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Sermón - Contestación a las Excusas de los Pecadores
Sermones Charles G. Finney
Domingo, 01 de Julio de 2012 22:25
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CONTESTACION A LAS EXCUSAS DE LOS PECADORES

Por Charles G. Finney

 

"Añadió Eliú y dijo: "Espérame un poco, y te enseñaré; porque todavía tengo razones en defensa de Dios. Traeré mi saber desde lejos, y atribuiré justicia a mi Hacedor." (Job 36:1-3).

Eliú estaba presente y oyó la conversación entre Job y sus amigos. Éstos insistían en que sus tratos con Dios demostraban que Job era culpable. Job lo negaba, y sostenía que no podemos juzgar que los hombres sean buenos malos por los tratos que Dios tiene con ellos, porque los hechos muestran que el estado presente no es un estado de recompensas y castigos. Ellos, sin embargo, consideraban que esto era tomar parte con los malos, y por ello no se abstenían de acusar a Job de hacerlo.

Eliú había dicho anteriormente: "Mi deseo es que Job sea probado con respecto a lo que él ha dicho de los malos." Pero antes de terminar la discusión, Job había hecho callar a sus tres amigos, defendiendo, sin que ellos pudieran contestarle, que no era por alguna hipocresía o por algún pecado especial que él estaba siendo azotado. Pero con todo ello, Job no tenía cómo explicar la forma en que Dios le estaba tratando. Para él seguía siendo un misterio. No veía que Dios podía haber estado tratando de poner a prueba su piedad y disciplinarle, o incluso de hacer de él un ejemplo de integridad y sumisión para confundir al diablo.

Eliú se proponía hablar en favor de Dios y mostrar la justicia con que obraba su Hacedor. Mi intento es hacer lo mismo con respecto a los pecadores que rehúsan arrepentirse, y que se quejan del modo de obrar de Dios. Pero antes de llegar a esto, me falta hacer resaltar un hecho. Hace algunos años, en mis labores de evangelista, entré en relación con un hombre prominente en el lugar de su residencia, por su gran inteligencia, y cuyas dos sucesivas esposas eran hijas de ministros de la antigua escuela Presbiteriana. A través de ellos había recibido muchos libros sobre temas religiosos, que ellos y sus amigos suponían que le habían de hacer mucho bien, pero no habían dado ningún resultado. El hombre negaba la inspiración de la Biblia, y esto por razones que aquellos libros no habían aclarado en modo alguno. Al contrario, sólo habían servido para hacer más serías sus objeciones.

Cuando llegué a la población, la esposa mostró sumo interés en que yo le viera y hablara con él. Fui a visitarle; su esposa le mandó recado de que yo estaba en la casa y le pidió que pasara a saludar al nuevo ministro; a ello el hombre contestó que no creía que fuera a servir de nada, puesto que ya había hablado con tantos y no había recibido ninguna luz sobre los puntos con que tropezaba; pero ante las insistentes súplicas de la esposa consintió, por amor a ella, a entrar a saludarme. Yo le dije ya al principio: "No consideres que he venido aquí para tener una controversia con usted ni para discutir nada. Sólo he venido a petición de su esposa para conversar con usted, si es que usted está perfectamente dispuestos, sobre el gran tema de la revelación divina." El hombre me contestó que lo haría con placer, y en consecuencia le pedí que me dijera cuál era su posición. El hombre me contestó: "Yo admito las verdades de la religión natural y creo con certeza en la inmortalidad del alma, pero no en la inspiración de las Escrituras. Yo soy deísta." "Pero --le contesté-- ¿en qué se funda para negar la inspiración de las Escrituras?" Me dijo: "Sé que no pueden ser verdad." "¿Cómo lo sabe? Contradice las afirmaciones de mi razón. Usted admite y afirma que Dios creó mi naturaleza, tanto física como moral. Aquí está este libro que dice ser de Dios, pero contradice mi naturaleza. Por tanto no puede ser de Dios."

