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Sermón - 26 de mayo de 1850 - Hacer a Dios un Mentiroso
Sermones Charles G. Finney
Sábado, 30 de Junio de 2012 17:52
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Hacer a Dios un Mentiroso

Sermón dirigido en la mañana del domingo del 26 de mayo de 1850

Por el Reverendo C. G. Finney

DEL OBERLIN COLLEGIATE INSTITUTE, AMERICA

EN EL TABERNACLE, MOOREFIELDS

 

"El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo" (1 Juan 5:10) .

 

Ahora me concentraré en la segunda parte de este versículo: "el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso". Trataré de mostrar:

1. Lo que no es incredulidad.

2. Lo que es.

3. En qué sentido la incredulidad hace a Dios un mentiroso.

4. Observar algunas manifestaciones de la incredulidad.

5. Brevemente advertiré de los resultados de la incredulidad.

1. Lo que no es incredulidad. Muchísimas personas hablan en contra de la incredulidad sin entender exactamente lo que es. Se vuelve necesario pasar unos momentos mostrando lo que no es incredulidad y luego lo que es. La incredulidad no es una mera ausencia de fe. No es un simple estado negativo de la mente en lo absoluto. Tampoco es la incredulidad una simple actitud intelectual, o estado, causado por una falta de evidencia suficiente. Tampoco es la incredulidad un estado de ignorancia en blanco de Dios y de su verdad. Tampoco consiste en un estado de completa ignorancia de la existencia y los atributos de Dios. La incredulidad no es un simple descreer o creer lo opuesto a lo que dice la Biblia ser verdad. La incredulidad no es un estado intelectual en lo absoluto. La Biblia representa la incredulidad como un pecado; por tanto, no es necesariamente un estado de la mente.

2. Lo que es incredulidad. Desde luego, si es pecado, debe ser un estado voluntario de la mente; la Biblia se queja de ella como un espíritu al cual no tenemos el derecho de consentir, la representa como un delito en nosotros por el cual somos responsables, Ahora, si esto es el hecho, debe ser un estado voluntario de la mente, pues si la pudiéramos evitar, la Biblia no la denunciaría como uno de los pecados más grandes, y no nos pediría que la dejáramos. De nuevo, es realmente lo opuesto de la fe. ¿Qué es la fe? Ésta no es una mera convicción intelectual. Sabemos que no puede ser, pues el diablo tiene esa fe, y también muchos hombres perversos; sus corazones asienten a la verdad, y eso es lo que con frecuencia los turba tanto. La fe consiste, entonces, en dar nuestra confianza a Dios, en sometimiento voluntario de nosotros mismos a él, fiarnos de él, entregarnos a él. Es por tanto ese término de fe que se usa en la Biblia; el mismo término que representa entrega también representa fe. "De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel Creador". Y de nuevo, "Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos"; en éstos, y en otras instancias diversas, la palabra aquí se interpreta como entrega. Ahora, la incredulidad es directamente lo opuesto de esto; es retener la confianza donde hay evidencia suficiente, y donde hay suficiente luz en el intelecto; y esta retención de la confianza está representada como incredulidad de corazón --no meramente del intelecto, sino del corazón. La incredulidad implica que el intelecto percibe la verdad. Aquello que constituye fe salvadora es el corazón que confía en Dios, entregarse a sí mismo a la verdad, rendirse a sí mismo a recibir la verdad, mientras que la incredulidad es lo contrario a todo esto --que el corazón no se entrega a Dios, y no se rinde a sí mismo para recibir la verdad. Ahora, vemos con frecuencia este estado de la mente manifestado en relación con este mundo. Ven personas reteniendo su confianza donde hay la evidencia más fuerte de la verdad de aquello que son llamados a creer. Vean la tribuna del jurado; el prisionero ha sido enjuiciado, y el juez ha recapitulado la evidencia, y puesto la verdad simple ante el jurado, pero algunos de ellos no se rendirán a ella, y no darían su confianza. Ahora este estado de la mente en religión es incredulidad. Ahora vemos en todos lados multitudes de hombres cuyas mentes están convencidas referente a la verdad de la Biblia; creen que es verdad; la asienten intelectualmente, y llaman a esto fe; dicen creer --sus opiniones están hechas. Pueden argumentar en defensa de sus principios, y decir que tienen fe en ellos. Ustedes pueden llamarlos a creer, y dicen que sí creen, mientras que de hecho es, cuando los hombres no se entregan a la verdad, no creen para salvar sus almas. La incredulidad intelectual no es nada sin la confianza. La Biblia dice "y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe". Habiendo explicado la naturaleza de la incredulidad procedo a considerar el tercer punto.

