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Sermón - La Verdadera Sumisión
Sermones Charles G. Finney
Domingo, 01 de Julio de 2012 16:48
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LA VERDADERA SUMISIÓN

Por Charles G. Finney

 

"Someteos, pues, a Dios." (Santiago 4:7).

 

El tema de este mensaje es: "Lo que constituye la verdadera sumisión."

Pero antes de entrar en la discusión del tema quiero hacer dos comentarios, introductorios a la cuestión principal.

1. Si alguno de los oyentes está engañado respecto a sus esperanzas, y ha puesto una base falsa a las mismas, el error fundamental en su caso es que ha abrazado lo que creía era el plan de salvación del evangelio por motivos egoístas. Tu corazón egoísta no estaba quebrantado. Esta es la causa del engaño, si lo estás. Si tu egoísmo no ha sido sometido estás engañado en tu esperanza. Si lo estás, tu religión es vana y vana tu esperanza.

2. El otro comentario es que si alguno está engañado y tiene una falsa esperanza está en máximo peligro de reavivar su antigua esperanza siempre que vuelve a despertarse para considerar su condición. Es algo muy común para estos que, después de un período de ansiedad y auto examen, descansan de nuevo sobre el antiguo fundamento. La razón es que sus hábitos de mente se fijan en esta causa y, por tanto, por las leyes mentales, es difícil empezar un nuevo curso. Es indispensable, por tanto, si has de empezar bien, que veas claramente que hasta ahora has estado equivocado, de modo que no multipliques la clase de esfuerzo que te ha engañado hasta ahora.

¿Quién no sabe que hay muchos bajo este engaño? ¿Cuán a menudo yace una gran parte de la iglesia fría y muerta, hasta que comienza un avivamiento? Entonces se les ve ajetreado, y se hallan ocupados en lo que llaman religión, y renuevan sus esfuerzos y multiplican sus oraciones durante una temporada; y esto es lo que llaman ser avivados. Pero esto es la misma clase de religión que tenían antes. Esta religión no dura más que el entusiasmo público. Tan pronto como el cuerpo de la iglesia empieza a disminuir sus esfuerzos para la conversión de pecadores, estos individuos recaen en su anterior mundanalidad, y llegan pronto a lo que eran antes de su supuesta conversión, en tanto que su orgullo y el temor de las censuras de la iglesia se lo permiten. Cuando vuelve el avivamiento renuevan el ciclo; de modo que viven en espasmos, una y otra vez, reavivados y haciéndose atrás, alternativamente, toda su vida. La verdad es que ya estaban engañados desde el principio, por una conversión falsa, en la cual el egoísmo no fue nunca quebrantado; y cuanto más multiplican esta clase de esfuerzos, más seguro es que van a ser perdidos.

Voy a entrar ahora directamente en la discusión del tema y a esforzarme para mostrar lo que es la verdadera sumisión del evangelio, en el siguiente orden:

I. Mostraré lo que no es la verdadera sumisión.

II. Mostraré lo que es la verdadera sumisión.

I. Voy a demostrar lo que no es la verdadera sumisión.

1. La verdadera sumisión a Dios no es indiferencia. No hay dos cosas más diferentes que la indiferencia y la sumisión.

2. No consiste en estar dispuesto a pecar, si es necesario, para la gloria de Dios. Algunos han supuesto que la verdadera sumisión incluye la idea de estar dispuesto a pecar para la gloria de Dios. Pero esto es una equivocación. El estar dispuestos a cometer pecado es un estado mental. Y el estar dispuesto a hacer lo que sea para la gloria de Dios es escoger no pecar. La idea de pecar para la gloria de Dios es absurda.

