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Sermón - La Conversión Verdadera y la Falsa
Sermones Charles G. Finney
Domingo, 01 de Julio de 2012 16:55
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LA CONVERSIÓN VERDADERA Y LA FALSA

Por Charles G. Finney

 

"He aquí, todos vosotros que encendéis fuego, y os rodeáis de teas; andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mis manos os vendrá esto; en dolor yaceréis (Isaías 50:11)

Es evidente por el contexto de estas palabras, en el mismo capítulo, que el profeta se dirige a aquellos que profesan ser religiosos, que se dicen que están salvos, pero que, en realidad, su esperanza era un fuego que ellos mismos habían encendido, y las chispas, creadas por este fuego. Antes de seguir adelante en la discusión del tema, desearía decir que, como ya he dado noticia de que mi intención era discutir la naturaleza de la conversión verdadera y la falsa, no servirá de nada el escucharlo, excepto para aquellos que sean sinceros y se lo apliquen a sí mismos. Si esperas beneficiarte del mensaje, tienes que resolver aplicártelo fielmente, de modo tan sincero como si pensaras que te encuentras en el juicio solemne. Si lo haces, puedes esperar que te conduzca a descubrir tu verdadero estado, y si estás engañado, dirigirte al verdadero camino de salvación. Si no quieres hacerlo, yo predicaré en vano, y tú oirás en vano.

Espero mostrar la diferencia entre la conversión verdadera y la falsa, y presentaré el tema en el orden siguiente:

I. Mostrar que el estado natural del hombre es el de puro egoísmo.

II. Mostrar que el carácter del convertido es el de benevolencia.

III. Que el nuevo nacimiento consiste en un cambio desde el egoísmo a la benevolencia.

IV. Indicar algunas cosas en las que los santos y los pecadores, o sea, los convertidos verdaderos y los espurios pueden estar de acuerdo y algunas en las que difieren.

V. Contestar algunas objeciones que se pueden ofrecer contra el punto de vista que tomo y terminar con algunos comentarios.

I. Voy a mostrar que el estado natural del hombre, o el estado en que se encuentra el hombre antes de la conversión, es egoísmo puro y sin mezcla.

Con ello quiero decir que no conoce la benevolencia del Evangelio. El egoísmo es considerar la felicidad propia como objetivo supremo, y buscar el bien propio por el hecho de ser suyo. El que es egoísta coloca su propia felicidad y busca su propio bien porque es suyo. De modo egoísta coloca su propia felicidad por encima de otros intereses de mayor valor; tales como la gloria de Dios y el bien del universo. Es evidente que la humanidad se encuentra en este estado y digo esto por muchas consideraciones.

Todo el mundo sabe que los otros son todos egoístas. Todos los tratos de la humanidad son conducidos sobre este principio. Si el hombre lo pierde de vista y emprende tratos con la humanidad como si no fueran egoístas, sino desinteresados, los demás pensarán que aquel hombre está loco.

II. En el estado del convertido, el carácter predominante es el de benevolencia. Un individuo convertido es benevolente, y no egoísta, en lo esencial. La benevolencia es querer la felicidad de los otros. Benevolente es una palabra compuesta que propiamente significa desear el bien, o sea, escoger la felicidad de los otros. Éste es el estado de Dios. Se nos dice que Dios es amor; esto es, que es benevolente. La benevolencia comprende todo su carácter. Todos sus atributos morales son sólo modificaciones de la benevolencia. Un individuo convertido se asemeja a Dios en este aspecto. No quiero que se entienda que nadie es convertido a menos que sea puro y perfectamente benevolente, como Dios es; pero sí que en el equilibrio de su mente la característica que prevalece es la benevolencia. Con sinceridad busca el bien de los otros por amor a ellos. Y, por benevolencia desinteresada no siente interés en el objeto que persigue, sino que busca la felicidad de los otros por amor a ellos y no con miras a su reacción en favor de sí mismo, que va a aumentar su felicidad. Decide hacer bien porque se goza en la felicidad de los otros, y desea su felicidad por ella misma en sí. Dios es benevolente de modo puro y desinteresado. Él no hace a las criaturas felices para así aumentar su propia felicidad, sino que las ama por su felicidad y las busca por amor a la misma. No que no se sienta feliz al fomentar la felicidad de las criaturas, pero no lo hace por amor a su propia satisfacción. El hombre que es desinteresado se siente feliz al hacer bien. De otra manera el hacer bien en sí no tendría ninguna virtud. De otro modo el hacer bien no sería virtuoso en sí. En otras palabras, si no le gustara hacer bien y no se gozara haciéndolo, no sería una virtud en él.