Esto, como es natural, me dio oportunidad para que pudiera obtener de él los puntos particulares de su objeción a la Biblia en que ésta contradecía lo que dictaba su naturaleza. Estos puntos, y mi respuesta a ellos constituyen el cuerpo de mi mensaje.

1. La Biblia no puede ser verdadera porque representa a Dios como injusto. Encuentro que tengo mis propias ideas de lo que es justo e injusto. Estas convicciones, la Biblia las ultraja. Representa a Dios como creando a los hombres y luego condenando a unos por el pecado de otros.

"Sin duda --le conteste--. ¿Pero dónde dice esto la Biblia?"

"¿Cómo?" --me contestó--. "No, no lo dice" --repliqué--. "¿No es usted presbiteriano?" --me contestó--. "Sí." Entonces el empezó a recitar el catecismo. "Párese, párese --le contesté-- esto no es la Biblia. Esto es sólo un catecismo humano." "Es verdad --me contestó-- pero ¿no dice esto la Biblia en relación con el pecado universal de la raza y el pecado de Adán?" "Sí --le dije-- pero en una forma particular, y es de todo punto esencial entender en qué forma es esto. La Biblia hace esta relación incidental, pero no directa; y siempre manifiesta que el pecador es condenado realmente por haber pecado, por su propio pecado."

"Pero --continuó el hombre-- los hijos sufren por los pecados de los padres." "Sí --le contesté-- en cierta manera es así, y ha de ser así. ¿No ve usted mismo, por todas partes que los hijos sufren por los pecados de sus padres? Y también que son bendecidos por la piedad de sus padres. Usted ve esto y no encuentra nada especial en ello. Usted ve que los hijos están implicados forzosamente en la conducta buena o mala de sus padres; la relación de padres a hijos hace esto en absoluto inevitable. ¿No es prudente y bueno que la felicidad o desgracia de los hijos dependa de los padres, y que por esto sea éste precisamente uno de los motivos más fuertes por los que hemos de criarlos en la virtud? Con todo, es verdadero que el hijo no es nunca recompensado o castigado, en forma punitiva, por los pecados de sus padres. El mal que cae encima, por causa de sus padres, es siempre de carácter naturalista, pero nunca punitivo, piense en las leyes de la eugenesia. Es su Dios, no el que usted llama imaginario de la Biblia, quien ha dispuesto que las cosas sean así.

"Pero es que --dijo el hombre-- la Biblia nos hace ver que Dios crea a los hombres pecadores, y que luego nos condena por nuestra naturaleza pecaminosa." "No --le contesté--, porque la Biblia define el pecado como una transgresión voluntaria de la ley, y es absurdo suponer que una Naturaleza haga transgresores voluntarios. Además, es imposible, por la naturaleza del caso el suponer que Dios haga una naturaleza pecaminosa. Es doblemente imposible, de hecho, porque es una imposibilidad natural, y si no lo fuera, porque sería moralmente imposible que lo hiciera. No podría hacerlo por la misma razón de que Dios no puede pecar.

"En armonía con este hecho se halla el que la Biblia no presenta a Dios condenando a los hombres por su naturaleza, sea aquí o en el juicio. En ninguna parte de la Biblia hay la menor intimación de que Dios considera a los hombres responsables por su naturaleza creada, sino sólo por un abuso vil y pertinaz de su naturaleza. Puede haber puntos de vista que difieran de esto, pero no se hallan en la Biblia y son comentarios falsos que se han hecho de ella por filosofías, los cuales han conducido a interpretaciones absurdas. La Biblia nos dice, en todas partes, que los hombres son condenados solamente por sus pecados voluntarios, y se les requiere a que se arrepientan de ellos, y sólo de ellos. Verdaderamente, solo es posible que se arrepientan de los suyos, no de los de otros."

