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Sermón - La Opinión Pública
Sermones Charles G. Finney
Sábado, 30 de Junio de 2012 17:58
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LA OPINION PÚBLICA

Por Charles G. Finney

 

"Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios" (Juan 12:43).

Estas palabras fueron dichas con referencia a ciertos individuos que rehusaron confesar que Jesús era el Cristo, porque era un extremo impopular entre los escribas y fariseos y gente principal de Jerusalén.

Hay una distinción clara entre el amor a uno mismo, o sea, el simple deseo de la felicidad, y el egoísmo. El amor a uno mismo, el deseo de la felicidad y el temor a la desgracia, es constitucional; es una parte del marco mental dentro del cual Dios nos ha hecho y es tal como se espera que seamos; y podemos movernos en él dentro de los límites de la ley de Dios, sin que sea pecaminoso. Siempre que nos permitimos algo contrario a la ley de Dios, incurrimos en pecado. Cuando el deseo de felicidad y el temor a la desgracia pasan a ser el principio que controla nuestra vida, y preferimos nuestra satisfacción a otros intereses más importantes, somos egoístas. Cuando para evitar el dolor o procurar nuestra felicidad sacrificamos otros intereses mayores, infringimos la ley mayor de la benevolencia desinteresada, y ya no se puede hablar de amor a uno mismo, sino de egoísmo.

Describí en una conferencia anterior a los que profesan religión que son movidos a ejecutar su actividad religiosa por esperanza y temor. Son movidos a ello por amor a sí mismos, y algunas veces por egoísmo. Su objetivo supremo no es glorificar a Dios, sino el asegurar su propia salvación. Recordemos que esta clase, y los verdaderos amigos de Dios y del hombre se parecen en muchas cosas, y que si se mira sólo a las cosas en que están de acuerdo no se pueden distinguir unos de otros. Es sólo cuando se observan de cerca en aquellas cosas en que difieren que se ve que el designio principal de esta clase no es la gloria de Dios sino asegurar su propia salvación. De esta forma podemos ver su objetivo supremo desarrollado, y vemos que cuando hacen las mismas cosas que hacen aquellos cuyo objetivo supremo es glorificar a Dios, lo hacen por motivos enteramente diferentes, y por consiguiente los actos mismos son de carácter distinto también, a la vista de Dios.

Vamos a ver ahora las características de la tercera clase de cristianos profesos, los que "aman las alabanzas de Dios."

No estoy diciendo que lo que ha conducido a esta gente a la religión es la mera consideración de su reputación. La religión siempre ha sido impopular entre las grandes masas de la humanidad para que esto pueda ser un incentivo. Sino que quiero decir que cuando no es generalmente impopular el profesar religión, y no disminuirá la popularidad de uno, sino que va a aumentarla, en muchos opera un motivo complejo: la esperanza de asegurar la felicidad en el mundo futuro, y de aumentar la reputación aquí, así muchos son llevados a profesar religión cuando, en realidad, si se les examina con cuidado, se verá que su objetivo principal es la buena opinión que merecen de sus prójimos. Si tuvieran que perder esta buena opinión, preferirían no ser cristianos. Por ello, aunque profesan serlo, lo que cuenta más para ellos es no perder la buena opinión que los demás tienen de ellos. No encontrarán Ia oposición y reproche que encontrarían si se dieran a desarraigar el pecado del mundo.

Obsérvese que los pecadores impenitentes siempre están influidos por una de dos cosas, en todo lo que se refiere a religión. O bien lo hacen con miras a los meros principios naturales, como amor a sí mismos o autocompasión, principios que son constitucionales en ellos, o por egoísmo. Lo hacen o bien con miras a su propia reputación o felicidad, o para la satisfacción de aIgún principio natural en ellos, sin carácter morali; y no por amor a Dios. Aman "la alabanza de los hombres más que la alabanza de Dios".