3. No consiste en estar dispuesto a ser castigado.

Si estuviéramos en el infierno, la verdadera sumisión requeriría el estar dispuesto a ser castigado. Porque entonces estaríamos seguros de que era la voluntad de Dios que fuéramos castigados. Por tanto, si estuviéramos en un mundo en que no hubiera provisión para la redención de los pecadores, y por ello, en él, el castigo fuera inevitable, sería nuestro deber el estar dispuestos a ser castigados. Si un hombre ha cometido un asesinato, y no hay otra manera de garantizar el bien público a menos que sea ahorcado, es su deber estar dispuesto a que se le ahorque para el bien público. Pero si hubiera otra manera en que el asesino pudiera quedar vivo y restaurar el bien público, no sería su deber el estar dispuesto a que le ahorcaran. De modo que si estuviéramos en un mundo solamente bajo la ley, donde no hubiera plan para la salvación, y no hubiera manera de garantizar la estabilidad de su gobierno con el perdón de los pecadores, sería el deber de todo hombre el estar dispuesto a ser castigado. Pero tal como el mundo es, la verdadera sumisión no implica el estar dispuesto a ser castigado. Porque sabemos que no es la voluntad de Dios que todos sean castigados, sino al contrario, sabemos que su voluntad es que todos se arrepientan y se sometan a Dios y sean salvos.

II. Voy a mostrar Io que es la sumisión auténtica.

1. Consiste en el perfecto consentimiento y aceptación en todos los tratos y dispensaciones providenciales de Dios; tanto si se refieren a nosotros, a otros o al universo. Algunas personas dicen que consienten y aceptan, en lo abstracto, el gobierno providencial de Dios. Pero si se entabla conversación con ellos se puede ver que hayan faltas en los arreglos que Dios ha hecho de muchas cosas. Se preguntan por qué permitió Dios que Adán pecara. O por qué permitió que el pecado entrara en el mundo en absoluto. O por qué hizo esto o aquello. En todos los casos, suponiendo que no pudiéramos indicar ninguna razón que fuera del todo satisfactoria, la verdadera sumisión implica una perfecta aquiescencia en todo lo que Él ha permitido o hecho; y sintiendo esto, por lo que afecta a su providencia, todo está bien.

La verdadera sumisión implica la aprobación al precepto de la ley moral de Dios. El precepto general de la ley moral de Dios es: "Amarás al Señor tu Dios, de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con toda tu fuerza, y amarás a tu prójimo como a ti mismo." Quizás algunos dirán: "Yo estoy de acuerdo en este precepto y encuentro que es recto, y no tengo ninguna objeción a esta ley." Aquí quiero hacer cuidadosamente una distinción entre una aprobación constitucional o natural de la ley de Dios y la verdadera sumisión a la misma. No hay mente que de modo natural, por sentido común de lo bueno, no apruebe esta ley. No hay ni un demonio en el infierno que no la apruebe. Dios ha constituido la mente de tal forma que es imposible ser un ente moral sin aprobar esta ley. Pero no es ésta la aprobación de la que estoy hablando. Una persona puede sentir esta aprobación en tan alto grado que incluso se deleite en ella, sin haberse sometido verdaderamente a la misma. Hay dos ideas incluidas en la verdadera sumisión, sobre las cuales deseo llamar vuestra atención.

(1) La primera es que la verdadera aprobación a la ley moral de Dios incluye la obediencia real. Es vano que un niño diga que está conforme con los mandatos de su padre, a menos que los obedezca realmente. Es vano que un ciudadano diga que está de acuerdo con las leyes de su país, a menos que las obedezca.

(2) La idea principal de la sumisión es ceder en lo que constituye el gran punto de controversia. Y se trata de esto: que los hombres se han apartado en su supremo afecto de Dios y de su reino, y han establecido su interés propio como objeto de consideración equivalente. En vez de prestarse a hacer el bien, como requiere Dios, han adoptado la máxima de que "la caridad bien entendida empieza con uno mismo". Este es el verdadero punto en debate entre Dios y el pecador. El pecador procura fomentar su propio interés como su objetivo supremo. Ahora bien, la primera idea implicada en la sumisión es el ceder en este punto. Hemos de dejar de poner nuestros propios intereses como supremos y dejar que los intereses de Dios y de su reino se levanten en nuestro afecto tanto por encima de nuestros intereses como el verdadero valor de aquéllos es superior al de éstos. El hombre que no hace esto se rebela contra Dios.