"Además, se dice que la Biblia presenta a Dios como cruel, en tanto que ordena a los judíos que hagan una guerra de exterminio en contra de los antiguos calcáneos."

"¿Por qué ha de llamarse cruel? La Biblia de un modo expreso nos informa que Dios mandó esto a causa de su terrible maldad. Eran demasiado perversos para vivir. De aquí que con miras al bienestar de la raza, ordenó que la tierra fuera limpiada de estas abominaciones excesivas. Piense cómo ellos sacrificaban, no sólo a sus enemigos, sino a sus propios hijos a Moloc, quemándolos ante las estatuas del horrible dios. El bien de la raza lo exigía. ¿Era esto cruel? Yo diría más bien que era benevolencia. Fue un acto de benevolencia el borrar a está gente de la faz de la tierra. Y en cuento a emplear a los judíos como sus verdugos, dándoles a entender bien claro, porqué se lo ordenaba, era ponerlos en camino de que ellos mismos derivaran los beneficios morales más altos de la operación. No podrían haber salido impresionados de modo más solemne con esta acción de la santa justicia de Jehová. ¿Es posible echar en cara este acto a Dios? Yo no creo que sea posible, por lo menos si se es razonable."

"Pero la Biblia permite la esclavitud."

"¿Qué? ¿Que la Biblia permite la esclavitud? ¿En qué sentido la permite? Éstos son puntos importantes y es necesario que sepamos muy bien el sentido y la certeza de las cosas que decimos."

"La Biblia autorizó que los judíos, en el caso de los cautivos en guerra, permitieran a los enemigos conmutar la pena de muerte por la servidumbre. Cuando las naciones contemporáneas tenían la costumbre de ejecutar a los prisioneros, Dios autorizó a los judíos, en ciertos casos, a perdonarles la vida y retenerlos como cautivos, y usarlos como siervos. Por esto medio eran quitados de entre las naciones idólatras y puestos en contacto con el culto y ordenanzas del verdadero Dios.

"Además, Dios estableció estatutos para la protección de los siervos hebreos, lo que hacía su destino infinitamente mejor que haber sido eliminados estando en sus pecados. ¿Y quién puede llamar esto cruel? La esclavitud de los judíos no era como la esclavitud en Norteamérica, ni se le acercaba. Se requeriría demasiado tiempo para entrar en detalle sobre este tema, pero todo lo afirmando hasta aquí se puede probar a saciedad."

"Se objeta que Dios es inmisericorde, vindicativo e implacable." El individuo al cual aludí dijo: "No creo que la Biblia proceda de Dios cuando le representa como tan vindicativo e implacable que no estuviera dispuesto a perdonar el pecado hasta que hubiera empezado a dar algunos pasos en la dirección de la muerte violenta de su propio Hijo."

No tiene de extrañar que bajo el tipo de lecturas que había hecho pensara así. Yo también lo había pensado. Está misma objeción había sido una barrera para mí. Pero después vi la respuesta de modo tan claro que no dejaba nada que desear. La respuesta, en realidad, es sencilla en extremo. No fue una disposición implacable de Dios la que condujo a la muerte de Cristo como base de su perdón. Fue simplemente el considerar de modo benevolente la seguridad y bendición de su reino. Sabía perfectamente que no era seguro perdonar el pecado sin una satisfacción así. En realidad, fue la mayor muestra posible de una disposición perdonadora, el consentir en la muerte de su Hijo para este propósito. Amaba a su Hijo y ciertamente no le iba a infligir ningún dolor innecesario. Amaba también a la raza pecadora, y vio la profundidad de la miseria a la cual se estaban precipitando. Por tanto, quiso perdonarlos y preparar el camino por el cual pudiera hacerlo de modo seguro. Sólo deseaba evitar toda interpretación equivocada. El perdonar sin una expiación así para expresar su aborrecimiento del pecado habría dejado lugar para que el universo inteligente pensara que a Él no le importaba mucho el que los seres creados pecaran o no. Y esto no podía tolerarlo.

