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Sermón - El Egoismo
Sermones Charles G. Finney
Domingo, 01 de Julio de 2012 16:27
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EL EGOISMO

 

Por Charles G. Finney

 

"No busca su propio interés" (2 Corintios 13:5).

 

Esto es, la caridad, el amor cristiano, no busca su propio interés.

El tema que pienso desarrollar esta noche es el siguiente:

Que el dar consideración suprema a nuestra propia felicidad, no es compatible con la verdadera religión.

Esta proposición es naturalmente la primera en la serie sobre la que he venido trabajando para ilustrar los presentes mensajes, y hubiera sido la primera a discutir si hubiera visto que la ponían en duda algún número considerable de cristianos profesos. Pero puedo decir sinceramente que cuando comencé estas conferencias no esperaba tener ninguna dificultad seria aquí; y por tanto di por sentado que el egoísmo no es religión. Y por tanto he pasado por encima este punto con sólo un leve intento de demostrarlo. Pero he ido viendo que hay muchos profesos cristianos que defienden que la religión verdadera tiene como uno de sus objetivos supremos la propia felicidad, y pienso que es necesario examinar el tema con más cuidado, y dar los argumentos en favor de lo que creo es la verdad. Al establecer mi proposición, deseo distinguir entre cosas que son diferentes; por tanto, pienso:

I. Mostrar lo que no se intenta con la anterior proposición, que dice que dar consideración suprema a nuestra propia felicidad no es religión.

II. Mostrar lo que esto significa.

III. Intentar demostrarlo.

 

I. Voy a explicar lo que no se indica con la proposición.

1. El punto en disputa no es si es legítimo tener en consideración la propia felicidad. Al contrario, se da por admitido y mantenido que una parte de nuestro deber es tener en consideración nuestra felicidad, según su valor real, en la escala apropiada con otros intereses. Dios nos ha ordenado que amemos al prójimo como a nosotros mismos. Esto indica claramente nuestro deber de amarnos a nosotros mismos con respecto a nuestra felicidad, con la misma regla que consideramos a los otros.

2. La proposición no es que no debamos considerar las promesas y amenazas de Dios como si no nos afectaran a nosotros. Es evidentemente correcto el considerar las promesas de Dios y las amenazas del mal como que nos afectan, según el relativo valor de nuestros propios intereses. Pero ¿quién no ve que una amenaza contra nosotros no es tan importante como una amenaza contra un gran número de individuos? Supongamos una amenaza contra ti como individuo. Es evidente que esto no es tan serio como si incluyera también a tu familia. Luego supongamos que se extiende a toda la congregación, al estado, a la nación y al mundo. Aquí es fácil de ver que la felicidad de un individuo, aunque es grande, no se debe considerar como suprema.

Yo soy un ministro. Supongamos que Dios me dice: "Si no haces tú deber, te enviaré al infierno." Esto es un gran mal, y tengo que evitarlo. Pero supongamos que me dice: "Si tu gente no hacen su deber, todos irán al infierno; pero si tú haces su deber fielmente, probablemente el resultado será que toda la congregación se salve." ¿Es recto que yo me sienta tan influido por el temor del mal a mí mismo, como por el miedo de tener como resultado que toda la congregación vaya al infierno? Es evidente que no.

3. El punto no es si nuestros intereses eternos propios han de ser atendidos con preferencia a nuestros intereses temporales. Mantengo de modo expreso, y Io hago por medio de la Biblia, que estamos obligados a considerar nuestros intereses eternos como de mayor consecuencia que nuestros intereses temporales.

Por ello la Biblia nos dice: "Trabajad no por la comida que perece, sino para lo que perdura para la vida eterna." Esto nos enseña que hemos de considerar el valor de nuestros intereses temporales como insignificante en comparación con la vida eterna.

De modo que cuando nuestro Salvador dice: "No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones minan y hurtan"; aquí se nos ordena el mismo deber, el de preferir lo eterno a lo temporal.