Voy a mencionar varias cosas por medio de las cuales se puede averiguar el verdadero carácter de está clase de personas de las que estoy hablando; que hacen de la alabanza de los hombres un ídolo, a pesar de que profesan amar a Dios de modo supremo. Y son cosas por las cuales se puede vet su verdadero carácter.

1. Hacen lo que el apóstol Pablo dice que hacían ciertas personas en su día, y por cuya razón permanecían en ignorancia de las verdaderas doctrinas; "se miden a sí mismos y se comparan ellos mismos entre si."

Hay un gran número de individuos que, en vez de hacer de Jesucristo el criterio de comparación y de la Biblia la regla de vida, evidentemente, siguen otro criterio. Muestran que nunca han pensado seriamente en hacer de la Biblia su criterio. La gran cuestión para ellos es si hacen tantas cosas en religión como otros hacen, o si son tan piadosos como otros, o como otras iglesias que les rodean. Su objetivo es mantener una posición en la religión respetable. En vez de inquirir seriamente sobre ellos mismos, lo que la Biblia realmente requiere, y de preguntarse cómo actuaría Jesucristo en este o aquel caso, miran simplemente al cristiano profeso corriente, y están satisfechos con hacer lo que es digno de su estimación. Demuestran que su objetivo no es hacer lo que la Biblia presenta como deber, sino Io que hacen la gran masa de cristianos profesos, que se considera respetable, que está bien.

2. Esta clase de personas no se preocupan de elevar los estándares de piedad a su alrededor.

No les preocupa el hecho que los estándares de piedad de su iglesia sean bajos, o que es imposible traer a la gran masa de pecadores a arrepentimiento. Creen que los estándares de los tiempos presentes son bastante altos. Siempre están satisfechos con los estándares presentes. Cuando los verdaderos amigos de Dios y de los hombres se quejan de la iglesia porque los estándares de la piedad son tan bajos, y tratan de elevarlos, les parece a éstos que se trata de críticas, de entremetimiento, de desasosiego y de una mala actitud, como cuando Jesucristo denunció a los escribas y fariseos, éstos dijeron de El: "Tiene un demonio." "¡Cómo!, éste está denunciando a nuestros doctores, y a nuestros mejores teólogos, e incluso se atreve a llamarnos escribas y fariseos hipócritas, y nos dice que a menos que nuestra justicia exceda la de ellos, no podemos entrar en el reino de los cielos. ¿Qué actitud tan pésima es ésta?"

Una gran parte de la iglesia en el día de hoy tiene este espíritu, y los esfuerzos para abrir los ojos de la iglesia y hacer que los cristianos vean que viven a un nivel espiritual bajo y mundano, como hipócritas, que impide realizar la obra de Dios, les llevan a mala voluntad y reproches. Se olvidan que Jesucristo prorrumpió en anatemas contra los que se consideraban piadosos en su tiempo. Su alma se llenaba de indignación y las censuras brotaban de su boca como un torrente. Siempre se quejaba de aquellos que debían dar ejemplo de piedad, y los llamaba hipócritas y les preguntaba: "¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?"

No es de extrañar que cuando tantos aman las alabanzas de los hombres más que las de Dios, la gente se excite y altere cuando se dice la verdad. Algunos están muy satisfechos con los estándares de piedad presentes, y creen que se hace mucho en las Escuelas Dominicales, y en las misiones, y en tratados. ¿A qué vendrá éste para agitar las cosas? ¡Ah! ¡Ah! ¡Cuánta ceguera! No se dan cuenta que la vida de la generalidad de los que se dicen cristianos es casi tan diferente de los estándares de Jesucristo como la luz de las tinieblas.

3. Hacen una distinción entre los requerimientos de Dios que el sentimiento público pone en vigor y los que no son muy obsérvalos.

Son muy escrupulosos en observar los requerimientos de Dios cuando el sentimiento público los favorece de modo claro, pero no se preocupan en lo más mínimo de aquellos que el sentimiento público no realza. Voy a dar una ilustración de esto. Me refiero a los esfuerzos por hacer prevalecer la templanza. Cuántos hay que ceden al sentimiento público en esto. Si por ejemplo el sentimiento público es la abstención de bebidas alcohólicas del tipo de licores, por su parte, ellos se abstendrían, pero si el sentimiento público empuja en este sentido, lo hacen. Muestran que su objetivo al juntarse a una sociedad de templanza no es eliminar el monstruo del desenfreno, sino mantener su reputación. "Aman la alabanza de los hombres más que la de Dios."