La benevolencia es la santidad. Es lo que la ley de Dios requiere: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu fuerza, y a tu prójimo como a tu mismo. Con la misma certeza que el convertido rinde obediencia a la ley de Dios, y de modo tan seguro como él es Dios, es benevolente. Es el rasgo más saliente de su carácter, el buscar la felicidad de los otros, y no la suya propia, como su objetivo supremo.

III. La verdadera conversión es un cambio del estado de supremo egoísmo a la benevolencia.

Es un cambio en el objetivo de la actividad, no un mero cambio en el medio de alcanzar el fin. No es verdad que los convertidos y los no convertidos difieran sólo en los medios que usan, pero que los dos persiguen el mismo objetivo. No es verdad que Gabriel y Satán estén tratando de alcanzar el mismo objetivo, los dos procurando su propia felicidad, aunque la buscan de distinto modo. Gabriel no obedece a Dios con miras a incrementar su propia felicidad. Un hombre puede cambiar sus medios y con todo ver de conseguir el mismo objetivo, su propia felicidad. Es posible que haga bien con miras a un beneficio temporal. Puede no creer en la religión, ni en la eternidad, y con todo hacer bien porque esto le es ventajoso en este mundo. Supongamos, pues, que sus ojos se abren, y ve la realidad de la eternidad; y entonces se hace religioso como medio de conseguir su felicidad en la eternidad. Se puede ver bien que no hay ninguna virtud en ello. Es el intento que da carácter al acto, no el medio empleado para realizar el intento. El convertido verdadero y el falso difieren en esto. El convertido verdadero escoge la gloria de Dios y el bien de su reino como objetivo de sus esfuerzos. Este objetivo lo escoge por sí, por lo que es, porque lo ve como su mayor bien, como un bien mayor que su propia felicidad individual. No que sea indiferente a su propia felicidad, sino que prefiere la gloria de Dios, porque es un bien mayor. Mira a la felicidad de cada individuo particular según su verdadera importancia, en tanto que le es posible evaluarla, y él es escoge el bien sumo como su objetivo supremo.

IV. Ahora voy a mostrar algunas cosas en las que los verdaderos santos y las personas engañadas pueden estar de acuerdo y algunas en las que difieren.

1. Pueden estar de acuerdo en llevar una vida estrictamente moral.

La diferencia está en sus motivos. El verdadero santo lleva una vida moral por amor a la santidad; la persona engañada, por consideraciones egoístas. Usa la moralidad como un medio al fin, con miras a su propia felicidad. El verdadero santo ama la moralidad como un objetivo.

2. Los dos pueden orar igualmente, por lo menos en cuanto a la forma.

La diferencia está en los motivos. El verdadero santo ama la oración; el otro lo hace porque espera conseguir algún beneficio para sí de la oración. El verdadero santo espera un beneficio de la oración, pero éste no es el motivo principal. El otro ora sin tener ningún otro motivo.

3. Los dos pueden tener celo en la religión.

El uno puede tener un gran celo, porque su celo es según su conocimiento, y desea sinceramente y ama fomentar la religión, por amor a la misma. El otro puede mostrar idéntico celo, con miras a asegurar su propio salvación un poco más, y porque tiene miedo de ir al infierno si no hace la obra del Señor, o para aquietar su conciencia, y no porque ame la religión en sí.

4. Los dos pueden ser concientes en el cumplimiento del deber; el verdadero convertido porque quiere y ama hacer este deber, el otro porque no se atreve a descuidarlo.

5. Los dos pueden prestar la misma atención a hacer lo recto; el verdadero convertido porque ama hacer lo recto, el otro porque sabe que no puede ser salvo a menos que lo haga. Es sincero en sus transacciones y negocios, porque esto es lo único que asegura su propio interés. Verdaderamente, "ya tienen su pago". Consiguen la reputación de ser personas sinceras, pero no hay motivo superior, y no habrá recompensa de Dios.

6. Pueden estar de acuerdo en sus deseos en muchos aspectos. Pueden estar de acuerdo en su deseo de servir a Dios; el verdadero convertido porque ama el servicio de Dios, y la persona engañada por la recompensa, como el siervo asalariado sirve a su señor.

Pueden estar de acuerdo en sus deseos de ser útiles, el verdadero convertido porque desea ser útil en sí; el engañado porque éste es el medio de obtener el favor de Dios. En la proporción en que ha sido despertado a la importancia de tener el favor de Dios será la intensidad de sus deseos de ser útil.