Todavía otro ejemplo. Cuando Cristo envió a sus discípulos de dos en dos, a predicar y hacer milagros, regresaron gozosos y entusiasmados porque incluso los demonios se nos sujetan. Jesús les dijo: "Gozaos no de que los demonios se os sujeten, sino más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo." Aquí nos enseña que es un bien mayor el tener nuestros nombres escritos en el cielo que el gozar del mayor poder temporal o autoridad, incluso sobre los mismos demonios.

La Biblia enseña por todas partes que el bien eterno ha de ser preferido en nuestra conducta a los bienes temporales. Pero esto es muy diferente de sostener que nuestros intereses propios individuales eternos es el objetivo supremo que hemos de tener en consideración.

4. La proposición no es que la esperanza y el temor no deban influir en nuestra conducta. Todo Io que se implica es que, cuando estamos influidos por la esperanza y el temor, las cosas que esperamos y tememos deberían ser puestas en escala según su valor real, en comparación con los otros intereses.

5. El punto no es si las personas de que nos habla la Biblia hicieron bien al estar influidas en algún grado de la esperanza y el temor o por la recompensa, o el gozo que tenían propuesto delante. Esto ya queda admitido. Noé fue movido por el temor y construyó el arca. Pero ¿fue el temor de perecer ahogado él mismo, o sea, el temor de su propia seguridad personal lo que le movió de modo principal? La Biblia no nos lo dice. El temió por la seguridad de su familia; es más, temió la destrucción de toda la raza humana, con los intereses que dependían de ello.

Siempre que se dice que un buen hombre fue influido por el temor o la esperanza esto queda admitido. Pero para que este se halle en relación con nuestro tema, hay que mostrar que esta esperanza o temor respecto a sus intereses personales era el motivo que le controlaba. Ahora bien, esto no se afirma en la Biblia. Era apropiado que influyeran en ellos las promesas y las amenazas. Además, ¿cómo habrían obedecido, de otro modo, la segunda parte de la ley: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"?

II. Voy a mostrar lo que quiere decir la proposición, que la suprema consideración de nuestros propios intereses no es consecuente con la verdadera religión.

El punto es si el considerar nuestra felicidad como objetivo supremo es religión. Es, si hemos de tener nuestra propia condenación más que la condenación de todos los demás, y el deshonor de Dios con ello. Y si hemos de procurar nuestra propia felicidad más que la felicidad de todos los demás y la gloria de Dios. Y si hacemos esto, si obramos de acuerdo con los requerimientos de la verdadera religión o si esto no es compatible con la verdadera religión. Este es el punto exacto de la investigación, y deseo que lo tengamos presente de modo constante, y que no lo confundamos con lo otro a que ya me he referido.

III. Prueba de la proposición.

Antes de proceder a la prueba de la proposición, el hacer de nuestra propia felicidad la consideración suprema, no es compatible con la verdadera religión, voy a observar que toda la verdadera religión consiste en ser en lo posible como Dios; en actuar bajo los mismos principios y bases, y tener los mismos sentimientos hacia los diferentes objetos. Supongo que esto no va a ser negado. En realidad no puede serlo si se tiene la mente en buen estado. Y luego observo como prueba de la proposición:

1. Que la una consideración como objetivo de nuestra felicidad no está de acuerdo con el ejemplo de Dios; sino que difiere totalmente de Él.

La Biblia nos dice que Dios es amor. Esto es, la benevolencia es la suma total de su carácter. Todos los otros atributos morales, como la justicia, la misericordia, y otros, no son sino modificaciones de la benevolencia. Su amor se manifiesta en dos formas. Una que es la de benevolencia, el querer bien, el desear la felicidad de otros. El otro es la complacencia, el aprobar el carácter de los otros que son santos. La benevolencia de Dios afecta a todos los seres capaces de ser felices. Es universal. Hacia todos los seres ejerce El amor de la benevolencia. En otras palabras, Dios ama a su "prójimo" (o sea sus criaturas) como a sí mismo. Considera los intereses de todos los seres, de un modo relativo a su valor, como considera los propios. Busca su propia felicidad, o gloria, como el bien supremo. Pero no porque es suya propia, sino porque es el bien supremo o sumo bien posible. La suma total de su felicidad, como un ser infinito, es mayor que la suma total de la felicidad de los otros seres, o de todo posible número de criaturas finitas.