Lo mismo podemos decir de guardar el Día de reposo; lo hacen no porque aman a Dios, sino porque es respetable. Esto es evidente, porque lo guardan mientras están entre sus conocidos o donde se les conoce. Pero cuando van a puntos en que no se les conoce o no hay opinión pública desfavorable, no tienen inconveniente en viajar y hacer otras cosas así el Día de reposo.

De todas las cosas que son reprobadas por la opinión pública, estas personas se abstienen, pero hacen otras cosas, iguales o peores, sobre las que no hay una actitud de censura por parte del público. Hacen aquellos deberes que la opinión pública espera, pero dejarían de hacerlos si cambiara esta opinión. No dejan de asistir al servicio religioso los domingos, porque no podrían mantener su reputación por la religión si lo hicieran. Pero descuidan de hacer otras cosas que también son ordenadas por la palabra de Dios. Cuando un individuo desobedece habitualmente una orden de Dios, sabiendo que lo es, es casi seguro que su alma vive no por consideración a la autoridad de Dios, al amor a Dios, sino por otros motivos. Lo mismo puede decirse de la obediencia que rinde. El apóstol ha dejado bien clara la cosa. "Cualquiera que guarda toda la ley y ofende en un punto es culpable de toda ella"; esto es, decir que no guarda ningún precepto de la ley. La obediencia a las órdenes de Dios implica un estado de obediencia del corazón, y por tanto, nada es obediencia que no implique una consideración suprema a la autoridad de Dios. Ahora bien, si el corazón de un hombre es recto, considera todo lo que Dios manda más importante que ninguna otra cosa. Y si un hombre considera que hay algo que tiene más peso que la autoridad de Dios, esto es su ídolo. Todo lo que consideramos de modo supremo, esto es nuestro bien, sea la reputación, la comodidad, las riquezas, el honor, o lo que sea, esto es el dios de nuestro corazón. Si un hombre descuida habitualmente algo que sabe que es una orden de Dios, o que ve que se requiere para impulsar hacia adelante el reino de Cristo, hay una demostración absoluta de que considera aquello por qué lo hace como supremo. No hay posibilidad de que Dios acepte sus servicios. Puedes estar seguro que toda la religión del tal es religión de sentimiento público. Si descuida algo requerido por la ley de Dios o hace algo incompatible con ella, meramente porque la opinión pública lo requiere, con esto basta para demostrar que obedece al sentimiento público y no considera la gloria de Dios.

¿Qué puedes contestar tú mismo a esto? ¿Descuidas de modo regular algún requerimiento de Dios porque no es puesto en vigor por el sentimiento público? ¿Eres de los que profesan la religión por la presión del sentimiento público y lo demuestras cumpliendo sólo aquellos requerimientos que éste pone en vigor pero descuidas los demás? A los que demuestran que tienen más consideración a las opiniones de los hombres que a los juicios de Dios sólo se les puede llamar hipócritas.

4. Está clase de profesos es posible que se permitan pecados cuando no se hallan en su hogar, que no se permitirían en casa. Este es el caso de los que se abstendrían de beber vino o ir al teatro en su propia ciudad, pero no tienen inconveniente cuando viajan en países en que estas costumbres son comunes.

5. Otra manifestación de este carácter es la comisión de pecados que se pueden llamar secretos. La abstención de los mismos es debida estrictamente al hecho de que los otros los conozcan. Cada uno tiene que juzgarse a este respecto. Pero la palabra hipócrita tiene que repetirse aquí. Y no hay que olvidar que Dios no conoce la palabra secreto. Todos los pecados son cometidos a la vista de Dios.