En su deseo por la conversión de las almas, el verdadero santo porque quiere glorificar a Dios; el engañado para ganar el favor de Dios. Le moverá a esto lo mismo que le hace dar dinero a las Sociedades Misioneras o a la Sociedad Bíblica. Motivos egoístas sólo, para procurarse la felicidad, el aplauso u obtener el favor de Dios.

En cuanto a glorificar a Dios, el verdadero convertido quiere ver a Dios glorificado porque sabe que éste es el modo de ser salvo. El verdadero convertido ha puesto su corazón en la gloría de Dios, como su gran objetivo, y lo desea como un fin, por la gloria de Dios. El otro desea está gloria como un medio para su gran fin, el beneficio propio.

Respecto al arrepentimiento, el verdadero convertido aborrece el pecado por su naturaleza odiosa, porque deshonra a Dios. El otro, porque sabe que sin ello va a ser condenado.

En cuanto a creer en Jesucristo, el verdadero santo lo desea para glorificar a Dios, porque ama la verdad en sí. El otro lo hace porque así puede tener una esperanza mayor de llegar al cielo.

Respecto a obedecer a Dios, el verdadero santo lo hace para aumentar su santidad; el que profesa falsamente, porque desea la recompensa de la obediencia.

7. Pueden estar de acuerdo no sólo en los deseos, sino también en las resoluciones. Pueden decidir renunciar al pecado y obedecer a Dios, procurar el progreso de la religión y el reino de Cristo; y hacerlo con gran energía de propósito, pero con diferentes motivos.

8. Pueden estar de acuerdo también en sus designios. Pueden hacer planes para glorificar a Dios, convertir a los hombres y extender el reino de Cristo; el verdadero santo por amor a Dios y la santidad; el otro, por su propia felicidad. Para el uno es el fin, para el otro un medio para perseguir un objetivo egoísta.

Pueden intentar ser santos: el verdadero convertido porque ama la santidad, el engañado porque sabe que no puede ser feliz de otra manera.

9. También pueden estar de acuerdo en sus afectos para muchas cosas.

Pueden los dos amar la Biblia; el verdadero santo, porque es la verdad de Dios, se deleita en ella y es un banquete para su alma; el otro, porque cree que le favorece y fomenta sus esperanzas.

Pueden servir los dos a Dios; el uno porque ve el carácter de Dios en su suprema excelencia y amor; el otro porque piensa en Dios como un amigo particular, que va a hacerle feliz para siempre y relaciona la idea de Dios con su propio interés.

Los dos pueden amar a Cristo. El verdadero convertido ama su carácter; el engañado, porque le salva del infierno y le da la vida eterna.

Pueden los dos amar a los cristianos: el verdadero convertido porque ve en ellos la imagen de Cristo, y el engañado porque pertenecen a su propia denominación, o porque están a su lado o siente que tienen los mismos intereses y esperanzas que él.

10. Pueden estar de acuerdo en odiar las mismas cosas. Pueden odiar la infidelidad y oponerse a ella con denuedo: el santo porque se opone a Dios y a la santidad, y el engañado porque perjudica a los intereses a que se dedica, y así destruye sus propias esperanzas para la eternidad. Pueden también odiar el error; el uno porque es detestable en sí, y contrario a Dios, y el otro porque es contrario a sus puntos de vista y opiniones.

Recuerdo haber visto escrito hace algún tiempo un ataque a un ministro por publicar ciertas opiniones, "porque --decía el escritor-- estos sentimientos destruirían todas más esperanzas para la eternidad". Y ésta es una buena razón, la mejor que una persona egoísta necesita para oponerse a una opinión.

Los dos odian el pecado; el verdadero convertido porque es odioso a Dios, la persona engañada porque le perjudica. Han ocurrido casos en que un individuo ha odiado sus propios pecados, pero no los ha abandonado. Cuántas veces un borracho, mirando hacia atrás a lo que era, y contrastando su degradación presente con lo que había sido, aborrece la bebida; pero no por la bebida en sí, lo que es, sino porque ha causado su desgracia. Y todavía sigue bebiendo, aunque al considerar los efectos de la misma se siente lleno de indignación.

Los dos pueden sentirse opuestos a los pecadores. La oposición del verdadero santo es una oposición benevolente, con miras a aborrecer su carácter y conducta, ya que éstas subvierten el reino de Dios. El otro se opone a los pecadores porque éstos se oponen a la religión que él defiende, porque no están a su lado.

11. Lo mismo, los dos pueden gozarse en las mismas cosas. Ambos se gozan en la prosperidad de Sión, y la conversión de las almas; el verdadero convertido porque tiene el corazón puesto en ello, y lo considera el mayor bien posible, y el engañado porque esto, en particular, cree que hace prosperar sus intereses.