Vamos a dar una ilustración. He aquí un hombre que es bondadoso para los animales. Este hombre tiene un caballo que cae en el rio. ¿Requiere la verdadera benevolencia que este hombre se ahogue para poder sacar al caballo? ¡No! Sería una benevolencia desinteresada verdaderamente en él, el que se salvara él, aunque dejara al caballo que pereciera; porque su felicidad es de mucho mayor valor que la del caballo. Esto se ve al instante. Pero la diferencia entre Dios y las criaturas es infinitamente mayor que entre el hombre y el caballo o entre el ángel más elevado y el insecto más insignificante.

Dios, por tanto, considera la felicidad de todas las criaturas según su valor real. A menos que hagamos lo mismo no somos como Dios. Si somos como Dios hemos de considerar la felicidad y gloria de Dios bajo la misma luz, esto es, como el bien supremo, más allá de todo lo demás que existe en el universo. Y si deseamos nuestra propia felicidad más que la felicidad de Dios somos total e infinitamente diferentes de Dios.

2. El tener la propia felicidad como el objetivo supremo no es compatible con la verdadera religión, porque es contrario al espíritu de Cristo.

Se nos dice: "Si alguno no tiene el espíritu de Cristo el tal no es de él." Y esto se dice de modo repetido de Él, como hombre, que no buscó lo suyo propio, que no buscó su gloria y otras cosas así. ¿Qué era lo que buscaba? ¿Era su propia salvación personal? No. ¿Era su propia felicidad personal? No. Era la gloria del Padre, y el bien del universo, por medio de la salvación del hombre. Vino con un mensaje de pura benevolencia, para beneficiar al reino de Dios, no para beneficiarse a sí mismo. Este era "el gozo que tenía propuesto delante" por el cual "sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza". Era este gran bien el que podía hacer que se lanzara a una labor de sufrimiento y trabajo para la salvación del hombre.

3. El considerar la propia felicidad como el objetivo supremo a perseguir es contrario a la ley de Dios.

Ya he mencionado esto antes, pero aparece otra vez para redondear la presente demostración. La suma total de la ley es: "Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, de toda tu alma, y de toda tu mente, y de toda tu fuerza; y amarás a tu prójimo como a ti mismo." Esto es lo que se nos requiere: benevolencia hacia Dios y los hombres. Lo primero es realmente el amar la felicidad y gloria de Dios, por encima de todas las cosas, porque es infinitamente digno de amor y deseable y es propiamente el sumo bien. Algunos han objetado que no es nuestro deber procurar la felicidad de Dios, porque esta felicidad ya es segura. Supongamos ahora que el rey de Inglaterra es perfectamente independiente de mí, y tiene su felicidad segura sin contar conmigo; me revela esto de mi deber de desearle la felicidad y regocijarme en ella. El que Dios sea feliz, independientemente de sus criaturas, ¿es ésta una razón por la que no deberíamos amar su felicidad y regocijarnos en ella? Esto me parece extraño.

De nuevo: Estamos obligados por los términos de la ley de Dios a sentir complacencia hacia Dios, porque Él es santo, infinitamente santo.

Es más: Esta ley nos obliga a nosotros a ejercitar el mismo deseo de bien o benevolencia hacia otros que ejercitamos hacia nosotros mismos; esto es, hemos de buscar sus intereses y los nuestros, según el valor relativo de los mismos. ¿Quién de nosotros hace esto? Y estamos obligados a ejercer el amor de complacencia hacia los que son buenos y santos.