3. En qué sentido la incredulidad hace a Dios un mentiroso. Dice el texto: "el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso". La retención de la confianza es una negación práctica de que Dios es digno de confianza. Ahora, no hay nada más irracional en el universo que la incredulidad. Dios ha constituido a los hombres de tal manera que, por una ley necesaria de sus mentes, ellos afirman que no mentirán. Nadie nunca creería que Dios mentiría; todo mundo sabe bien, todo ser inteligente en la tierra, el infierno o el cielo, sabe que Dios no mentirá; y sin embargo, cuando un individuo retiene la confianza en Dios, es una negación práctica de su confianza, una negación práctica de lo que la razón y la conciencia afirman que debe ser verdad. Esto es una de las formas más provocadoras, incluso para los mismos más grandes mentirosos que cuestionar la veracidad de ellos. ¡Qué pecado tan infinitamente horrible el hacer a Dios mentiroso! Pero también es injurioso para ustedes mismos, y ruin para la sociedad. Por qué, ¿quién no sabe que si una esposa retiene la confianza de su esposo, se arruinará a sí misma y también a su esposo? Y del mismo modo, si un esposo retiene la confianza en su esposa, arruina su propia felicidad y también la de su esposa. Supongan que la confianza es retenida, sin ninguna razón, por un esposo de su esposa, cómo arruina la felicidad de ella, ¡qué prueba tiene que soportar! Supongan que el esposo reprocha a la esposa por haber hecho algún mal, y retiene su confianza, y supongan que los hijos le pierden confianza a ella, ¿cómo se las arreglaría para gobernarlos? ¡Qué mal se ha hecho a la familia! Probablemente la familia se arruinaría. Destruir la confianza en un gobierno, y a menos de que sea muy fuerte, y así pueda mantener a la gente en temor, ese gobierno pronto se arruinará. Lo mismo con transacciones comerciales. El mundo tiene que vivir en confianza unos con otros. No hay comunidad que no se arruine, si la incredulidad, falta de confianza, viene a hacer la ley de acción. Retener la confianza cuando no hay razón es el crimen más grande que un hombre pueda cometer contra la sociedad o la familia. Todos debemos admitir esto. Con frecuencia ustedes encuentran a personas temblando, estremeciéndose, vivos a su propia reputación por la veracidad, quienes retienen la confianza de Dios. Algunas personas, que se dicen cristianas, también fallan para darse cuenta de la verdad de Dios como para confiar plenamente en él. Dios ha dicho "a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien", ¡pero muchas personas no creen en eso! No descansan en las palabras de Dios, y siempre están en problemas, aflicción y tribulación por su incredulidad. Ahora, si ven a un hombre de pie sobre una montaña de granito en el problema y angustia más grandes, por miedo que la roca no sea lo bastante fuerte para sostenerlo, dirían que el hombre está trastornado, su conducta sería, en muy alto grado, ridícula. Ahora, la gente de Dios es infinitamente más ridícula, cuando retienen la confianza en Dios que el hombre en la montaña de granito, temiendo que se pueda caer. ¡Las promesas de Dios son infinitamente más capaces de soportarlos que las montañas de granito! ¡Las rocas más fuertes en la creación son más que puro aire cuando se comparan con la fuerza y estabilidad formidables de las promesas de Jehová! El cielo y la tierra pasarán, pero la palabra del Señor permanecerá por siempre. De nuevo: es de lo más blasfemo de todas las formas de pecado. Que algún hombre acuse públicamente a Dios de mentir, y la mano de la ley de la tierra estará sobre él. Sería procesado por blasfemia. Supongan que un hombre deba pasar por las calles de Londres, proclamando que Dios es un mentiroso, muy pronto lo encontrarían en la prisión de Newgate, y merecería estar ahí. Si cualquier hombre pasa por las calles, proclamando que Dios es un mentiroso, todos dirían que es una de las clases más repugnantes de blasfemia; se taparían los oídos y correrían a fin de alejarse de él. Nadie se atrevería a caminar en la misma calle con él por miedo a que un rayo descendiera y lo destruyera, o la tierra se abriera y lo tragara. Ahora, muchos hombres, si su conducta se fuera a poner en palabras, y debiera decirlas, sería procesado de blasfemia. De nuevo, déjenme decir, la incredulidad acusa a Dios de perjurio. Dios ha hecho el juramento más grande del que pudiera pensar en confirmación a su verdad. Porque "no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo". Confirmó su promesa "para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta". Ahora, obsérvese: ¡la incredulidad acusa a Dios de mentir bajo juramento! --de mentir bajo el juramento más grande que Dios pudo haber hecho. Supongan que un hombre deba, en palabras, acusar a Dios de perjurio --¡el que no sólo haya mentido, sino jurado por mentir! Hemos ahora de referirnos a lo siguiente:

4. Algunas de sus manifestaciones y resultados. Primero, una falta de descanso para el alma. Ahora cuando el alma no descansa en las promesas de Dios --no cree "que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien" --el alma no tiene descanso en la fidelidad y en las promesas de Dios. Ahora, mis oyentes, déjenme hacerles una pregunta: "¿Son culpables de incredulidad?" Si así es, ¡son culpables de hacer a Dios un mentiroso! De nuevo, otra manifestación de incredulidad es la falta de paz. Siempre hay paz y gozo en creer. Ahora, la falta de paz es una evidencia de incredulidad. El hecho es que donde hay fe real, aunque haya mucha para perturbar y afligir la mente, hay una paz y gozo profundos en Dios, en medio de todo, pero donde las personas no tienen paz, el gozo real, y la gran satisfacción en Dios, en su verdad, y en sus promesas, sabrán que ahí hay incredulidad. Por la misma naturaleza del caso debe haber. La mente no puede estar reposando en las promesas de Dios, si no tiene paz y gozo. De nuevo, cuando las personas no tienen poder en la oración --cuando no tienen fe en la oración, para prevalecer con Dios. En la Biblia se nos dice que aquellos que tienen fe, tienen poder con Dios, y pueden prevalecer con Dios, y recibir el espíritu de sus peticiones. Ahora déjenme preguntarles, mis oyentes, si tienen esta confianza, esta fe que los hace poderosos en oración, o ¿carecen de este poder en oración? Si es esto último, entonces son culpables de incredulidad. Ahora una de las dos cosas debe ser verdad, si estas cosas están faltando en su alma, --si no tienen confianza en las promesas, no hay paz, y no hay poder en la oración, --ya sea que la Biblia no es verdad, o ustedes no creen la Biblia, porque la Biblia afirma que estas cosas son verdad para creerse.

