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Sermón - La Oración que Prevalece
Sermones Charles G. Finney
Sábado, 30 de Junio de 2012 18:00
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La oración que prevalece

Por Charles Finney

 

La oración eficaz del justo tiene mucha fuerza (Santiago 5:16).

 

Hay dos medios necesarios para fomentar un avivamiento: uno es el influir en los hombres; el otro el influir en Dios. Con la verdad empleada de influir en Dios no quiero decir que la mente de Dios se cambie por la oración o que se cambie su disposición de carácter. Pero la oración produce un cambio tal en nosotros que hace compatible para Dios hacer lo que de otro modo no sería compatible. Cuando un pecador se arrepiente, este estado de sentimiento hace apropiado que Dios lo perdone. Dios siempre ha estado dispuesto a perdonarlo bajo estas condiciones, de modo que cuando el pecador cambia sus sentimientos y se arrepiente, no se requiere ningún cambio de sentimiento en Dios para perdonarlo. Es el arrepentimiento del pecador el que hace posible su propio perdón, y es la ocasión para que Dios actúe así.

Algunos yerran en la dirección opuesta. Pierden de vista el hecho de que la oración, cuando es ofrecida por sí misma, aunque se hiciera para siempre, no daría ningún resultado. Algunos van a sus cuartos solos «para orar», simplemente porque «han de decir sus oraciones». Ha llegado la hora en que tienen el hábito de orar, sea a la mañana, al mediodía o cuando fuere. Pero en vez de tener algo que decir, no hay nada definido en su mente, y oran según les vienen las palabras, lo que flota en su imaginación en aquel momento, y cuando han terminado apenas se acuerdan de lo que han dicho. Esto no es oración efectiva.

La oración eficaz

Para orar de modo efectivo has de orar con sumisión a la voluntad de Dios. No confundas la sumisión con la indiferencia. Son muy distintas. Conocí a un individuo que vino a un lugar en que había un avivamiento. Él estaba frío, y no entró en el espíritu del mismo, y no tenía espíritu de oración; y cuando oyó que los hermanos oraban como si Dios no se les pudiera negar lo que pedían, se sobresaltó de su atrevimiento, y siguió insistiendo en la importancia de orar con sumisión; cuando era evidente que confundía la sumisión con la indiferencia.

Mientras no conozcamos la voluntad de Dios, el someterse sin oración, es tentar a Dios. Quizá, aunque no lo sepamos, el hecho de que ofrezcamos la clase adecuada de oración puede ser lo que cambie el curso de las cosas. En el caso de un amigo impenitente, la importunidad y fervor de tu oración puede muy bien ser lo que lo salve del infierno.

La oración que prevalece se ofrece hoy, cuando los cristianos se han enfervorizado hasta un punto de importunidad y santo atrevimiento, que cuando después miraron hacia atrás, se asombraron de que se hubieran atrevido a ejercer tal importunidad ante Dios. Y con todo, estas oraciones suyas habían prevalecido y obtenido la bendición. Y muchas de estas personas, con las que tengo amistad, se hallan entre las más santas que he conocido.

La tentación a orar por motivos egoístas es tan fuerte que hay razón para temer que las oraciones de muchos padres nunca se han elevado más allá de deseos de ternura paterna o materna. Y esta es la razón por la que muchas oraciones no han sido contestadas y porque muchos padres piadosos y que oran tienen hijos infieles. Gran parte de la oración para el mundo pagano parece basada solo en el principio de la simpatía. Hay misioneros, y otros, que insisten casi exclusivamente en los millones de paganos que van al infierno, mientras se dice muy poco de que están deshonrado a Dios.

Muchos cristianos llegan a la oración que prevalece por medio de un proceso retardado. Su mente se va llenando gradualmente de ansiedad sobre un objeto, de modo que se dedican a sus quehaceres suspirando sus deseos ante Dios. Como la madre cuyo hijo está enfermo va rondando por la casa suspirando como si su corazón fuera a partirse. Y si es una madre que ora, sus gemidos suben a Dios todo el día. Si sale de la habitación en que está su hijo, su mente sigue todavía allí; y si está durmiendo, sus pensamientos están sobre él, y se despierta sobresaltada en su sueño, pensando que quizá su hijo está muriendo. Toda su mente está absorbida en aquel niño enfermo. Este es el estado de la mente de los cristianos que ofrecen oración que prevalece.