Así que hemos visto que la suma de la ley de Dios es ejercer benevolencia hacia Dios y hacia todos los seres, según su valor relativo y complacencia hacia todo lo que es santo. Ahora bien, digo que el considerar nuestra propia felicidad de modo supremo, o el buscarla como un fin supremo, es contrario a esta ley, a la letra y al espíritu. Y:

4. Es contrario al evangelio como es contrario a la ley.

En el capítulo del que he sacado el texto leemos: "Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, vengo a ser como bronce que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviera profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese tanta fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve."

Fijémonos bien en el fuerte lenguaje con que se expresa la idea de que el amor, o sea, la benevolencia, es esencial para la verdadera religión. Vemos que desecha toda clase de precaución para asegurarse que no nos confundamos respecto a Io que quiere decir. Si una persona no tiene amor verdadero, no es nada. Y luego sigue y muestra cuáles son las verdaderas características de este amor. "El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no se engríe; no hace nada indecoroso, no busca su propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo Io excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." Aquí se ve una de las peculiaridades principales de este amor y es que "no busca su propio interés". Nótese bien. Si es religión verdadera, y de no ser así no es religión, una característica esencial es que "no busca lo suyo".

Se pueden hallar muchos pasajes en la Biblia que enseñan lo mismo. Recordemos: "El que quiera salvar su vida la perderá." Aquí hay establecido el principio del gobierno de Dios, el que si una persona busca de modo supremo su propio interés, lo va a perder.

Lo mismo se nos enseña en el capítulo diez de la misma epístola, versículo 24: "Ninguno busque su propio interés, sino el del otro." Y en vez de interés, podemos, lo mismo, poner felicidad o riqueza. De modo similar, en el versículo 33, dice: "Como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de los demás, para que todos sean salvos."

Por tanto, yo digo que el hacer de nuestro propio interés el objetivo supremo es contrario a la ley y también al evangelio.

5. También es contrario a la conciencia.

La conciencia universal de la humanidad ha decidido que el considerar la propia felicidad como objetivo supremo no es virtud. Los hombres siempre han sabido que el servir a Dios y beneficiar a la humanidad es recto, y que buscar de modo supremo el propio interés no lo es. Siempre han considerado que es mezquino y despreciable que el individuo busque su propia felicidad como objetivo supremo y en consecuencia, tratamos con mucho esfuerzo de disimular nuestro egoísmo y aparecer benevolentes. Es imposible que ningún hombre, a menos que su conciencia esté embotada por el pecado o pervertida por una falsa enseñanza no vea que es pecaminoso considerar su propia felicidad por encima de intereses que sean de mayor importancia de los otros.

6. Es contrario a la recta razón.

La recta razón enseña que consideremos todas las cosas según su valor real. Dios hace esto, y nosotros hemos de hacer lo mismo. Dios nos ha dado la razón para este mismo propósito, que sospesemos y comparemos el valor relativo de las cosas. Es una burla a la razón el negar que nos enseñe a considerar las cosas según su valor real. Y si es así, el preferir nuestro propio interés como objetivo supremo es contrario a la razón.

7. Es contrario al sentido común.

¿Qué ha decidido el sentido común de la humanidad a este respecto? Considera el sentido común de la humanidad con respecto a lo que se llama patriotismo. Ningún hombre ha sido considerado como un verdadero patriota, al luchar por su país, si su objetivo ha sido secundario a sus propios intereses. Supongamos que el objetivo de su lucha fuera que se le coronara rey; ¿daría alguien crédito a su patriotismo? No. Todos los hombres están de acuerdo en que el patriotismo se ve cuando el hombre es desinteresado, como por ejemplo Washington; lucha por su país por amor al país. El sentido común de la humanidad ha mostrado su reprobación del espíritu que busca su propio interés por encima del mayor interés de los otros. Es evidente que todos los hombres piensan esto. De otro modo, ¿por qué nos mostramos tan ansiosos de aparecer desinteresados.