12. Ambos lamentan y sufren por el bajo estado de la religión en la iglesia, el verdadero convertido porque con ello Dios es deshonrado, y el engañado porque su propia alma no es feliz, o porque la religión no está en auge.

Los dos pueden disfrutar de la sociedad de los santos; el verdadero convertido porque su alma se goza en la conversación espiritual, el otro porque espera sacar algunas ventajas de la compañía. El primero disfruta porque "de la abundancia del corazón habla la boca"; el otro porque le gusta hablar sobre el gran interés que siente en la religión, y la esperanza que tiene de llegar al cielo.

13. Los dos pueden disfrutar asistiendo a reuniones religiosas; el santo porque su corazón se deleita en los actos de adoración, oración y alabanza, y oyendo la palabra de Dios en comunión con Dios y los santos, y el otro porque piensa que una reunión religiosa es un buen lugar para fomentar su esperanza. Puede tener cien razones para quererlas, y de ellas ninguna es por las reuniones en sí, por el servicio prestado a Dios.

14. Los dos pueden hallar placer en su deber en la oración. El santo porque le acerca a Dios, se deleita en la comunión con Dios, donde se halla libre para dirigirse directamente a Dios, sin estorbos, y convencer con Él. La persona engañada encuentra una especie de satisfacción en ello, porque es un deber el orar a Dios en secreto y siente la satisfacción propia de cumplirlo. Puede incluso sentir un cierto placer en ello, una especie de emoción que confunde con la comunión con Dios.

15. Los dos pueden amar las doctrinas de la gracia; el verdadero santo porque son tan gloriosas; el otro porque las considera la garantía de su propia salvación.

16. Los dos pueden amar los preceptos de la ley de Dios; el santo porque son tan excelentes, santos, justos y buenos; el otro porque cree que le harán feliz si los ama, y por tanto son un medio para su felicidad.

Ambos pueden consentir en el castigo de la ley. El verdadero santo porque considera que será justo en sí que Dios le enviara al infierno. El engañado porque se regocija pensando que él está fuera del riesgo. Siente respeto para el hecho, porque sabe que es recto y su conciencia lo aprueba, pero nunca consentiría en ello su propio caso.

17. Es posible que sean iguales en su generosidad para dar al as sociedades benéficas. No hay duda que los dos pueden dar sumas iguales, pero los motivos son diferentes. El uno da para hacer bien, y lo mismo daría si supiera que no había otra persona viva que diera. El otro da para conseguir un mérito, para aquietar su conciencia y para inclinar hacia si el favor de Dios.

18. Es posible que se nieguen los dos las mismas cosas. La abnegación no está confinada a los verdaderos santos. Para darnos cuenta de ello basta mirar a los mahometanos y a los paganos. Lo mismo a los pobres ofuscados, dentro del mismo mundo llamado cristiano, los católicos que suben peldaños de escaleras de rodillas, chorreando sangre. Un protestante dirá que no hay religión aquí, pero no podrá negar que hay un negarse a sí mismo, sea cual sea el objetivo. El verdadero santo se negará a sí mismo para hacer más bien a otros, no a él mismo. La persona engañada lo hará por motivos egoístas de modo exclusivo.

19. Los dos pueden estar dispuestos a sufrir el martirio. Se pueden leer las vidas de los mártires, y no queda la menor duda que estaban dispuestos a sufrir, pero algunos de ellos lo hacían con la idea errónea de la recompensa del martirio, y se lanzaban a la destrucción porque estaban persuadidos que esto les aseguraba el camino libre a la vida eterna.

En todos estos casos, los motivos de una clase están en directa oposición a los de la otra. La diferencia se halla en los diferentes objetivos. El uno escoge su propio interés, el otro el interés de Dios como su objetivo final. El que dice que los dos tienen el mismo objetivo dice que un pecador impenitente es tan benevolente como un cristiano real; o que un cristiano no es benevolente, como Dios es, sino que busca su propia felicidad, y se la procura en la religión, no en el mundo.