Pero vuelvo a observar: aquellos que viven en atadura a cualquier forma de pecado están en un estado de incredulidad. "Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu". Ahora, cuando los hombres viven en cualquier tipo de mundanidad, están bajo condenación de la ley. "Y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe". Ahora, si están viviendo en atadura de pecado por la incredulidad, están viviendo en un estado de condenación; su propia conciencia los condena por su incredulidad. De nuevo, otra evidencia de incredulidad es la manifestación de un espíritu servil en referencia a la religión --el espíritu de un siervo, como se distingue del espíritu de un hijo. Por siervo, quiero decir esclavo, uno que sirve a su amo por temor, no por amor. Ahora muchas personas profesan servir a Dios, pero no le sirven con el espíritu de hijos, aunque profesan ser hijos de Dios, ven la religión como algo que no deben descuidar; cumplen sus deberes, no por cualquier amor a la religión, sino como el menor de dos males; y así arrastran una existencia dolorosa. El cristianismo, para ellos, no es una religión de paz; no es su vida en la que tengan gozo supremo, amándola por sí misma. Es para ellos algo al que deben atender, algo que no deben descuidar, pero que estarían muy contentos de descuidarla si se atrevieran. Van a la reunión, y leen sus Biblias, y oran, no porque sus corazones estén llenos de amor a Dios, amor a la Biblia, amor a su lugar de oración --no porque amen tener una comunión con Dios. ¡No! Sus deberes religiosos son considerados como una tarea, que no deben dejar de hacer. Ahora recuérdese que cada momento donde las personas toman esta postura de la religión, y los deberes religiosos, hay incredulidad en el corazón. Tales personas pasan por una forma de oración, no del amor a Dios, sino porque piensan que es su deber orar. ¿Quién no ve que el acercarse a Dios por tales motivos no es oración, sino sólo una indicación de un simple espíritu servil, una manifestación evidente de incredulidad. No van a Dios para obtener algo. No esperan recibir nada de Dios. La Biblia les ha prometido grandes cosas en respuesta a la oración, pero no las esperan. Oran porque es su deber. Nunca acuden a Dios para hacer una petición, como un niño con una sonrisa que corre a su padre por algo, esperando obtener el favor por el cual pide. No hacen nada de esto. Hacen sus oraciones, o quizá las leen, pasan por la forma, y hacen lo que llaman oración, ¿para qué? Muchas personas oran no porque Dios les ha dado promesas, no porque tengan algo en sus corazones que quieran que Dios les dé, y porque esperan recibirlo, sino porque es su deber hacer una oración. Ahora, ¿quién no ve que esto es una manifestación de incredulidad; la evidencia de un espíritu directamente contraria al espíritu de la oración, y de todo lo que pertenece a la religión verdadera. Ahora, si cualquiera de ustedes, mis oyentes, han sido religiosos porque era su deber, --han servido a Dios desde un espíritu servil, y no desde un amor espontáneo; déjenme insistir, por esta vez, para acercarse al trono esta noche, y orar, esperando recibir aquello que buscan. Digo eso ahora que ustedes son incrédulos; pueden llamarse lo que gusten, pero tan cierto como es Dios es verdad, ¡ustedes no tienen fe!

Observo nuevamente: un espíritu de proclividad mundana es una evidencia de incredulidad. Quiero decir aquel estado que la mente se ha entregado a la búsqueda y entretenimiento, el inclinarse por cosas mundanas de las cuales habla el apóstol-- entregando la mente a ellas, poniendo atención a ellas, y siendo mayormente influidos por consideraciones mundanas. Ahora observen, esto es muy contrario al estado de fe, que, por su misma naturaleza, excluye este estado de la mente. Si encuentran que su estado mental es mundano, que están hinchados con cosas mundanas, estén seguros de que no tienen fe. ¿Pueden orar con el mundo en sus mentes? ¿Pueden ir al santuario con un asunto que se hincha en sus mentes? ¿Pueden recibir la verdad de Dios en sus mentes si se ha entregado a otras influencias? ¡Es naturalmente imposible que ustedes sirvan a Dios y al mundo! Si ustedes son proclives al mundo, digo, ¡es una evidencia de incredulidad! Y la incredulidad, recuerden, virtualmente culpa a Dios de ser un mentiroso; y cuando el hombre que es un incrédulo tiene la osadía de decir, en conducta, no en palabras, que Dios es un ser perjurador, ¡que miente bajo juramento! Pero déjenme decir de nuevo: el espíritu de cobardía es una evidencia de incredulidad. Aquellas personas que creen a Dios no le temen a nadie. La cobardía espiritual es siempre el resultado de incredulidad. La confianza en Dios hace al justo fuerte como leones. Ahora si ustedes son cobardes espirituales; si tienen miedo de hablar a los pecadores sobre sus almas; si tienen miedo de sostener la luz, es porque no creen. De nuevo: la negligencia a la Biblia es también una manifestación de incredulidad. Nadie descuida la Biblia quien la cree. De nuevo: la negligencia para usar las promesas de la Biblia --no pedirlas a fin de recibir su cumplimiento --seguro es una indicación de incredulidad. De nuevo: un espíritu de indiferencia en cuanto al estado de la religión, ceguera en cuanto al estado de los pecadores, ninguna compasión por ellos, falta de interés en su conversión, son ciertas indicaciones de incredulidad, y pudiera señalar cientos de otras. Pero déjenme preguntar, ¿quién de nosotros es culpable de incredulidad? Si soy culpable de incredulidad, soy el más desgraciado de pie ante ustedes, y hace a Dios un mentiroso. Si son culpables de incredulidad, ustedes son los miserables que están de pie ante Dios, ¡y lo acusan de ser un mentiroso! ¡Horrible! ¡Horrible! Mas ¿no es verdad? ¿Acaso no todos saben que si un hombre retiene la confianza de Dios es porque considera a Dios indigno de confianza; y si es indigno de confianza, debe ser que no es un ser sincero sino un mentiroso? Ahora haré algunas observaciones en el siguiente punto.