Supongamos a un jefe de Estado que se propone el interés general y la felicidad de la nación, y promulga leyes sabiamente adaptadas a este fin, y emprende este objetivo con todos sus recursos, y que luego requiere que todos sus súbditos hagan lo mismo. Luego supongamos un individuo que establece sus intereses privados en oposición al interés general. Es un rebelde contra el gobierno y contra todos los intereses que el gobierno trata de fomentar. Luego, la primera idea de sumisión, por lo que afecta al rebelde, es ceder en este punto y seguir con el jefe y sus súbditos obedientes en fomentar el bien público. Ahora bien, la ley de Dios requiere de modo absoluto que subordinemos nuestra felicidad propia a la gloria de Dios y el bien del universo. Y hasta que hagamos esto, somos enemigos de Dios y del universo, e hijos del infierno.

Y el evangelio requiere lo mismo que la ley. Es sorprendente cuantos han mantenido que es recto que el hombre procure directamente su propia salvación y haga de su propia felicidad el gran objeto de su actividad. Pero es evidente que la ley de Dios es diferente en esto, y que requiere que cada uno ponga los intereses de Dios en lugar supremo. Y el evangelio requiere lo mismo que la ley. De otro modo, Jesucristo sería ministro del pecado, y habría venido al mundo a tomar las armas en contra del gobierno de Dios.

Es fácil mostrar, con la Biblia que el evangelio requiere una benevolencia desinteresada, o amor a Dios y amor al hombre, lo mismo que la ley. El primer pasaje que voy a citar es: "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia." ¿Qué significa esto? Es extraño que recientemente haya sido citado este texto para demostrar que es recto buscar primero la propia salvación o nuestra felicidad, y hacer de ella el objeto primario de nuestros objetivos. Pero éste no es el significado. Requiere que cada uno procure hacer de la prosperidad del reino de Dios su primer objetivo. Yo entiendo que indica el deber de procurar la santidad y no nuestra propia felicidad. La felicidad está relacionada con la santidad, pero no es la misma cosa, sino que el buscar la santidad u obediencia a Dios y el honrarle y glorificarle es muy diferente de buscar de modo supremo nuestra propia felicidad.

Otro pasaje es: "Que comáis o bebáis, o hagáis lo que sea, hacedlo todo para la gloria de Dios." ¡Sin duda! ¿Qué? ¿No podemos ni aun comer o beber para nuestro placer? No. Hemos de satisfacer nuestros apetitos naturales para la comida, pero subordinándolo a la gloria de Dios. Esto es lo que requiere el evangelio, pues el apóstol lo escribió a la iglesia cristiana.

Otro pasaje es: "Mirad cada uno no a lo suyo, sino cada cual a las cosas de los otros." Pero es en vano que intente citar todos los pasajes que enseñan esto. Puede verse en casi todas las páginas de la Biblia algún pasaje que significa Io mismo, que nos requiere que miremos antes no nuestro propio bien, sino el beneficio de los otros.

Y de nuevo: "No hay hombre que deje su casa, hermanos, hermanas, padre o madre o esposa, o hijos, o tierras, por causa del evangelio que no reciba cien veces lo perdido ahora, casas, hermanos, esposas, hermanas, madres, hijos, tierras con persecuciones; y en el mundo venidero la vida eterna." Aquí algunos tropiezan y dicen: "Aquí hay una recompensa presentada como motivo. Pero ¡cuidado! ¿Qué vas a hacer, abandonarlo todo por amor a la recompensa? No; se trata de abandonarlo por amor a Cristo y el evangelio; y la consecuencia será como se ha dicho. Esta es una distinción importante.

En el capítulo 13 de Corintios, Pablo da una descripción plena del amor desinteresado, sin él no se es nada en religión. Es notable lo que dice, cuánto puede hacer una persona y, con todo, si no hay amor, no ser nada. "Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, vengo a ser como bronce que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese tanta fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve." En cambio, la verdadera benevolencia del evangelio tiene estas características: "El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no se engríe, no hace nada indecoroso, no busca su propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta." Nótese esto bien. No tiene el egoísmo como fin, sino que busca la felicidad de los otros como su gran objetivo. Sin esta clase de benevolencia, sabemos que no se tiene una partícula de religión.

Antes de seguir adelante deseo mencionar varias objeciones a este punto de vista que pueden aparecer en vuestra mente. Lo hago de un modo especial porque algunos pueden tropezar aquí y, después de todo, llegar a la idea de que es recto hacer que nuestra religión consista en procurar nuestra propia salvación como el gran objetivo.