El espíritu de aquellos que han estado en aflicción por las almas de otros, me parece a mí, no es diferente del apóstol que sufría por las almas, y «deseaba él mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a sus hermanos» (Romanos 9:3). No es distinto tampoco de la del salmista (Salmo 119:53): «El furor se apoderó de mí a causa de los inicuos, que dejan tu ley». Y en Salmo 119:136: «Ríos de agua descendieron de mis ojos, por los que no guardan tu ley». Ni del profeta Jeremías (4:19): «¡Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las fibras de mi corazón; mi corazón se agita dentro de mí; no callaré; porque has oído sonido de trompeta, oh, alma mía, pregón de guerra». Y en los capítulos 9:1 y 13:17, y en Isaías 22:4 también. Leemos de Mardoqueo, cuando vio a su pueblo en peligro de ser destruido con una destrucción eventual (Ester 4:1) que «rasgó sus vestidos, se vistió de saco y, cubierto de ceniza, se fue por la ciudad clamando con grande y amargo clamor.» ¿Y porqué hemos de pensar que las personas no han de desesperarse cuando no pueden tolerar la consideración de la miseria de los que van a la destrucción eterna?

Esto se aplica perfectamente a John Livingstone, el que pasó toda la noche anterior al 21 de junio de 1630 en oración, pues había sido designado para predicar el día siguiente en Kirk of Shotts. Cuando se hallaba solo en el campo, hacia las ocho de la mañana, empezó a escabullirse, por la agonía del temor, cuando el poder abrumador del Espíritu lo constriñó a regresar. Así que predicó, conforme se había arreglado; su texto fue Ezequiel 36:25-26. Después de haber predicado durante una hora y media, unas gotas de lluvia distrajeron a la gente, pero Livingstone, preguntó a la gente si tenían algún cobertizo contra la ira divina, y siguió predicando otra hora. Hubo unos quinientos convertidos en aquel lugar. Esta es una ilustración de un avivamiento tocándose con otro, pues en la gran reunión de Kilsyth &endash;pueblo en que había nacido Livingstone&endash; el 2 y 3 de julio de 1893, William Chalmers Burns, predicando sobre el Salmo 90:3, contó la historia de Kirk of Shotts, e insistió en la inmediata necesidad de recibir a Cristo. «Sentí mi alma conmovida de un modo tan notable &endash;dijo Burns&endash; que me sentí guiado, como el señor Livingstone, a suplicar a los no convertidos a que allí mismo saldaran sus cuentas con Dios... El poder del Espíritu del Señor vino tan poderosamente sobre las almas, como si fuera a arrastrarlas, como el viento poderoso de Pentecostés. Algunos estaban gritando en agonía; otros &endash;entre ellos hombres fuertes&endash; cayeron al suelo como muertos. Me vi obligado a entonar un salmo, nuestras voces se mezclaron con los gemidos de muchos presos que suspiraban por ser libertados.»

La intensidad en la oración

Si quieres orar de modo efectivo, tienes que orar mucho. Se dijo del apóstol Santiago que una vez muerto hallaron que tenía callos en las rodillas, como las rodillas de un camello, de tanto orar. ¡Ah! Este era el secreto del éxito de estos ministros primitivos. ¡Tenían callos en las rodillas!

Si intentas orar de modo efectivo, tienes que ofrecerlo en el nombre de Cristo. No puedes presentarte ante Dios en tu propio nombre. No puedes pedir en tus propios méritos. Pero puedes presentarte en un Nombre que siempre es aceptable. Ya sabemos lo que es usar el nombre de otra persona. Si vamos al banco con un talón firmado por un millonario, puedes sacar el dinero como si lo hiciera él mismo. Pues bien, Jesús te da derecho al uso de su nombre. Y cuando oras en el nombre de Cristo, significa que puedes prevalecer como si fueras Él mismo, y recibir tanto como Dios daría a Jesús si fuera Él quien lo pidiera. Pero has de orar con fe.