5. Los resultados de la incredulidad. Primero, la incredulidad siempre produce una religión sin corazón. Por tanto, cuando ustedes encuentran a un hombre cuya religión no satisface al alma --sin ningún principio que viva en su corazón; cuando ustedes se encuentran, en su experiencia, que la religión no es paz y gozo en el Espíritu Santo; cuando encuentran que su religión no es un principio espontáneo de amor a Dios, pueden concluir que la razón es debido a que el corazón está lleno de incredulidad. De nuevo, si pierden su fe, su religión será legal. Cuando las personas pierden su fe, hacen muchas grandes cosas sin considerar a Dios en absoluto. Dejan de tener gusto por la voluntad de Dios, placer y gloria, no pueden ustedes distinguir entre ellas y los profesamente impíos. Con frecuencia, lo que llaman sus deberes religiosos, no los hacen por amor a Dios, consideración suprema a él, sino promueven su propio egoísmo. De nuevo, otra consecuencia de incredulidad es que considera la salvación naturalmente imposible. Ahora, recuérdese siempre que las condiciones de la salvación no son arbitrarias; son condiciones necesarias y naturales. Si alguien va al cielo, debe estar preparado para el cielo. Si un individuo no tiene el amor de Dios en su corazón, es naturalmente imposible que pueda ser feliz en el cielo. ¿Qué podría interesarle en el cielo? ¿Qué haría en el cielo? Para disfrutar el cielo, y ser feliz ahí, debe ser un hombre santo, y esto sólo puede ser si está hecho así por fe. De nuevo, desde luego, la desobediencia de corazón hacia Dios es siempre un resultado de incredulidad; no hay obediencia de corazón para cualquier gobierno, más allá que individuos que tengan confianza en ese gobierno; el corazón del hombre debe confiar en cualquier sistema de gobierno para una obediencia cordial y verdadera a él. Con respecto a las consecuencias gubernamentales: toda incredulidad completamente rechaza al Mediador entre Dios y el hombre -- rechaza el oficio, autoridad y expiación de Cristo todo junto. La pena de la ley es muerte contra aquellos que son incrédulos --aquellos que no creen que estén ya condenados porque no creen en el nombre del hijo unigénito de Dios.