Objeción 1. "¿Por qué se dan las amenazas de la Palabra de Dios, si obran sobre el egoísmo influido por el temor de la ira que vendrá?"

Se pueden dar muchas respuestas a esta objeción.

Respuesta. El hombre está constituido de forma que por las leyes de su ser teme el dolor. Las amenazas de las Escrituras, por tanto, responden a varios propósitos. Uno de ellos es captar la atención de la mente egoísta para que examine las razones que tiene para amar y obedecer a Dios. Cuando el Santo Espíritu obtiene nuestra atención, entonces despierta la conciencia del pecador y, le hace considerar y decidir sobre las razones y el deber de someterse a Dios.

Objeción 2. "Habiéndonos dado Dios esta capacidad para sentir el placer y el dolor, ¿está mal ser influido por ellos?"

Respuesta. No está bien ni mal. Esta sensibilidad no tiene carácter moral. Si tuviera tiempo esta noche lo consideraría en detalle. En la moral hay una clase de acciones que caen bajo la denominación de consideraciones prudenciales. Por ejemplo: Supongamos que estoy a la vera de un precipicio, donde si uno se lanza se romperá la cabeza. Se me advierte. Ahora bien, si no considero el aviso y me lanzo y destruyo mi vida, esto será un pecado. Pero el hacer caso del aviso, simplemente, no es una virtud. No es nada más que un acto prudencial. No hay virtud en evitar un peligro, aunque muchas veces es pecaminoso no evitarlo. Es pecaminoso que el hombre desafíe la ira de Dios. Pero el temer el infierno no es santo, como no lo es el temor de romperse la cabeza si se cae en el precipicio. Es simplemente un dictado de la propia constitución natural.

Objeción 3. "¿No nos dice la Biblia que es nuestro inmediato deber el buscar nuestra propia felicidad?"

Respuesta. No es pecaminoso buscar nuestra propia felicidad según su valor real. Al contrario, es un deber real el hacerlo. Y el que lo descuida comete un pecado. Otra respuesta es que aunque es recto el buscar la propia felicidad, y las leyes de la mente requieren que tengamos en cuenta nuestra propia felicidad, con todo, nuestra constitución mental no indica que el procurar nuestra felicidad como el bien supremo sea recto. Supongamos que alguien dijera que debido a que nuestra constitución mental no indica que el procurar nuestra felicidad como el bien supremo sea recto. Supongamos que alguien dijera que debido a que nuestra constitución requiere alimento, por tanto, es recto buscarlo como el bien supremo, ¿estaría esto bien? De ningún modo; pues la Biblia prohíbe de modo expreso una cosa semejante y dice: "Comáis o bebáis, hacedlo para la gloria de Dios."

Objeción 4. "La felicidad de cada uno está puesta principalmente en su poder; y si cada uno buscara su propia felicidad, la felicidad de todos quedaría asegurada en lo máximo que esto es posible."

Está objeción es especiosa. Niego la conclusión en conjunto porque:

(1) Las leyes de la mente son tales que es imposible que alguien sea feliz cuando hace de su propia felicidad el supremo objetivo. La felicidad consiste en la satisfacción de los deseos virtuosos. Pero para ser satisfechos, la cosa obtenida ha de ser la deseada. Para ser feliz, por tanto, los deseos que han de ser satisfechos han de ser rectos, y por tanto, han de ser deseos desinteresados. Si tus deseos terminan en ti mismo; por ejemplo, si deseas la conversión de pecadores con el objetivo de aumentar tu propia felicidad, cuando los pecadores son convertidos esto no te hace feliz, porque esto no es el deseo terminado. La ley de la mente, pues, hace que sea imposible, si cada individuo persigue su propia felicidad, el que la obtenga. Para ser más definido. Dos cosas son indispensables para la verdadera felicidad. Primero, ha de haber deseos virtuosos. Si el deseo no es virtuoso, la conciencia protestará contra él, y por tanto, la satisfacción dará lugar a dolor. Segundo, este deseo ha de ser satisfecho al conseguir su objeto. El objeto ha de ser deseado por sí mismo, de lo contrario la satisfacción no sería completa, aunque se obtuviera el objeto. Si el objeto deseado es un medio para un fin, la satisfacción dependerá de obtener el fin por este medio. Pero si la cosa fue deseada como fin, o por sí misma, su obtención producirá satisfacción no mezclada. La mente debe, desea, pues, no su propia felicidad, porque por este camino no puede ser nunca alcanzada, sino que el deseo ha de terminar en algún otro objeto que sea deseado por sí mismo, la consecución del cual sería la satisfacción, y esto resultaría en la felicidad.