8. Es contrario a la constitución de la mente.

Yo no digo que sea imposible por nuestra misma constitución el buscar nuestro propio interés como objetivo supremo. Sino que estamos constituidos de modo que si lo hacemos, nunca lo conseguimos. Como he dicho antes, la felicidad es la satisfacción del deseo. Hemos de desear algo y obtener el objeto de nuestro deseo. Ahora bien, supongamos que un hombre desea su propia felicidad, el objeto de su deseo tiene que estar siempre delante de él, como su sombra, y cuanto más afanoso lo persigue más rápidamente huye. La felicidad está inseparablemente unida a la consecuencia del objeto deseado. Supongamos que deseo mil dólares. Esto es algo en que se aplica mi deseo, y cuando lo consigo estoy satisfecho hasta que consigo estas cosas. Pero supongo que lo que deseo es mi propia felicidad. El obtener los mil dólares no va a hacerme feliz, porque éste no es el punto en que aplica mi deseo. Y lo mismo el obtener el reloj, o el vestido, no va a hacerme feliz, porque satisface mi deseo. Dios ha constituido las cosas y ha dado tales leyes a nuestra mente, que nunca podemos obtener la felicidad persiguiéndola. Esta misma constitución claramente indica el deber de la benevolencia desinteresada. En realidad Dios ha hecho imposible que el hombre sea feliz excepto en la proporción en que es desinteresado.

Aquí tenemos a dos hombres andando por una calle juntos. Llegan a un hombre que ha sido atropellado por un carro y yace malherido. Lo llevan al médico. Es evidente que la satisfacción de los dos estará en proporción a la intensidad de su deseo de aliviarle. Si uno de ellos sentía poco interés y se preocupaba poco por los sufrimientos del atropellado su satisfacción será pequeña. Pero si el deseo del otro de ayudarle Ilegaba a la agonía, la satisfacción de éste será en proporción. Supongamos ahora a un tercero que no tiene deseo de aliviar al desgraciado; el ayudar, para éste, no será causa alguna de satisfacción. Pasará de lado y Ie dejará que se muera. Por tanto, vemos que la felicidad está en proporción al deseo y la satisfacción del mismo.

Aquí observamos que a fin de hacer la felicidad del deseo satisfecho completa, el deseo en sí ha de ser virtuoso. De otro modo, si el deseo es egoísta, la satisfacción irá mezclada con dolor por el conflicto mental.

Que todo esto es verdad es algo que podemos observar en nosotros mismos, y podemos tener de ello testimonio personal. Y el negarlo es lo mismo que acusar a Dios de que nos haya dado una constitución que no nos permite ser felices al obedecerle.

9. No es compatible tampoco con nuestra propia felicidad el hacer de nuestro interés el objetivo supremo. Esto se sigue de lo que ya hemos dicho. Los hombres disfrutan de un cierto grado de placer, pero no de verdadera felicidad. El placer que no procede de la satisfacción de un deseo virtuoso es una ilusión engañosa. La razón por la que la humanidad no halla la felicidad es que se afanan por ella, la buscan. Si lo que buscaran fuera la gloria de Dios y el bien del universo como fin supremo, la felicidad les perseguiría a ellos.

10. No es compatible con la felicidad pública. Si cada individuo procurara como objetivo supremo su propia felicidad, estos intereses acabarían en conflicto y chocarían y se seguiría una confusión y guerra universal como consecuencia del egoísmo universal.

11. El mantener que el objetivo supremo de nuestro interés es religión verdadera es contradecir la experiencia de todos los verdaderos santos. Confieso que todo verdadero santo que conozco se esfuerza por salir de si mismo y considerar la gloria de Dios y el bien de los otros como su objetivo supremo. Si no sabe esto, es que no es santo.

12. No es compatible tampoco con la experiencia de todos los que han tenido una religión egoísta, y que han hallado su equivocación y se han procurado religión verdadera. Esto es una ocurrencia común. Yo he conocido centenares de casos. Algunos miembros de esta iglesia han hecho recientemente este mismo descubrimiento; y pueden testificar que por su propia experiencia, que la benevolencia es la verdadera religión.

13. Es contrario a la experiencia de todos los impenitentes. Todo pecador impenitente sabe que su objetivo supremo es el fomento de sus propios intereses y sabe que esto no es verdadera religión. Aquello por lo que su conciencia le condena es esto: que considera su propio interés en vez de la gloria de Dios.