Y éste es el lugar apropiado para la respuesta a una pregunta que suele hacerse: "Si estas dos clases de personas son tan semejantes en tantos puntos, ¿cómo vamos a conocer nuestro propio carácter real, o a decir a cuál de los grupos pertenecemos? Sabemos que el corazón es engañoso sobre todas las cosas y perverso, y ¿cómo vamos a saber si amamos a Dios y la santidad por sí mismos o bien si buscamos el favor de Dios y procuramos llegar al cielo como un beneficio propio?" Voy a contestar:

1. Si eres verdaderamente benevolente, aparecerá en tus tratos diarios. Este carácter, si es real, se mostrará en tus asuntos, en todas partes. Si el egoísmo rige tu conducta, es absolutamente cierto que somos verdaderamente egoístas. Si en nuestros tratos con los hombres somos egoístas, también lo somos en nuestros tratos con Dios. "Porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?" Le religión no es meramente amar a Dios, sino también amar al hombre. Si en nuestras transacciones diarias mostramos que somos egoístas, no somos convertidos; de otro modo la benevolencia no es esencial a la religión, y un hombre puede ser religioso sin amar a su prójimo como a sí mismo.

2. Si no tienes interés en la religión, los deberes religiosos no te interesarán. Te acercarás a la religión como un trabajador va a su tarea, por amor a ganarse la vida. El que trabaja halla placer en su labor, pero no es por ella en sí. Preferiría no hacerla si pudiera. En su naturaleza es una tarea, y si tiene algún placer en ella es porque espera de antemano los resultados, el sostén y bienestar de su familia, el incremento de su propiedad.

Éste es precisamente el estado de algunas personas con respecto a la religión. Se acercan a ella como un enfermo toma su medicina, porque desean sus efectos y ellos saben que la necesitan, o perecen. Es una tarea que nunca harían por sí misma. Supongamos que a un hombre le gustara trabajar como a un niño le gusta jugar. Trabajaría todo el día y aun no se cansaría de ello, sin otro estímulo que el placer de hacerlo. Así es en la religión, cuando se hace por el placer de sí misma no hay cansancio en ella.

3. Si el egoísmo es el carácter prevaleciente de tu religión, tomará a veces una forma, a veces otra. Por ejemplo: si es en un período de frialdad general en la iglesia, los convertidos verdaderos todavía disfrutarán en su comunión secreta con Dios, aunque esto no llegará al conocimiento de los demás. Pero la persona engañada en estos casos se siente atraída hacia el mundo. Ahora bien, si los verdaderos santos se levantan, y hacen ruido, hablan de su gozo en voz alta, de modo que la religión empieza a ser un tema de conversión otra vez; quizás alguno de estos engañados empezará a moverse y parecerán más celosos que un verdadero santo. Se verá impelido por sus convicciones y no por sus afectos. Cuando no hay interés público, no siente la convicción; pero cuando la iglesia se despierta siente la convicción, y se ve impelido a moverse, para tener quieta la conciencia. Es sólo un egoísmo en otra forma.

4. Si eres egoísta, tu goce de la religión dependerá principalmente de la firmeza de tus esperanzas del cielo y no del ejercicio de tus afectos. Tus goces no son en aplicarte alas cosas religiosas, sino de una naturaleza muy distinta de los del verdadero santo. Son en su mayor parte anticipaciones. Cuando te sientas seguro de ir al cielo, entonces te gozas mucho en la religión; depende de tu esperanza, no de tu amor, por las cosas que esperas. Se oye de personas que pierden su gozo en la religión cuando decrece su esperanza. La razón es evidente. Aman la religión no por ella en sí, sino que su gozo depende de su esperanza. Si los deberes de la religión no son las cosas en que te gozas y si todos los gozos dependen de tu esperanza, no tienes verdadera religión.

No digo que los verdaderos santos no se gozan en su esperanza. Pero esto no es lo principal en ellos. Piensan muy poco en sus esperanzas. Sus pensamientos se emplean en otra cosa. La persona engañada, al contrario, se da cuenta de que no goza en los deberes de la religión; sólo los cumple porque confía que hay un cielo. Sólo tiene el gozo en ello como el hombre que trabaja espera hallar la recompensa de su labor.

5. Si eres egoísta en religión, tus goces serán principalmente en forma de anticipación. El verdadero santo se goza ya ahora en la paz de Dios, y el cielo ya ha empezado en su alma. No solamente tiene la perspectiva de la misma, sino que la vida eterna ya ha empezado realmente para él. Tiene fe, la que es la misma sustancia de las cosas que se esperan. Es más, tiene ya verdaderos sentimientos celestiales en él. Goza de antemano gozos inferiores en grado, pero no distintos en naturaleza. Sabe que el cielo ya ha empezado para él y no está obligado a esperar para probar los gozos de la vida eterna. Su gozo está en proporción a su santidad, y no en proporción a su esperanza.