(2) Si cada uno persiguiera su propia felicidad, como su bien supremo, los intereses de los distintos individuos entrarían en conflicto y se destruiría la felicidad de todos. Esto es lo que se ve en todas partes. Esta es la razón de todos los fraudes, violencia, opresión y maldad en la tierra y en el infierno. Es porque cada uno persigue su propio interés que los intereses de uno chocan con los del otro. El verdadero modo de asegurar nuestra propia felicidad no es perseguirla como un fin, sino perseguir otro objeto, que cuando es obtenido, pueda proporcionarnos completa satisfacción: la gloria de Dios y el bien del universo. La cuestión no es si es recto desear y perseguir nuestra felicidad, sino si es recto hacer de nuestra felicidad nuestro objetivo supremo.

Objeción 5. "La felicidad consiste en la satisfacción de los deseos virtuosos. Entonces la cosa a que me dirijo es satisfacer el deseo virtuoso. ¿No es esto apuntar a mi propia felicidad?"

Respuesta. La mente no apunta a la satisfacción del deseo, sino a la consecución de la cosa deseada. Supongamos que ves un mendigo, al cual das un pan. Tu objetivo es aliviar al mendigo. Este es el objeto deseado, y cuando lo das, tu deseo está satisfecho y tú eres feliz. Pero si al aliviar al mendigo el objetivo era tu propia felicidad, entonces el aliviar al pobre no satisfará tu deseo, y tú no tendrás satisfacción de ello.

Así pues, tanto la ley como el evangelio requieren benevolencia desinteresada como la única condición bajo la cual el hombre puede ser feliz.

Una vez resueltas estas objeciones, volvamos ahora a lo que es la verdadera sumisión.

3. La verdadera sumisión implica aprobación al castigo de la ley de Dios.

Nuevamente hago la distinción que he hecho antes. No estamos en este mundo simplemente bajo el gobierno de la ley desnuda. Este mundo es una provincia del imperio de Jehová, y está en una relación peculiar con el gobierno de Dios. Se ha rebelado; y luego ha sido hecha una provisión nueva y especial, por la cual Dios nos ofrece misericordia. Las condiciones son que obedezcamos los preceptos de la ley y nos sometamos a la justicia del castigo. Es un gobierno por la ley, con el evangelio, añadido al mismo. El evangelio requiere la misma obediencia que la ley. Sostiene los merecimientos del pecado y requiere que el pecador reconozca la justicia del castigo. Si el pecador estuviera meramente bajo la ley requeriría que se sometiera al castigo. Pero el hombre no está, y nunca ha estado, desde la misma caída, bajo el gobierno de la mera ley, sino que siempre ha conocido más o menos claramente que se le ofrece misericordia. Por tanto, nunca se le ha requerido que esté dispuesto a ser castigado. Es en este aspecto que la sumisión al evangelio difiere de la sumisión a la ley. Bajo la ley sola, la sumisión consistiría en su aceptación a ser castigado. En este mundo la sumisión consiste en la aprobación a la justicia del castigo, y en cuanto a sí mismo, a admitir que merece la eterna ira de Dios.