Unas observaciones deben cerrar lo que tengo que decir esta mañana. Observo primero que el primer pecado en nuestro mundo, cuando lo separamos en sus elementos verdaderos como una forma particular de pecado fue la incredulidad. Veamos. Dios dijo al hombre que no debía comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, pues al hacerlo debería morir. El tentador dijo a nuestros primeros padres que no morirían, si comían de él, y trató de hacerles creer que Dios era egoísta en la prohibición --que Dios les dio ese mandato por temor a que al comer del fruto se volvieran como él. Ahora, ¿qué hicieron? ¿Por qué se atrevieron a retirar su confianza en Dios. Tanto hizo efecto la insinuación del tentador que se dice --"Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella". ¿Cuál fue la forma particular del pecado? Primero fue el retirar, y luego retener, la fe de Dios; rehusaron confiar en lo que Dios había dicho --no creyeron que él había analizado su bien en la prohibición. Escucharon las palabras del tentador, y creyeron lo que les dijo, que Dios estaba celosos de ellos, que lee prohibía comer del árbol porque sería como dioses: y entonces retiraron la confianza en Dios, y sufrieron las consecuencias. De nuevo, ésta es la raíz del pecado en el hombre --su retención de la confianza en Dios. Todas las formas de iniquidad en este mundo surgieron ahí, y podemos, si el tiempo lo permitiera, rastrearlas, por un método filosófico, a esta fuente. Retener la confianza en Dios es uno de los peores males --no tener confianza en la sabiduría, benevolencia, bondad de Dios, deja en blanco la mente. La razón por la que personas son puestas a un lado en el vicio es porque han perdido la confianza en Dios y la bondad. Si un hombre rindió su corazón a Dios, puede ser arrastrado por cada aliento de tentación? No, ciertamente no podría, pero cuando retira su confianza, la mente es entenebrecida, y el error ejerce su poder total en su alma. Cuán sorprendente fue el efecto de incredulidad en Adán y Eva. Tan pronto como ellos retiraron la confianza en Dios, pensaron que podrían esconderse de él; tan horriblemente cayeron en tinieblas por retener la confianza que pensaron esconderse entre los árboles cuando el Señor caminaba en el huerto. De nuevo, la fe perfecta aseguraría la santidad completa. Supongan que cualquiera tiene confianza perfecta en todo lo que Dios dice, ¿podría pecar? ¡Qué! ¿Tener confianza perfecta en el amor de Dios, la bondad de Dios, la presencia universal de Dios y consentir el pecado? No lo hacen en el cielo. ¿Por cuál razón no pecan en el cielo, sino porque tienen tal confianza universal en Dios? Si el hombre tuviera confianza perfecta en Dios, ¿podría pecar? Nunca de los nunca. Donde hay cualquier evidencia de acto de pecado, hay incredulidad. De nuevo, hay una gran cantidad de profesantes de religión que horriblemente es culpable de incredulidad. No tienen paz y gozo en Dios, ningún poder en oración, son proclives al mundo, están afanados y apurados con muchas cosas, dando evidencia plena de estar en un estado de incredulidad como el mundo a su alrededor, sus vidas, palabras, y acciones son lo mismo que aquellos que no hacen profesión de nada. Difícilmente los pueden distinguir a menos que los vean a la mesa de comunión. Se preguntan si son creyentes, y dicen que sí, se persuaden ellos mismos de que son cristianos. Pero tan cierto como Dios es verdad son incrédulos, y se perderán con toda su profesión. De nuevo, la incredulidad manifestada por los profesantes de religión es una de las más grandes piedras de tropiezo en el camino a la conversión del mundo, y tiende a llevar a sus hijos a la infidelidad y el pecado. Pero no ahondaré en esto como lo he hecho previamente.

Por último, déjenme insistirles en reflexionar sobre la terrible maldad de la incredulidad. Supongan que han retirado su confianza en Dios, ¿cuál es el estado de sus corazones? Por qué, están jugando al hipócrita y ocultando el estado real de sus corazones, y de este modo se guardan de ser acusados de blasfemia. Los incrédulos, en el sentido en el que he explicado, ya sea en la Iglesia o fuera de ella, si fuéramos a hablar claro del estado de sus corazones, serían oprobio para su comunidad y expulsados de la sociedad, si se aventuraran a persistir en esta incredulidad.

Ahora, dentro de poco, ustedes y yo estaremos ante Dios. ¿Cuál será nuestro estado entonces? Estaremos ante él a quien hemos acusado de mentir, retirado nuestra confianza y que no creíamos. Pero no debo seguir con este discurso. ¡Que Dios tenga misericordia de nosotros, nos permita ponderar estar cosas, y volver al Señor con un propósito sincero, y así desviar su ira de nosotros!

 

 
 
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