6. O bien incurren en omisiones secretas del deber, que no son conocidas de los demás. No van a faltar a la comunión, como es natural, y aparecerán como muy piadosos el domingo. Pero la oración en privado es desconocida para estas personas. Es fácil de ver que la reputación es su ídolo. Temen perder su reputación más que ofender a Dios.

¿Qué contestas tú a esto? ¿Es un hecho que de modo habitual faltas a tus deberes privados, cuando eres cuidadoso de ejecutarlos en público? Si es así, ¿qué me dices de tu carácter? ¿Es necesario que se te repita que amas la alabanza de los hombres más que la de Dios?

7. La conciencia de está clase de personas parece estar fundada en principios distintos de los del evangelio.

Parece que tienen conciencia para las cosas que son populares, pero que no tienen conciencia en aquellas que no requieren un sentimiento público. Se les puede predicar claramente su deber, y demostrárselo, y aun es posible que confiesen ellos mismos que es su deber, y, con todo, en tanto que el sentimiento público no lo requiere y no es algo que afecta su reputación, seguirán obrando como antes. Si se les muestra un: "Así dice el señor" y se les hace ver que el curso que siguen es palpablemente incompatible con la perfección cristiana y contrario a los intereses del reino de Cristo, no por eso van a alterarlo. Dejan claro que no tienen en consideración los requerimientos de Dios, sino los requerimientos de la opinión pública. Aman la alabanza de los hombres más que la alabanza de Dios.

8. Estas personas generalmente temen muchísimo el que se les considere fanáticos.

No conocen, prácticamente por lo menos, el principio religioso de que "¡todo el mundo está equivocado!" Olvidan que el sentimiento público del mundo está contra Dios en masa, y que todo el que intenta servir a Dios debe en primer lugar hacer frente al sentimiento público del mundo. Tienen que darse buena cuenta que éste es un mundo de rebeldes, y el sentimiento público está equivocado, como lo muestra el hecho de la controversia de Dios. No tienen los ojos abiertos a esta verdad fundamental de que el mundo está equivocado, y que los caminos de Dios van directamente en dirección opuesta. Por consiguiente, es verdad, y siempre Io ha sido, que "todos los que viven piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución". Serán llamados fanáticos, supersticiosos, exagerados y toda clase de cosas. Siempre lo han sido y lo serán, en tanto que el mundo siga equivocado.

Pero esta clase de personas nunca va más allá de lo que es compatible con las opiniones de los hombres mundanos. Dicen que deben hacer esto o aquello a fin de tener influencia sobre ellos. Por encima de esto tiene que prevalecer la actitud de los verdaderos amigos de Dios y de los hombres. El objetivo de éstos es volver al revés el orden del mundo, volver el mundo patas arriba, llevar a todos los hombres a la obediencia a Dios y hacer que las costumbres e instituciones del mundo estén de acuerdo con el espíritu del evangelio.

9. Tienen sumo interés en hacerse amigos en los dos lados.

Siguen siempre un curso medio. Evitan la reputación de los extremos, estrictos en gran manera, o bien laxos e irreligiosos. Ha sido así durante siglos que una persona puede mantenerse como religioso sin tener que ser llamado fanático. Y los estándares son todavía tan bajos que es probable que la gran masa de las iglesias protestantes estén procurando ocupar este terreno medio. Quieren amigos en los dos lados. No quieren ser contados con los réprobos, pero tampoco con los fanáticos. Son cristianos a la moda. Y esto quiere decir que quieren ser populares. El tener religión es popular y ellos desean precisamente esto. Siguen también lo que está de moda en el mundo. Su objetivo en la religión es no hacer nada que disguste al mundo. Sea lo que sea lo que Dios requiera están decididos a ser prudentes, no incurrir en las censuras del mundo y no ofender a los enemigos de Dios. Tienen más consideración a los hombres que a Dios. Y si las circunstancias les llevan a tener que ofender a sus amigos o vecinos o a Dios, prefieren ofender a Dios. Si el sentimiento público choca con las órdenes de Dios siempre ceden ante el sentimiento público.