4. La verdadera sumisión implica la aprobación a la soberanía de Dios.

El deber de todo soberano es ver que sus súbditos se sometan a su gobierno. Y es su deber el promulgar leyes tales que cada individuo, si las obedece perfectamente, va a fomentar el bien público en el mayor grado posible. Y por ello, si alguno rehúsa obedecer, es su deber tomar al individuo rebelde por la fuerza y hacer que se someta al interés público de la mejor manera posible. Si no quiere someterse al bien público de modo voluntario tiene que hacerlo de modo involuntario. El gobierno tiene que encerrarlo o ahorcarlo, o de alguna manera ponerle como ejemplo de sufrimiento; o bien si el bien público admite misericordia, mostrarle misericordia de tal manera que esto sirva para el interés general. Ahora bien, Dios es un soberano, y la sumisión que requiere es justa. El descuidaría sus deberes como gobernante si no lo requiriera, y como tú has rehusado obedecer este requerimiento, ahora tienes que ponerte en sus manos para que disponga de ti, para el tiempo y la eternidad, en la manera que mejor fomente los intereses del universo. Tú has perdido todo derecho que tuvieras a una porción de felicidad en el universo o al favor de Dios. Y lo que se requiere de ti, ahora, puesto que no puedes rendir obediencia por lo pasado, es reconocer la justicia de su ley, y dejar tu destino futuro entera e incondicionalmente a su disposición, para el tiempo y la eternidad. Te has de someter con todo lo que tienes y todo lo que eres. Lo has perdido todo y lo has de entregar todo a su disposición, en la forma en que El te llame, para favorecer los intereses de su reino.

5. Finalmente requiere sumisión a los términos del evangelio. Los términos del evangelio son:

(1) Arrepentimiento, pena en el corazón por el pecado, justificar a Dios y tomar su parte en contra de ti mismo.

(2) Fe, perfecta confianza hacia Dios, tal que te haga ponerte cuerpo y alma, Io que tienes y eres, en sus manos, para que haga contigo lo que crea bueno.

(3) Santidad, o benevolencia desinteresada.

(4) Recibir la salvación como pura gracia a la cual no tienes derecho alguno a cuenta de la justicia.

(5) Recibir a Cristo como tu mediador y abogado, tu expiación, tu rey y maestro, y en todos los cargos en los cuales El se te presenta en la Palabra de Dios. En resumen, has de dar tu plena aprobación a la forma de salvación designada por Dios.

Conclusión

I. Ves, pues, que hay muchas esperanzas falsas en la iglesia.

La causa es que muchas personas abrazan lo que consideran el evangelio, sin rendir obediencia a la ley. Estas tendencias siempre se han manifestado entre los hombres. Hay una cierta clase que sostiene el evangelio y rechaza la ley; y otra clase que acepta la ley y descuida el evangelio. Los antinomianos desean librarse de la ley por completo. Suponen que la regla del evangelio es diferente de la ley; mientras que la verdad es que la regla de vida es la misma en ambos, y ambos requieren benevolencia desinteresada. Ahora bien, si una persona piensa que bajo el evangelio puede evitar que la gloria de Dios sea su objetivo supremo, y en vez de amar a Dios con todo su corazón, y alma, fuerza, puede hacer de su propia salvación su objeto supremo, sus esperanzas son falsas. Ha abrazado otro evangelio, que no es el evangelio en absoluto.

II. El tema muestra cómo hemos de enfrentarnos con la objeción común, que la fe en Cristo implica hacer de nuestra salvación nuestro objetivo o motivo supremo.

Respuesta. ¿Qué es la fe? No es creer que serás salvo, sino creer la palabra de Dios respecto a su Hijo. No se revela en parte alguna que tú serás salvado. El ha revelado el hecho que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores. Lo que llamas fe es más propiamente esperanza. La expectativa confiada de que serás salvo es una inferencia del acto de fe; y una inferencia que tienes el derecho a sacar cuando eres consciente de obedecer la ley y creer el evangelio. Esto es, cuando ejerces los sentimientos requeridos en la ley y el evangelio tienes el derecho a confiar en Cristo para tu salvación.

III. Es un error suponer que el desesperar de la misericordia es esencial para la verdadera sumisión.

Esto se ve claro del hecho que, bajo el evangelio, todo el mundo sabe que es la voluntad de Dios que toda alma que ejerza benevolencia desinteresada sea salva. Supongamos que un hombre viene y me pregunta: "¿Qué he de hacer para ser salvo?" Y yo le digo: "Si usted esperar ser salvo debe desesperar de llegar a ser salvo." ¿Qué pensarías? ¿Qué autor inspirado ha dado nunca una respuesta o instrucción así? No, la respuesta inspirada es: "Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón." "Arrepiéntete." "Cree el Evangelio", y así sucesivamente. ¿Hay algo aquí que implique desesperación?