Consideremos también que el entregar a su propio Hijo Jesucristo era sólo una ofrenda voluntaria de parte de Dios para mantener la ley, de modo que pudiera perdonar sin peligro para su gobierno. Jesús no era castigado en ningún sentido; sólo se ofreció como voluntario para sufrir por los pecadores a fin de que pudieran ser librados de la necesidad, por la ley, de que sufrieran. ¿Y no fue esto una manifestación de misericordia? Ciertamente. ¿Cómo podía manifestarse de modo más preclaro?

"Pero --dice el objeto-- Dios e injusto, en tanto que requiere imposibilidades bajo pena de muerte eterna."

"¿Es verdad esto? ¿Y si es así, dónde? ¿En la ley o en el Evangelio? En los dos, puestos juntos, tenemos un conjunto de todos los requerimientos de Dios. ¿En dónde, pues sea en la ley o en el Evangelio, hallamos el precepto que requiere imposibles? ¿Es en la ley? Pero la ley sólo dice: "Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón"; no con el corazón de otro, sino con el tuyo; sólo todo tu corazón, no más de esto. Leamos más adelante: "y con toda su fuerza". No con la fuerza de un ángel o con la fuerza de algún otro ser y solo con la fuerza que posees en el momento presente. Las exigencias de la ley, como se ve, están limitadas a tu capacidad; nada más y nada menos."

"Muy bien --dijo él-- éste es un nuevo punto de vista sobre el tema."

"Bien, ¿no es esto tal como debería ser? ¿Cómo se puede decir que la ley requiere de nosotros un servicio imposible, cosas que no tengo poder de hacer? El hecho es, que requiere precisamente lo que podemos hacer, y nada más. ¿Dónde, pues, se halla la objeción a la Biblia? ¿Dónde está la imposibilidad?"

"Pero --insistió-- ¿no es verdad que ningún hombre desde la caída ha sido capaz de guardar los mandamiento de Dios, sino que diariamente los quebranta de pensamiento, palabra y obra?"

"Ah, amigo, esto lo dice el catecismo, no la Biblia. Hemos de tener cuidado de no imputar a la Biblia todo lo que dicen los catecismos humanos. La Biblia sólo requiere que consagres a Dios tu fuerza y tus potencias, tal como son ahora, y de ningún modo es responsable por la afirmación de que Dios requiere del hombre más de lo que puede hacer. No, ciertamente, la Biblia no imputa a Dios una exigencia tan cruel e irrazonable: No es de extrañar que la mente humana se rebele contra este punto de vista de la ley de Dios. ¿Qué diríamos de una ley humana que requiriera imposibles? Ningún ser racional podría aprobar una ley así. Tampoco podemos suponer que Dios pueda de modo razonable actuar bajo principios que redundaran en desdoro de cualquier gobierno humano."

"Pero --persistió él-- aquí hay otra objeción. La Biblia nos presenta al hombre como incapaz de creer el Evangelio a menos que sea atraído a ello por Dios, porque dice: "Nadie puede venir a menos que el Padre que me ha enviado le llame." Con todo se requiere de los pecadores que crean, bajo pena de condenación. ¿Cómo es posible esto? "

"La respuesta a esto, primero, consiste en mostrar que Cristo se refería a llamar o atraer por medio de la enseñanza o instrucción; para confirmar lo que había dicho, apela a las antiguas Escrituras: "Está escrito, todos serán enseñados de Dios." Sin esta enseñanza, pues, nadie puede venir. Tienen que conocer a Cristo antes de que puedan ir a Él por la fe. No pueden acudir a Cristo a menos que sepan que han de creer en Él. En este sentido de venir, los paganos que no han sido enseñados, no pueden ser requeridos de que vayan a Él. Dios nunca requiere de nadie que vaya a Él, a menos que se le haya dicho que tiene que ir. Una vez enseñado, tiene la obligación de ir, se le requiere que vaya y no tiene excusa si rehúsa hacerlo."