Ahora, por un momento, demos vuelta a la hoja y admitamos que el supremo interés por nuestra propia felicidad es la verdadera religión; que se sigue de esto.

1. Si es así, Dios no es santo. Esto es, si el supremo interés en Io que es nuestra verdadera religión, se sigue que Dios no es santo. Dios considera su propia felicidad, pero es porque es el mayor bien, el sumo bien, no porque es suya. Pero El es amor o benevolencia; y si la benevolencia ha dejado de ser la verdadera religión, entonces la naturaleza de Dios ha cambiado.

2. La ley de Dios ha de ser alterada. Si una consideración suprema a nuestra propia felicidad es religión, entonces la ley debería decir: "Amarás a ti mismo de todo corazón y de toda tu alma, y de toda tu mente, y con toda tu fuerza, y a Dios y a tu vecino infinitamente menos que a ti mismo."

3. El evangelio ha de ser vuelto al revés. En vez de decir: "Tanto si coméis como si bebéis, o cualquier cosa que hagáis, hacedlo todo para la gloria de Dios" debería decir: "Todo lo que hagáis hacedlo para vuestra propia felicidad." Y en vez de "El que quiera salvar su vida la perderá", debería decir: "El que esté afanoso de modo supremo por salvar su vida, la salvará; pero el que sea benevolente, y dispuesto a perder su vida por los otros, la perderá."

4. Las conciencias de los hombres deberían ser cambiadas de modo que testificaran en favor del egoísmo y condenaran y reprocharan aquello que suene a benevolencia desinteresada.

5. La recta razón debe ser cambiada para que no pese las cosas según su valor relativo, sino que decida en favor de nuestros pequeños intereses como más importantes de Dios y del universo.

6. El sentido común tendrá que decidir que el verdadero patriotismo consiste en que cada uno busque su propio interés en vez del bien público y que cada uno se favorezca tanto como pueda.

7. Hay que cambiar la constitución humana. Si el supremo egoísmo es una virtud, la constitución humana está equivocada. Está hecha de modo que pueda ser feliz sólo siendo benevolente. Si esta doctrina es verdadera y la religión consiste en buscar cada uno su propia felicidad como un bien supremo, entonces cuanta más religión tiene un hombre más desgraciado es.

8. Y habrá que cambiar todo el marco de la sociedad. Ahora, el bien de la comunidad depende de la extensión en que cada uno considera el interés público. Y si esta doctrina es válida, hay que cambiarla de modo que el bien público sea favorecido cuando cada uno considere como principal su propio interés sin consideración al de los otros.

9. La experiencia de los santos tendrá que ser invertida. En vez de hallar que cuanto más benevolentes son más religión tienen y más felicidad, tal como es ahora, tendrá que testificar que cuanto más procuran su propio bien, más gozan de la religión y del favor de Dios.

10. El pecador impenitente deberá testificar que es supremamente feliz con el máximo egoísmo, y que ha encontrado la verdadera felicidad en ello.

No hay que proseguir la prueba más alIá; sería trivial. Con estas pruebas ya basta, para Ilegar a la conclusión que nuestra felicidad perseguida como objetivo supremo es algo incompatible con la verdadera religión.

 Conclusión

I. Vemos por qué, aunque todos persiguen su propia felicidad, pocos la hallan.

El hecho es claro. La razón es ésta: la mayor parte de la humanidad no sabe en qué consiste la verdadera felicidad, y la buscan en donde no pueden hallarla nunca. No la encuentran porque la persiguen. Si se volvieran y persiguieran la santidad, la felicidad les perseguiría a ellos. Si escogen la felicidad como objetivo, ésta se escapa de delante de ellos. La verdadera felicidad consiste en la satisfacción de los deseos virtuosos; y si ellos procuraran glorificar a Dios y hacer el bien, la encontrarían. La única clase de personas que nunca se hallan, en este mundo o en el venidero, son los que la buscan como un objetivo.