Es verdad que los pecadores a veces desesperan antes de obtener la verdadera paz. Pero ¿cuál es el motivo? No es porque la desesperación es esencial a la verdadera paz, sino debido a su ignorancia o a las enseñanzas falsas que se les han dado o a haber comprendido real la verdad. Muchos pecadores ansiosos se desesperan porque han llegado a la falsa impresión de que han pecado más allá del día de gracia, o que han cometido el pecado imperdonable, o que sus pecados son graves de modo peculiar y la provisión del evangelio no les alcanza. Algunos desesperan por esta razón: saben que hay misericordia y que está dispuesta para serles concedida tan pronto como cumplan con los requisitos, pero hallan que todos sus esfuerzos para la verdadera sumisión son vanos. Se sienten orgullosos y obstinados, y no pueden dar su propio consentimiento a los términos de la salvación. Quizá la mayoría de individuos que se someten, en efecto, llegan a un punto en que lo dan todo por perdido. Pero ¿es necesario esto? Esta es la pregunta. Ahora, como se ve, no es nada más que su propia maldad que les lleva a la desesperación. Están mal dispuestos a echar mano de la misericordia que se les ofrece. Su desespero, pues, en vez de ser esencial para la verdadera sumisión bajo el evangelio es incompatible con él, y nadie puede abrazar el evangelio en este estado. Es una incredulidad horrible, pues es el pecado de la desesperación; y decir que es esencial para la verdadera sumisión es decir que el pecado es esencial para la verdadera sumisión.

IV. La verdadera sumisión es aquiescencia a todo el gobierno de Dios.

Es aquiescencia a su gobierno providencial, a su gobierno moral, al precepto de su ley y al castigo de su ley, de modo que el individuo admite que merece un sobremanera grande y eterno peso de condenación; y la sumisión es a los términos de salvación del evangelio. Bajo el evangelio no hay nadie que tenga el deber de estar dispuesto a ser condenado. Es totalmente incongruente con su deber el estar dispuesto a ser condenado. El hombre que se somete a la ley pura y consciente en ser condenado, está tanto en rebelión como antes; porque uno de los requerimientos de Dios es que hemos de obedecer el evangelio.

V. El llamar al pecador para que esté dispuesto a ser castigado es un gran error por muchas razones.

Es poner de lado el evangelio, y colocarlo bajo otro gobierno del que existe. Pone delante de él una visión parcial del carácter de Dios, a la cual se le requiere que se someta. Esconde los verdaderos motivos de la sumisión. Presenta no al Dios real y verdadero, sino a un ser distinto. Es practicar un engaño en él, manteniendo la idea de que Dios desea su condenación y ha de someterse a ella; porque Dios ha dado su solemne juramento de que no desea la muerte del pecador sino que se arrepienta y viva. Es una calumnia contra Dios, y es acusarle de perjuicio. Todo hombre bajo el evangelio sabe que Dios desea que los pecadores sean salvos y es imposible esconder este hecho. La verdadera base sobre la cual hay que colocar la salvación es que no se ha de buscar la propia salvación, sino la gloria de Dios; no se ha de sostener la idea de que Dios desea o intenta que él vaya al infierno.

¿Qué decían los apóstoles a los pecadores cuando les preguntaban lo que debían hacer para ser salvos? ¿Qué les dijo Pedro en el día de Pentecostés? ¿Qué dijo Pablo al carcelero? Que se arrepintieran y abandonasen su egoísmo y creyeran el evangelio. Esto es lo que los hombres han de hacer para ser salvos.

Hay otra dificultad al intentar convertir a los hombres, sometiéndose al castigo voluntariamente. Es intentar convertirlos por la ley, poniendo de lado el evangelio. Es intentar hacerlos santos sin las influencias apropiadas para hacerlos santos. Pablo intentó este método, concienzudamente, y halló que nunca dio resultado. En el capítulo siete de Romanos nos da los resultados de su propio caso. Le llevó a confesar que la ley era santa y buena y que había que obedecerla; y aquí se quedó acongojado, gritando: "Lo bueno que quisiera hacer, no lo hago, sino lo malo que no quiero hacer, esto hago." La ley no pudo convertirlo, y grita: "¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Precisamente, aquí el amor de Dios al enviar a su Hijo Jesucristo se presenta a la mente y hace la obra. En el siguiente capítulo explica: "Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil a causa de la carne, Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y en lo concerniente al pecado, condenó al pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, los que andamos no conforme a la carne sino conforme al Espíritu." Toda la Biblia testifica que es sólo la influencia del evangelio que puede llevar a los pecadores a obedecer la ley. La ley nunca puede hacerlo. El apartar del alma los motivos que constituyen la esencia del evangelio nunca convertirá al pecador.