"Pero --replicó-- la Biblia enseña realmente que los hombres no pueden servir al Señor y al mismo tiempo se les hace responsables por no hacerlo. Josué dijo a todo el pueblo: "No podéis servir al Señor, porque Él es un Dios santo."

¿Vamos a ver. Josué había congregado al pueblo y les había presentado la obligación de servir al Señor su Dios. Cuando ellos al instante, y sin sería consideración, contestaron que lo harían, Josué les replicó: "No podéis servir al Señor porque Él es un Dios santo; es un Dios celoso; no perdonará vuestras transgresiones y vuestros pecados." ¿Qué quería decir? Simplemente esto: No podéis servir a Dios porque no habéis abandonado de modo serio y sincero vuestros pecados. No podéis seguir a un Dios tan santo y tan celoso, a menos que renunciéis al pecado de un modo total. Tenéis que empezar haciéndose un corazón nuevo. Josué, sin duda, vio que no habían renunciado a sus pecados y que no habían empezado a servir a Dios de modo serio, y no habían ni aun entendido los primeros principios de la verdadera religión. Ésta es la razón por la que les da una repulsa tan inmediata. Es como si les hubiera dicho: "Haced un alto, habéis de hacer marcha atrás y empezar a poner de lado todos vuestros pecados. No podéis servir a un Dios santo y celoso de ninguna otra manera, porque Él no va aceptaros como su pueblo si persistís en pecar contra Él." (En nuestro lenguaje esto se llama una ironía, para hacerles reflexionar.)

"Es una perversión grave de la Biblia el hacerle decir que los hombres no tienen el poder de hacer lo que Dios requiere. Es verdad, sin duda, que en relación a esto usa con frecuencia las palabras puede y no puede, pero éstas y otras similares han de entenderse conforme a la naturaleza del tema. Todas las personas razonables van a interpretar esto intuitivamente en el uso común del lenguaje. La Biblia siempre emplea el lenguaje de la vida común y en los usos corrientes. Y es así que debe ser interpretado.

"Cuando se dice que los hermanos de José le aborrecían y no podían hablar pacíficamente con él, no significa que sus órganos vocales no podían articular palabras amables; sino que se nos indica una dificultad en el corazón. Le aborrecían y por ello no le podían hablar amablemente. Ni tampoco sugiere el historiador sagrado que los hermanos no podían, súbitamente, dominar su odio y tratar a José como debían. Los escritores de la Biblia no dan excusas por el pecado.

"Hay el caso de los ángeles enviados para apresurar la partida de Lot de la ciudad culpable de Sodoma. Uno le dice: 'Apresúrate, marcha, porque no puedo hacer nada hasta que tú salgas.' ¿Significa esto que Dios no podía hacer nada sobre Sodoma hasta que Lot se marchara porque no tenía "poder"? Es evidente que no. Significa que no tenía el propósito. Lo mismo cuando uno pide si se le puede vender algo a cierto precio. El tendero responde: "No, no puedo." Este "no puedo" no es físico, sino moral, y la diferencia se ve por la consideración a la situación de conjunto.

"Se puede decir que la misma palabra debería decir siempre la misma cosa. Esto no ocurre en ninguno de los lenguajes hablados por los hombres. Y sin embargo, no hay malentendidos, incluso en los lenguajes humanos más imperfectos, si los hombres son sinceros y hablan y, escuchan de esta forma, usando su sentido común. De un modo intuitivo entienden el lenguaje conforme a la naturaleza del tema de que se habla.

"La Biblia siempre da por sentado que los pecadores no pueden obrar el bien y agradar a Dios con un corazón perverso. Da por un hecho que Dios aborrece la hipocresía, que no puede satisfacerse con meras formas o profesiones de servicio cuando el corazón no está en ello, y por tanto, el servicio aceptable debe empezar haciendo un corazón nuevo y sincero."