Estos fuertes deseos que he descrito son los resultados naturales de gran benevolencia y visión clara, respecto al peligro de los pecadores. Es razonable que sea así. Si las mujeres presentes miraran y vieran que su casa está ardiendo y oyeran los gritos de los que están dentro, se desmayarían de horror y agonía. Y nadie se sorprendería, ni dirían que son tontas o locas por afligirse de tal manera. Es al contrario: todos se extrañarían si no expresaran sus sentimientos así. ¿Por qué, pues, hay que extrañarse si los cristianos sienten lo que he descrito, cuando ven claramente el estado y el peligro de los pecadores? Los que nunca lo han sentido no conocen lo que es la verdadera benevolencia, y su piedad tiene que ser muy superficial. No quiero juzgar severamente, o hablar sin caridad, pero afirmo que esta piedad es superficial. Esto no es crítica, sino la pura verdad.

Cuando los cristianos son llevados a extremos, hacen un esfuerzo desesperado, ponen la carga sobre el Señor Jesucristo y, simplemente, confían en Él como si fueran niños. Entonces se sienten aliviados, entonces sienten cómo el alma por la que han estado orando está salvada. La carga ha desaparecido, y Dios parece calmar el alma con una dulce seguridad de que la bendición será concedida. A menudo, después de que un cristiano ha pasado esta lucha, esta agonía en oración y ha obtenido un alivio así, siente afectos celestiales dulcísimos que salen de él: el alma descansa dulce y gloriosamente en Dios, y «se alegra con gozo inefable y glorioso» (1 Pedro 1:8).

Estos dolores de nacimiento por las almas crean también un notable lazo de unión entre los cristianos fervientes y los recién convertidos. Los que se convierten son muy caros a los corazones de los que tuvieron este espíritu de oración por ellos. El sentimiento es como el de una madre por su primer hijo. Pablo lo expresa con gran belleza, cuando dice: «Hijitos, por quienes vuelvo a sufrir dolores dé parto» &endash;se habían vuelto atrás, y sufría la agonía de un padre sobre su hijo vagabundo&endash; estoy de parto por vosotros otra vez hasta que Cristo sea formado en vosotros. En un avivamiento he notado con frecuencia de qué manera los que tienen el espíritu de oración aman a los recién convertidos. Ya sé que esto es como si hablara de álgebra a los que no lo han sentido.

La humildad y la oración

Otra razón por la que Dios requiere esta clase de oración es que es el único modo en que la Iglesia puede ser preparada debidamente para recibir grandes bendiciones sin ser perjudicada por ellas. Cuando la Iglesia está así postrada en el polvo delante de Dios, y está en la profundidad de la agonía en oración, las bendiciones le hacen bien. Mientras que si recibe la bendición sin esta postración profunda del alma, se envanece y se llena de orgullo. Pero así aumenta su santidad, su amor y su humildad.

El siguiente hecho fue contado por un pastor y yo lo oí. Dijo que en cierta ciudad no había habido ningún avivamiento durante muchos años; la iglesia estaba casi extinguida, los jóvenes eran todos inconversos y la desolación era general. Vivía en una parte retirada de la ciudad un anciano, herrero, el que tartamudeaba tanto, que era penoso escucharlo. Un viernes, estando en su fragua, solo, su mente se conmovió por el estado de la iglesia y la cantidad de impenitentes. Su agonía era tan grande que se vio llevado a dejar su trabajo, cerrar el taller y pasar la tarde en oración.

Prevaleció, y el sábado llamó al pastor y le dijo que convocara a una «reunión». Después de algunas dudas el pastor consintió; le hizo notar, sin embargo, que temía que asistirían muy pocos. La reunión iba a celebrarse aquella noche en una casa particular grande. Cuando llegó la noche había más gente reunida de la que cabía en la casa. Todos estuvieron silenciosos un rato hasta que un pecador rompió a llorar, y dijo que si alguien podía orar, que orara por él. Otro siguió, y así sucesivamente uno tras otro hasta que había personas procedentes de todos los barrios de la ciudad que estaban bajo una profunda convicción de pecado. Y lo más notable fue que todos coincidieron en dar la hora en que el anciano estaba orando en su taller, como la hora en que fueron convictos de pecado. A esto siguió un poderoso avivamiento. Este anciano tartamudo, pues, prevaleció, y como un príncipe tuvo poder ante Dios.

 
 
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