10. Harán más para ganar el aplauso de los hombres que para tener la aprobación de Dios.

Esto es evidente por el hecho que obedecen sólo a los requerimientos de Dios que son sostenidos por la opinión pública. Aunque no se esfuerzan para ganar la aprobación de Dios, sí lo hacen para conseguir el aplauso de los hombres.

11. Tienen más interés en conocer cuál es la opinión de los hombres que les rodean que de saber la opinión que tiene Dios de ellos.

Esto se aplica también a los ministros. Les interesa más saber lo que piensan los oyentes de su sermón que lo que piensa Dios. Y si en algo han fracasado les duele diez veces más que la idea de que hayan deshonrado a Dios o impedido la salvación de las almas. Y esto puede decirse también de un diácono, un anciano o un miembro de la iglesia. Si oran en una reunión, o exhortan, están más preocupados por Io que piensan de ellos que de saber lo que Dios piensa de ello.

Si alguno de estos tiene algún secreto que es descubierto lo consideran un desastre mucho mayor, por lo que les afecta a ellos, que por el hecho de que Dios sea deshonrado. Y lo mismo si caen en algún pecado abierto.

Están más preocupados de su apariencia a los ojos del mundo que a los ojos de Dios. Si se trata de mujeres (aunque no son las únicas) se preocupan de que su cuerpo aparezca cuidado y vestido con un esmero que no de preparar su corazón que estará a la vista de Dios. No ahorrará esfuerzos, durante gran parte de la semana, para asegurarse del aspecto externo el domingo ante la iglesia, y quizá no pasará ni media hora en su cuarto preparándose en el corazón para aparecer ante los atrios de Dios. Todo el mundo puede ver, en un instante, lo que es está religión. Todo el mundo sabe que es hipocresía.

12. Rehúsan confesar sus pecados en la forma que la ley de Dios requiere, para que no sufra su reputación entre los hombres. Están ansiosos de que Io que confiesan no sea incompatible con su reputación, pero no tanto de la forma en que afectará su carácter o de si Dios quedará satisfecho.

Que escudriñen sus corazones los que han hecho confesión para ver qué es lo que afectó más su mente, al hacerla lo que Dios piensa de ellos o lo que piensan los hombres. ¿Has rehusado confesar lo que Dios quiere que confieses, porque esto va a perjudicar tu reputación entre los hombres? ¿No va Dios a juzgar tu corazón?

13. Harán cosas de carácter dudoso, o cosas de cuya ilegitimidad tienen sólo algunas dudas en obediencia al sentimiento público. El que hace algo de carácter dudoso, que no está seguro de que sea legítimo, está condenado a la vista de Dios.

14. Con frecuencia se "avergüenzan" de hacer Io que es su deber, y también de no hacerlo.

Cuando una persona se avergüenza de hacer lo que Dios requiere, hasta el punto de no hacerlo, es evidente que su reputación es su ídolo. Hay muchos que se avergüenzan de reconocer a Jesucristo, de reprochar el pecado, de hablar alto cuando se ataca la religión. Si consideraran a Dios sobre todas las cosas, ¿se avergonzarían de lo que es su deber? ¿Se avergonzaría un hombre de defender a su mujer si la calumniaran, o a sus hijos si los atacaran? No, desde luego, si los ama. Lo mismo se puede decir respecto al propio país. ¿Quién se avergonzaría de defenderlo si fuera despreciado estando en un país extranjero?

Ahora bien, estas personas de las que hablo no toman una posición clara cuando están entre los enemigos de la verdad, cuando serían objeto de reproche, en aquellas circunstancias, si lo hicieran. Son muy valientes por la verdad cuando están entre amigos, y entonces hacen ostentación de su valor. Pero cuando son puestos a prueba, venden al Señor Jesucristo y lo niegan ante sus enemigos, en vez de hablar alto en su defensa.

15. Se oponen a todo lo que interfiere con su complacencia propia, y que hace nueva luz respecto a cosas de carácter práctico.