" Pero aquí viene otra dificultad. ¿Puedo yo hacerme un nuevo corazón?"

"Sí, y no puedes tener dudas de que puedes si entiendes lo que esto significa."

"Veamos a Adán y Eva en el jardín. ¿Qué era su corazón? ¿Lo había creado Dios? No; no es posible que Él lo hubiera hecho, porque el corazón en este sentido, es decir el contenido de su mente y sus deseos, esto no es objeto de la creación física. Cuando Dios hizo a Adán, le dio capacidad de obrar moralmente, no tenía un buen corazón o un mal corazón, hasta que empezó a obrar en el sentido moral. ¿Cuándo empezó a tener un corazón en este sentido? Cuando se despertó a la conciencia moral y dio su corazón a Dios. Cuando vio a Dios manifestado, y puso su confianza en Él como Padre, y le entregó su corazón en amor y obediencia. Obsérvese que primero tenía un corazón santo, porque había cedido su voluntad a Dios en una entera consagración. Este corazón primero era un corazón santo.

"Pero luego, llegó la hora de la tentación, instigándole a retirar el corazón de Dios y en vez de agradarle a Él, agradarse a sí mismo. A Eva, el tentador le dijo: "¿Ha dicho esto Dios verdaderamente: '¡Sin duda no moriréis!"' Con ello el tentador hace la pregunta de si Dios había realmente amenazado con darles muerte por el pecado de si era justo hacerlo. En cualquier caso se presentaba una duda respecto a la obediencia y abría el corazón a la tentación. Entonces Satán les presentó la fruta delante de los ojos. Daba la impresión de ser buena para comer. Su apetito fue estimulado y hubo el deseo de comerlo. Les dijo que el fruto era "agradable a los ojos, y el árbol codiciable para alcanzar sabiduría, y Eva tomó de su fruto y comió" con lo que iba a ser hecha "como Dios, sabiendo el bien y el mal". Esto había hecho apelación a su curiosidad. Cedió a la tentación para agradarse a sí misma, y con ello se dio un nuevo corazón, un corazón de pecado; su corazón cambió de santo a pecaminoso, de la santidad al pecado, cayó de su primera posición moral. Cuando Adán cedió a la tentación tuvo lugar en su corazón el mismo cambio; se dio al egoísmo y al pecado. Esto explica todos los futuros actos de egoísmo de su vida.

"Adán y Eva fueron presentados delante de Dios. Dios dice a Adán: "Dame tu corazón. Cambia tu corazón." ¿Qué contesta Adán?, ¡no puedo cambiar mi corazón! Pero Dios contesta: "No hace mucho tiempo que lo has hecho. Tu corazón de ayer ha cambiado. Antes era santo, hoy es pecaminoso; ¿por qué no puedes volverlo a cambiar?"

"Y así es en todos los casos. Cambiar es tener una nueva preferencia, el propósito que rige la mente, esto es lo que importa, y ¿quién puede decir que no puede hacerlo? ¿No puedes hacerlo? ¿No puedes entregarte a Dios?

"La razón por la que no puedes agradar a Dios en los actos que ejecutas es porque el propósito que los rige no es recto. En tanto que tu motivo básico no es recto, todo tú eres egoísta, porque lo haces por el motivo persistente único de agradarte. No haces nada por amor a Dios, y con un designio y propósito que dirija todo lo que haces a agradarle a Él y hacer su voluntad. Si la Biblia indicara que Dios se complacía con tus servicios hipócritas esto demostraría que es falsa; porque una cosa así es totalmente imposible."

"Pero algunos me dicen que la Biblia me exige que empiece con el hombre interior --el corazón-- y a la vez se me dice que no puedo hacer esto; que no puedo llegar a mi propio corazón y cambiarlo."

