra cita en otro lugar esa tarde. En la tarde del siguiente día se me pidió volver a ese lugar, pues no se había podido terminar la reunión. Habían tenido que salir de la escuela para dar lugar a las clases, pero se habían ido a una casa cerca, donde encontré una cantidad de personas aún muy ansiosas y cargadas con la convicción de volver a sus hogares. Pronto ahí fueron sometidos a la Palabra de Dios, y creo que todos obtuvieron una esperanza antes de irse a sus casas. Obsérvese, que era totalmente ajeno al lugar, el cual nunca había visto ni oído, hasta que me contaron. Pero ahí, en una segunda visita, supe que el lugar se llamaba Sodoma, por su iniquidad, y el anciano que me había invitado se llamaba Lot, porque era el único profesante de religión. Luego de esta forma, el avivamiento brotó donde él vivía. No he estado ahí en muchos años, pero en 1856, creo, mientras estaba en la obra en Syracuse, Nueva York, se me presentó a un ministro de Cristo del condado de St. Lawrence con el nombre de Cross. Me dijo: "Señor Finney, no me conoce pero ¿se acordará de haber predicado en un lugar llamado Sodoma? Le dije: "Nunca lo olvidaré". Me contestó: "En ese entonces era joven; me convertí en esa reunión". Todavía vive, es pastor de una de las iglesias de ese condado, y es el padre del director de nuestro departamento de preparatoria. Quienes han vivido en esa región pueden testificar de los resultados permanentes de ese bendito avivamiento. Sólo puedo dar en palabras una descripción leve de esa manifestación maravillosa desde lo alto al asistir a la predicación de la Palabra.

 
 
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