6. Otra diferencia por la cual podemos saber si somos egoístas en religión es ésta: la persona engañada tiene el propósito de obedecer, mientras que el otro prefiere obedecer. Ésta es una distinción importante que no hacen muchos. Muchos tienen el propósito de obediencia, pero no una verdadera preferencia para obedecer. La preferencia es una decisión verdadera, una obediencia del corazón. Muchos dicen que tienen el propósito de hacer este o aquel acto de obediencia, pero no lo hacen. Y explican lo difícil que es el ejecutar su propósito. El santo verdadero, por otra parte, prefiere realmente, y en su corazón escoge obedecer y por ello lo halla fácil. El uno tiene el propósito de obedecer, como el que nos cuenta Pablo que él tenía, en el capítulo siete de Romanos. Era un propósito firme, pero no lo obedecían, porque su corazón no estaba en él. El verdadero convertido prefiere la obediencia por amor a sí misma; en realidad, la escoge y la hace. El otro se propone ser santo sólo porque sabe que es el único modo de ser feliz. El verdadero santo escoge la santidad en sí, porque él es santo.

7. El verdadero convertido y la persona engañada difieren también en su fe. El verdadero santo tiene confianza en el carácter general de Dios, que le conduce a una sumisión sin atenuantes a Dios. Se habla mucho de clases de fe, sin mucho sentido. La verdadera confianza en las promesas especiales de Dios depende de la confianza en el carácter general de Dios. Sólo hoy dos principios por los cuales se obedece a cualquier gobierno, humano o divino, el temor y la confianza. No importa si se trata del gobierno de la familia, un barco, una nación o un universo. En un caso los individuos obedecen por la esperanza a la recompensa y el temor al castigo. En el otro, por la confianza en el carácter del gobierno, que obra por amor. El otro cede en un acto externo de obediencia, por esperanza y por temor. El verdadero convertido tiene la fe y la confianza en Dios que le conduce a obedecer porque ama a Dios. Esta obediencia es fe. Tiene confianza en Dios, por lo que se somete totalmente a la mano de Dios.

El otro tiene sólo una fe parcial, y sólo una sumisión parcial. El diablo tiene esta fe parcial. Cree y tiembla. Una persona puede creer que Cristo vino para salvar a los pecadores, y basándose en esto someterse para ser salvo; al hacerlo no se somete totalmente a él, para ser gobernado por él. Su sumisión es sólo una condición para ser salvo. Nunca tiene la confianza sin reservas en el carácter de Dios que le conduce a decir: "Sea hecha tu voluntad." Sólo se somete para ser salvo. Su religión es la religión de la ley. La del otro es la del Evangelio. La una es egoísta, la otra benevolente. Aquí está la verdadera diferencia entre las dos clases. La religión de uno es externa e hipócrita. La del otro es santa y aceptable a Dios.

8. Sólo mencionaré una diferencia más. Si tu religión es egoísta, te gozarás de modo particular en la conversión de los pecadores, cuando tú tienes participación en ello, pero hallarás poca satisfacción cuando tiene lugar por la intervención de otros. La persona egoísta se goza cuando tiene actividad y éxito en la conversión de pecadores, porque piensa que tendrá recompensa como resultado. Pero no se deleita cuando es la obra de otros, si no es que siente envidia. El verdadero santo se deleita de modo sincero en ser útil, se regocija cuando los pecadores se convierten gracias a la intervención de los otros, como si fuera por la suya propia. Hay algunos que toman interés en un avivamiento sólo en cuanto les afecta en sus actividades, pero les es indiferente si los pecadores se quedan sin convertirse cuando han de ser salvados por un evangelista o un ministro que pertenece a otra denominación. El verdadero espíritu de un hijo de Dios es decir: "¡Señor, envía a quien quiera, sólo que estas almas sean salvas y tu nombre sea glorificado!"

 

V. Voy a contestar a algunas objeciones que se hacen contra este punto de vista en el tema.

Objeción 1. "¿No tengo que tener interés en mi propia felicidad?"

Contestación. Es propio y justo que cada uno se interese en su propia felicidad, pero hay que ponerlo en una escala relativa. Puesta al lado de la gloria de Dios y el bien del universo, se tiene la perspectiva propia para decidir el valor que le pertenece. Esto es precisamente lo que hace Dios. Y esto es lo que quiere decir cuando nos manda que amemos al prójimo como a nosotros mismos.