II. La constitución de la mente humana y del universo nos proporciona una hermosa ilustración de la economía de Dios.

Supongamos que el hombre pudiera hallar la felicidad sólo persiguiendo su felicidad propia. Entonces cada individuo tendría sólo la felicidad que se ganara, y toda la felicidad en el universo sería sólo la suma total de Io que los individuos hubieran ganado, contrarrestada con el dolor y la miseria causada por los intereses conflictivos. Ahora bien, Dios ha constituido las cosas de tal forma que, mientras cada uno está procurando la felicidad de los otros, la suya propia queda asegurada y es completa. ¡Cuánto más vasta y grande es la cantidad de felicidad en el universo, de lo que sería si el egoísmo hubiera sido la ley en el reino! Porque cada uno que obedece la ley de Dios se asegura su propia felicidad por su benevolencia y la felicidad del conjunto es incrementada por la cantidad que ha recibido cada uno de los demás.

Muchos dicen: "¿Quién procurará mi felicidad si no lo hago yo? Si yo me cuido sólo de los intereses del prójimo y descuido los propios, nadie va a ser feliz." Esto sería verdadero si el cuidar de la felicidad del prójimo fuera en deterioro de la propia. Pero si nuestra felicidad consiste en hacer bien y promover la felicidad de los otros, cuanta más consigamos para los otros, más fomentaremos la propia.

III. La consideración de nuestros propios intereses como objetivo supremo es egoísmo y nada más. Sería egoísmo en Dios si considerara su interés de modo supremo por ser suyo. Y es egoísmo en el hombre. El que mantiene que una consideración suprema a nuestros intereses es verdadera religión sostiene que el egoísmo es la religión verdadera.

IV. Si el egoísmo es virtud, la benevolencia es pecado. Están en extremos opuestos y los dos no pueden ser virtuosos. El que un hombre ponga sus propios intereses por encima de los intereses de Dios, dando preferencia y colocándolos en oposición a los intereses de Dios es egoísmo. Y si esto es virtud, entonces Jesucristo, al buscar el bien de la humanidad, como hizo, se apartó de los principios de la virtud. ¿Quién va a defender esto?

V. Los que consideran sus propios intereses como supremo objetivo y piensan que tienen verdadera religión se engañan. Lo digo solemnemente, porque creo que es verdad, y Io diría aunque esta fuera la última palabra que pudiera decir antes del juicio. Oyente, quienquiera que seas, si estás haciendo esto, no eres cristiano. No digas que critico. Lo que hago es denunciar. Pero si Dios es verdadero, y con la misma seguridad que tu alma irá al juicio, te digo que no tienes la religión de la Biblia.

VI. Algunos preguntarán: "¿Qué? ¿No hemos de tener en consideración nuestra propia felicidad?, y si es así, ¿cómo hemos de decidir si es suprema o no?" Yo no digo esto. Digo que puedes considerarla según su valor relativo. Y ahora, pregunto, ¿hay alguna dificultad práctica aquí? Apelo a las conciencias. Tú sabes bien, si eres sincero, qué es lo que valoras más. ¿Están estos intereses, tus propios intereses por un lado y la gloria de Dios y el bien del universo por el otro, tan equilibrados en tu mente que no sabes cuál preferir? ¡Es imposible! Si no eres consciente de que prefieres la gloria de Dios a tus propios intereses, como estás seguro de que existes, puedes dar por sentado de que estás equivocado.

VII. Es por qué el gozo de muchos que profesan religión depende de sus evidencias. Estas personas están constantemente buscando según la evidencia; y en proporción a como varía, su gozo aumenta y disminuye. Ahora bien, si verdaderamente consideran la gloria de Dios y el bien de la humanidad, su gozo no dependería de sus evidencias. Los que son puramente egoístas, pueden gozar mucho en religión, pero es por anticipación. La idea de ir al cielo es agradable para ellos. Pero los que salen de sí mismos y son puramente benevolentes, tienen un cielo dentro de su pecho.