Se quedan muy trastornados ante toda proposición que pueda dar por resultado algún sacrificio material, o en sus hábitos de autocomplacencia. Y la única manera de llegar a estas personas es creando un sentimiento público respecto a aquel asunto. Cuando se ha conseguido, apelando a la benevolencia y la conciencia de otros, que se cree un sentimiento público en la comunidad a favor de aquello, entonces adoptarán las nuevas proposiciones, pero no antes.

16. Con frecuencia se oponen a los hombres, medidas y cosas, en tanto que no son populares u objeto de reproche, pero cuando son populares siguen a la mayoría.

Si un individuo va por las iglesias en un distrito y los despierta para un avivamiento de religión, en tanto que es poco conocido, estas personas no tendrán inconveniente en hablar contra él. Pero si la cosa prospera y la persona gana influencia pronto van a ponerse a su lado y alabarle y profesarán ser sus mejores amigos. Al Señor Jesucristo le ocurrió lo mismo. Antes de su muerte pasó por grados distintos de popularidad. Las multitudes le seguían cuando iba por las calles, proclamando: "Hosanna, Hosanna." Pero obsérvese que nunca le siguieron un paso más allá de lo que le seguía la popularidad. Tan pronto como le arrestaron, se volvieron contra el y gritaron: "¡Crucifícale, crucifícale!"

Está clase de personas, que van con la marea, se apartan de un hombre cuando sufre reproche y se agolpan a su lado cuando es honrado. Sólo hay una excepción. Y ocurre cuando ya se han comprometido demasiado en un movimiento de oposición que no pueden hacer marcha atrás sin ponerse en ridículo. Entonces se quedan en silencio.

Muchas veces algunos miembros se oponen a un avivamiento en una iglesia al empezar. Luego no simpatizan en la forma como se realizan las cosas, pues temen que hay demasiada excitación y cosas así. Pero a medida que el trabajo progresa, acaban juntándose a la multitud. AI fin, cuando ha terminado el avivamiento y la iglesia se vuelve a enfriar, está clase de personas son las que vuelven a renovar el trabajo de oposición a la obra, y quizá, al final, inducen a la iglesia a adoptar una actitud negativa contra el mismo avivamiento en que ellos mismos participaron. Esta es la manera en que muchos individuos han actuado con respecto a los avivamientos en este país. Se dejaron influir por el sentimiento público y acataron el avivamiento, pero poco a poco, al declinar el avivamiento, renuevan la oposición que hay en su corazón y que habían suprimido en tanto que el avivamiento era popular.

Lo mismo ha ocurrido en la causa de las misiones hasta cierto punto, y si algo ocurriera que cambiara el favor del público, que es ahora en su mayoría por las misiones, no tendrían inconveniente en apoyar a los que se opusieron a ellas.

17. Si se propone alguna medida para fomentar y hacer prosperar la religión, son muy sensibles y escrupulosos de no hacer nada que no sea popular.

Si viven en una ciudad preguntarán qué es lo que piensan las otras iglesias de esta medida. Y si es probable que vaya a resultar en reproche de la iglesia o del ministro a la vista de los infieles, o a la vista de las otras iglesias, se hallan muy acongojados por la misma. No importa si la medida es buena, o cuántas almas puedan ser salvas por medio de ella, lo que no quieren es que se haga nada que pueda lastimar la reputación de su iglesia.

18. Esta clase de personas nunca procuran ellas mismas formar un sentimiento público en favor de la piedad.

Los verdaderos amigos de Dios y de los hombres siempre están procurando formar sentimiento público, o corregirlo en todos los puntos en que esté equivocado. Están decididos de todo corazón a averiguar los males del mundo, a reformar el mundo, a eliminar la iniquidad de la tierra. Esta otra clase siempre siguen el sentimiento público tal cual es, y siguen la corriente, como si flotaran en la misma, y por otra parte están dispuestos siempre a calificar de imprudente o temerario al hombre que va contra la corriente, o procura cambiar la dirección del sentimiento público. 

 
 
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