"En esto el que lo dice se equivoca. Esto es precisamente lo único que está enteramente bajo tu poder. De todas las cosas concebibles, ésta es la única que sin la menor duda está de modo absoluto bajo tu poder. Si Dios hubiera hecho que tu salvación dependiera de dar una vuelta alrededor de la habitación, podrías encontrarte en condiciones tales que te fuera imposible hacerlo; o si dependiera de que levantaras los párpados o te levantaras del asiento, o hacer un movimiento con la mano, podría darse el caso de que te fuera imposible hacerlo. Tú crees que si Dios hubiera puesto como condición para tu salvación el que hicieras un movimiento muscular esto habría sido fácil, o si te hubiera pedido que controlaras tu hombre externo; pero dices, cómo puedo controlar mi interior. El interior es precisamente lo que puedes mover y controlar. Si hubiera sido lo externo quizás algo podría haberte impedido hacerlo y, por tanto, tendrías que ser condenado. Pero en tanto que Dios dice: "Cambia tu voluntad", todo está bajo tu control. Esto es precisamente lo que todos podemos hacer. Tú puedes dar tu corazón a lo que sea, sin excepción. ¿Dónde se halla, pues, la dificultad y la objeción? Dios requiere de ti que obres según tu libertad; el ejercicio de las potencias de la acción voluntaria libre es algo que te ha dado. Te dice que pongas tu mano en la fuente de todo poder, que obres donde está tu poder central, donde tienes siempre poder, en tanto que tienes una naturaleza racional y una naturaleza moral. Tu libertad no consiste en el poder de mover tus músculos a voluntad, porque la relación entre tus músculos y tu voluntad puede hallarse interrumpida. Lo que Dios te pide es que cambies tu voluntad. Esto es algo que siempre puedes hacer, sin excepción de ninguna clase.

"De nuevo, hemos de considerar los actos de voluntad como distintos del propósito último, y al lado de los actos ejecutados, y es necesario decir que lo que Dios requiere no es el acto de voluntad, sino que su requerimiento va directamente a los propósitos últimos. Una vez dados los propósitos últimos, estos actos de voluntad subordinados se siguen de modo natural y voluntario. Tu libertad, por tanto, no se halla hablando de modo estricto, en estos actos de voluntad subordinados, como el acto de voluntad de estar sentado, de andar o de hablar, sino en el propósito último que controla toda la voluntad, y se relaciona con el objetivo principal que se persigue, como por ejemplo el desear agradar a Dios en todas las cosas, o al contrario, esforzarse por agradarse a uno mismo; éste es precisamente el punto en el cual se encuentra tu libertad de acción, y es el punto preciso sobre el cual Dios pone los requerimientos morales. Todo el asunto consiste en si quieres agradar a Dios o agradarte a ti mismo.

"En tanto que das tu corazón a los placeres egoístas y te retraes de Dios, será perfectamente natural para ti el pecar. Esta es precisamente la razón por la que es tan natural, pecar para los pecadores. Es porque su voluntad, el corazón está dispuesto a ello, y todo lo que tienen que hacer es realizar este propósito o propensión directiva. Pero basta con cambiar el propósito; hacer una consagración propia nueva y de signo opuesto; volver al revés aquello a que se dedica el corazón, y que esté en favor de Dios y no de uno mismo; entonces, todo deber será fácil, por la misma razón que ahora es fácil pecar.