Es más, de hecho vas a hacer aumentar tu propia felicidad precisamente en la proporción en que la dejes fuera de tu objetivo. Tu felicidad será en proporción a tu desinterés. La verdadera felicidad consiste principalmente en la satisfacción de los deseos virtuosos. Puede haber placer en la satisfacción de deseos que son egoístas, pero no es una felicidad verdadera. Pero para ser virtuoso los deseos han de ser desinteresados. Supongamos que un hombre ve a un mendigo en la calle; está allí sentado famélico, sin amigos y va a perecer pronto. El hombre se siente conmovido y le compra un pan. El rostro del pobre se ilumina y su mirada demuestra gratitud. Es evidente que la satisfacción del dadivoso en el acto será en relación a lo puro de su propósito. Si lo hizo sólo por benevolencia, su santificación es completa en el acto en sí. Si lo hizo por caridad en parte solamente, no basta, necesita que su acto sea publicado a otros. Supongamos que se trata de un pecador en el lugar del mendigo. Y que alguien, movido a compasión le conduce al Salvador. El hombre es salvo. Si los motivos del que hace el acto son obtener honra de los hombres y asegurarse el favor de Dios, este hombre espera que su acto sea hecho público. Si sus motivos son totalmente desinteresados, la satisfacción es completa y el gozo sin mezcla. En los deberes religiosos la felicidad está en proporción al desinterés.

Si tu objetivo es hacer bien en sí y por sí, luego eres feliz en la proporción en que lo haces. Pero si persigues tu felicidad, fracasarás. Es como el niño que persigue su sombra: nunca la alcanza, siempre está delante. Dios ha constituido la mente del hombre de tal forma que ha de buscar la felicidad de los otros como su objetivo, pues de lo contrario falla en su intento de hallarla. Aquí hay la verdadera razón por la que el mundo, buscando su propia felicidad y no la de los otros, no alcanza su objetivo.

Objeción 2. "¿No consideró Cristo el gozo puesto delante de Él? ¿No tuvo respeto Moisés a la recompensa del premio? ¿No dice la Biblia que amamos a Dios porque Él nos amó primero?

Respuesta número 1. Es verdad que Cristo despreció la vergüenza y sufrió la cruz, y consideró el gozo puesto delante de Él. Pero, ¿cuál era este gozo puesto delante de Él? No su propia salvación ni su propia felicidad, sino el gran bien que resultaría de la salvación del mundo. Él era perfectamente feliz en sí. Su objetivo era la felicidad de los otros. Éste es el gozo propuesto a Cristo. Y lo consiguió.

Respuesta número 2. Moisés tenía respeto a la recompensa del premio. Pero, ¿era para su propio bienestar? En modo alguno. La recompensa del premio era la salvación del pueblo de Israel. ¿Qué dijo? Cuando Dios le propuso destruir la nación, y hacer de él una gran nación, si Moisés hubiera sido egoísta habría dicho: "Bien, Señor, sea hecho según dices." Pero, ¿qué contestó? Su corazón estaba puesto en la salvación de su pueblo, en la gloria de Dios, y no quiso pensar ni un momento en sí mismo. "Si quieres, perdónales su pecado; y si no, bórrame de tu libro en que has escrito mi nombre." Y añadió: "Si los destruyes, los egipcios lo sabrán y todas las naciones y dirán: "Jehová no pudo llevar a su pueblo hasta la tierra prometida." Moisés no podía consentir en la idea de que sus propios intereses fueran exaltados a expensas de la gloria de Dios. Para su mente benevolente, el mayor premio era la gloria de Dios y la salvación de los hijos de Israel, antes que cualquier ventaja personal que pudiera caer sobre él.

Respuesta número 3. En la expresión "le amamos a Él porque Él nos amó primero" es evidente que caben dos interpretaciones: o bien que su amor nos ha proporcionado el camino para que lo devolvamos y la influencia que nos ha hecho que le amemos, o bien que le amamos por el favor que nos ha hecho a nosotros. Es evidente que el sentido no es este último, pues Jesucristo mismo reprobó de modo expreso el principio en su sermón del monte: "Si amáis a los que os aman, ¿cuá1 es vuestro agradecimiento? ¿No hacen lo mismo los publicanos?" Si amamos a Dios no por su carácter, sino por sus favores, Jesucristo mismo nos reprueba.

Objeción 3. "¿No ofrece la Biblia la felicidad como recompensa a la virtud?"

Respuesta. La Biblia habla de la felicidad como resultado de la virtud, pero nunca dice que la virtud consiste en perseguir la propia felicidad. La Biblia en su espíritu es opuesta a esto, y representa la virtud como hacer bien a los otros. Si la persona desea el bien de los otros, será feliz en proporción a cómo satisface este deseo. La felicidad es el resultado de la virtud, pero la virtud no consiste en la búsqueda de la propia felicidad, lo cual sería una inconsecuencia.