VIII. Como ves aquí, todos los que no tienen paz y gozo en la religión antes de tener esperanza están engañados. Quizá puedo dar una idea de vuestra experiencia. Fuisteis despertados, y acongojados, como es natural que lo fuerais, por el temor de ir al infierno. Poco a poco, quizá mientras estabais ocupados en la oración, o cuando alguien conversó con vosotros, vuestra angustia desapareció. Pensasteis que vuestros pecados eran perdonados. Un rayo de esperanza entró en vuestra mente, y sentisteis arder el corazón; esto lo tomasteis por evidencias, y aumentó aún más el gozo. ¡Cuán diferente es la experiencia del verdadero cristiano! Su paz no depende de su esperanza, sino que la verdadera sumisión y la benevolencia producen gozo y paz, independientemente de la esperanza.

Supongamos el ocaso de un hombre en la cárcel, condenado a ser ahorcado el día siguiente. Está angustiado, andando en su celda, esperando el día. Pero llega un mensajero con un perdón. El preso toma el papel, lo acerca a la luz de la reja, lee la palabra "perdón", y casi se desmaya de emoción y salta de alegría. El asume que el papel es auténtico. Ahora supongamos que se trata de una falsificación. De repente todo su gozo desaparece. Lo mismo es el caso de la persona engañada. Estaba temiendo ir al infierno y naturalmente se regocija al saber que ha sido perdonado. Supongamos que el diablo se lo dice, que lo cree, y el gozo sería igualmente grande, en tanto que lo cree como una realidad. El gozo del verdadero creyente no depende de la evidencia. Se somete a las manos de Dios con tal confianza que este mismo acto le da paz. Ha tenido un terrible conflicto con Dios, pero ha cedido en la controversia de repente y dice: "Dios hará lo que debe, que Dios haga lo que haga." Entonces empieza a orar, está calmado y en paz delante de Dios, y este mismo acto le da una calma y un gozo celestial. Quizá no ha pensado en la esperanza. Quizá puede seguir durante horas, un día o dos, lleno del gozo de Dios, sin pensar en su propia salvación. Si se le pregunta si tiene esperanza nunca ha pensado en esto. Su gozo no depende de creer que ha sido perdonado, sino que es un estado mental, un estar conforme con el gobierno de Dios. En este estado mental es imposible que no sea feliz.

Déjame preguntar otra vez ¿qué religión tienes tú? Si ejercitas la verdadera religión, supongamos que Dios te pusiera en el infierno y te dejara ejercer allí tu supremo amor a Dios y el mismo amor a tu prójimo como a ti mismo; pues bien, esto en sí mismo sería un estado mental incompatible con el sentirse desgraciado.

Quiero que se me entienda bien. Los que buscan la esperanza siempre se quedarán decepcionados. Si corres tras la esperanza, nunca tendrás una buena esperanza, de nada. Pero si prosigues la santidad, la esperanza, la paz y el gozo vendrán como resultado. ¿Es tu religión un amor a la santidad, el amor de Dios y a las almas? ¿O es sólo una esperanza?

IX. En esto se ve por qué los pecadores ansiosos no hallan la paz.

Están mirando a su propia culpa y peligro. Están mirando a Dios como un Dios vengador y se retraen de su propio terror. Esto les hará imposible alcanzar nunca la paz. Mientras consideran la ira de Dios, que les hace temblar, no pueden amarle, sólo pueden tratar de esconderse de Él. Pecador ansioso, déjame que te diga un secreto. Si sigues mirando a esta característica del carácter de Dios te conducirá a la desesperación, y esto es incongruente con la verdadera sumisión. Si miras a todo su carácter, y ves las razones por las que debes amarle, y te lanzas a El sin reserva y sin desconfianza; y en vez de huir de Él, vas directamente a Él y le dices: "Oh Padre celestial, no eres inexorable, eres soberano, pero bueno; me someto a tu gobierno y me entrego a ti con todo lo que soy, cuerpo y alma, para el tiempo y la eternidad."

 
 
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