Sé que hay algunas personas que creen que se han convertido de esta manera, y que se han sometido a la ley de modo absoluto, sin influencia alguna del evangelio. Pero ¿se les ha escapado por un sólo momento el que Cristo murió por los pecadores, y que deben arrepentirse y creer si quieren ser salvos? Estos motivos han de haber tenido su influencia, pues en tanto que pensaban que miraban a la ley pura esperaban que si creían serían salvos.

Supongo que el error de intentar convertir a los hombres por la ley se halla aquí; en la antigua noción de Hopkins que los hombres, para ser salvos, debían estar dispuestos a ser condenados. Esta idea prescinde del hecho que este mundo está, y ha estado desde la misma caída, siempre bajo la dispensación de la misericordia. Si estuviéramos bajo el gobierno de la mera ley, la verdadera sumisión a Dios requeriría esto. Pero los hombres no están bajo la ley en este sentido, ni nunca han estado; porque inmediatamente después de la caída Dios reveló a Adán las intimaciones o indicios de la misericordia.

Hay una objeción que puede hacerse y que voy a contestar de antemano.

Objeción. "¿No es el ofrecimiento de misericordia en el evangelio tal que puede producir una religión egoísta?"

Respuesta. La oferta de misericordia puede ser pervertida, como cualquier otra cosa buena, y con ello dar lugar a una religión egoísta. Y Dios sabía que podía serlo cuando reveló el evangelio. Pero obsérvese: Nada puede ser más apropiado para someter el corazón rebelde del hombre que esta misma demostración de la benevolencia de Dios en la oferta de misericordia.

Hubo un padre que tenía un hijo rebelde y obstinado al que trató de someter por medio de castigos. Amaba a su hijo y deseaba que fuera virtuoso y obediente. Pero el hijo parecía endurecer su corazón contra sus esfuerzos repetidos. Al final el pobre padre estaba tan desanimado que prorrumpió en llanto convulsivo: "¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Qué puedo hacer? ¿Puedo salvarte? He hecho todo lo que he podido para salvarte, ¿qué más puedo hacer?" El hijo miraba los castigos con la mayor indiferencia, pero cuando vio las lágrimas del padre rodar por sus mejillas, y oyó sus sollozos de angustia, prorrumpió también en lágrimas y gritó: "¡Azótame, padre! ¡Azótame, pero no llores!" Ahora el padre había hallado la manera de someter aquel corazón empedernido. En vez de aplicarle la vara de hierro de la ley, le presentó su alma; y ¿cuál fue el resultado? ¿Le aplastó en una sumisión hipócrita? No, la vara hacía esto. Las lágrimas del amor del padre quebrantaron su corazón y le sometieron de modo verdadero a la voluntad del padre.

Lo mismo ocurre con los pecadores. El pecador desafía la ira del Dios Todopoderoso, y se endurece para recibir los golpes del rayo de Jehová; pero cuando ve el amor del corazón del Padre Celestial, si hay algo que aún pueda hacerle aborrecerse y execrarse a sí mismo, esto lo hará el ver a Dios manifestarse en carne, bajándose a tomar forma humana, colgando de la cruz, y derramando lágrimas, sudor y sangre de su alma y muriendo en la cruz. ¿Es esto adecuado para hacer hipócritas? No, el corazón del pecador se derrite y grita: "Oh, haz cualquier otra cosa, puedo resistirlo; pero el amor del bendito Jesús me abruma." Es propio de la misma naturaleza de la mente el ser influida de esta manera. Por tanto, en vez de tener miedo de mostrar el amor de Dios a los pecadores, éste es el único modo de someterles verdaderamente y hacerles verdaderamente sumisos y verdaderamente benevolentes. La ley hace hipócritas; pero sólo el evangelio puede atraer su alma al verdadero amor a Dios.

 

 
 
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