Objeción 4. "¿Dios procura nuestra propia felicidad, y hemos de ser nosotros más benevolentes que Dios? ¿No hemos de tener como objetivo el mismo objetivo de Dios? ¿No deberíamos buscar lo mismo que Dios busca?"

Contestación. Está objeción no sólo es engañosa, sino fútil y tortuosa. Dios es benevolente para otros. Él procura la felicidad de otros, la nuestra. Si fuéramos como Él, hemos de procurar esto mismo, deleitarnos en su felicidad y gloria, y la gloria y honor del universo, según su valor real.

Objeción 5. "¿Por qué la Biblia apela continuamente a las esperanzas y el temor de los hombres, si el considerar nuestra propia felicidad no es motivo propio para la acción?"

Respuesta número 1. La Biblia apela a los elementos mentales constitutivos del hombre, pero no a su egoísmo. El hombre teme el daño, y no hay nada malo en evitarlo. Podemos tener el debido respeto a nuestra felicidad, según su valor.

Respuesta número 2. Nuevamente, la humanidad ha sido entenebrecida por el pecado, y Dios no puede conseguir que los hombres consideren su verdadero carácter y las razones que tienen para amarle, a menos que apele a sus esperanzas y temores. Pero cuando son despertados, entonces se les presenta el Evangelio. Cuando un ministro ha predicado los terrores del Señor hasta que ha conseguido alarmar a sus oyentes y despertarlos, entonces ellos prestarán atención, y cuando ha ido bastante lejos en está dirección; entonces ha de presentarles el carácter de Dios completo delante de sus ojos, para conseguir que sus corazones le amen por su propia excelencia.

Objeción 6. "¿No dicen los autores inspirados: "Arrepentíos y creed el Evangelio y seréis salvos?"

Respuesta. Sí, pero se requiere el "verdadero" arrepentimiento; esto es, el abandonar el pecado porque es odioso en sí. No es un arrepentimiento verdadero el abandonar el pecado como condición del perdón, o decir: "Voy a sentir pesar por más pecados, si me los perdonas." De modo que se requiere verdadera fe y verdadera sumisión; no una fe condicional, o una sumisión parcial. Esto es lo que la Biblia dice. Dice que seremos salvos pero ha de ser por medio del arrepentimiento desinteresado, la sumisión desinteresada.

Objeción 7. "¿No presenta el Evangelio el perdón como un motivo para la sumisión?"

Respuesta. Depende del sentido en que se usa la palabra motivo. Si quiere decir que Dios presenta delante de los hombres su carácter, y toda la verdad, como razones para motivar al pecador al amor y al arrepentimiento, digo: Sí. Su compasión y su buena voluntad para perdonar son razones para amar a Dios, porque son parte de su gloriosa excelencia, que tenemos que amar. Pero si se significa por "motivo" una condición, y que el pecador se ha de arrepentir a condición de ser perdonado, entonces digo que la Biblia no defiende en ninguna parte este punto de vista sobre el asunto. Nunca autoriza al pecador a decir: "Me arrepentiré si me perdonas", y no ofrece el perdón como motivo para el arrepentimiento en este sentido.

Voy a terminar con dos comentarios.

1. Vemos, al hablar de este tema, por qué los que profesan religión tienen puntos de vista tan diferentes respecto a la naturaleza del Evangelio.

Algunos lo consideran como un mero asunto de acomodación o facilitación a la humanidad, por medio del cual Dios se hace menos estricto de lo que era bajo la ley; de modo que pueden seguir la moda v vivir como mundanos, y que el Evangelio vendrá para compensar las diferencias y salvarlos. Los otros ven el Evangelio como una provisión de la benevolencia divina, cuyo principal intento es destruir el pecado y fomentar la santidad; y que por tanto, en vez de hacerles posible el ser menos santos de lo que eran bajo la ley, todo su valor consiste en el poder de hacerlos santos.

2. Vemos por qué algunas personas tienen mucho más interés en convertir a los pecadores, que en ver la iglesia santificada y que glorifica a Dios, por medio de las buenas obras de su pueblo.

Muchos sienten una simpatía natural para los pecadores y quieren salvarlos del infierno; y si son ganados ya no tienen que preocuparse. Pero los verdaderos santos se sienten más afectados por el pecado como una deshonra para Dios. Y éstos están más afligidos al ver que los cristianos pecan, porque aún deshonran más a Dios. Algunos parece que no se preocupan mucho de cómo vive la iglesia con tal que la obra de la conversión siga adelante. Los hay que no sienten ansias de que Dios reciba honra por encima de todo. Muestran que no son activados por amor a la santidad, sino por mera compasión por los pecadores.

 

 
 
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