"Tan verdadero es que puedes cambiar tu corazón y hacerlo nuevo, que en realidad ya lo habrías hecho hace mucho tiempo si no estuvieras resistiendo los esfuerzos que hace Dios para que te arrepientas. ¿No ves que has resistido con frecuencia al Espíritu de Dios? Lo sabes muy bien. Tan clara era tu convicción de que debía vivir por Dios, que tuviste que resistir todas las apelaciones que te ha hecho la conciencia y avanzar de modo contrario al deber conocido, y forzar tu marcha en dirección opuesta a Dios. Si hubiera solo escuchado la voz de tu razón, y las exigencias de tu conciencia ya habrías tenido un nuevo corazón hace mucho tiempo. Pero has resistido a Dios cuando trató de persuadirte que tuvieras un nuevo corazón. ¡Oh, pecador, cuán decididamente has estado resistiendo a Dios! Cuán fuertemente has resistido a toda consideración dirigida a tu inteligencia y a tu razón. ¡Cuán extraño que hayas escuchado todas las consideraciones en favor del pecado! ¡Cosas tan mezquinas! Supón que Cristo te preguntara: ¿Qué hay en la tierra que tengas que amar tanto? ¿Cuál es el pecador que tiene tanto valor que lo prefieras a mi amor? Todas las cosas de esta tierra son vanidad. Te has aferrado al pecado cuando no puedes dar ningún motivo razonable para hacerlo. Piensa en cambio en los motivos que tienes para resistirlo. Piensa en los motivos que vienen de la ley de Dios, tan excelentes en sí, pero tan temibles en los castigos contra la transgresión; piensa también en el amor del Dios infinito que vemos en el Evangelio; cómo abrió las compuertas de su corazón y derramó bendiciones sin cuento. Considera cómo, a pesar de este amor, tú le has despreciado. Has obrado como si los motivos para pecar fueran convincentes, como si las promesas del pecado fueran más de confianza que las de Dios. Cuando Dios te presentó las glorías del cielo, deleitables en la hermosura de la santidad, tú contestaste fríamente: ¡la tierra es mejor! ¡Dame la tierra en tanto que pueda poseerla, y el cielo cuando ya no pueda tener más la tierra! Oh, pecador, ya te habrías convertido hace mucho tiempo si no hubieras despreciado todas las invitaciones de Dios.

"Oh, cuánta responsabilidad pone sobre nosotros este poder moral. ¡Cuán tremendo es el que cuando Dios nos envía olas de su luz y poder, para influir en nosotros, nosotros podamos resistirle y rechazarlas! Es como si pudieras hacer lo que te place sin tener en cuenta a Dios. Como si su influencia fuera totalmente impotente para movilizar tu corazón anclado firmemente en el propósito de pecar!

"¿Se requiere tanta fuerza para deponer las armas? Sin duda esto es algo nuevo; porque uno podría pensar que se requiere mucha fuerza para resistir y luchar. Y así muestras gran coraje y fuerza para luchar contra Dios, y tienes la impresión que no tienes bastante fuerza para deponer las armas. ¡Oh, cuán absurdo es el pecado y las excusas que da el pecador por su pecado!

"Pero dices, he de tener el Espíritu Santo. Yo contesto: Sí, pero sólo para vencer tu oposición voluntaria. Esto es todo."

Después de haber hablado sobre todo esto con mi amigo, como ya he explicado, empezó a mostrar mucha emoción y agitación. Le salía el sudor de todos los poros; sus sentimientos le abrumaban, y dejó caer la cabeza sobre sus rodillas presa de intensa emoción. Y me levanté y me dirigí a una reunión.

El hombre cambió completamente. Le dijo a su esposa: "Querida, no sé lo que ha ocurrido con mi infidelidad. ¡Debería ser enviado al infierno! ¡Qué acusaciones he estado haciendo contra Dios! ¡Y con todo, con su gran misericordia ha tenido paciencia conmigo y me ha dejado vivir!" De hecho, se dio cuenta de que había estado equivocado totalmente, su espíritu fue quebrantado y se volvió como un niño delante de Dios.

Y tú también, pecador, sabes que deberías vivir por Dios, pero no lo has hecho; sabes que Jesús se ofreció a Sí mismo para la restauración de la dignidad de la ley que tú infringiste, y tú le has rechazado. Él se ofreció voluntariamente, no para sufrir la pena de la ley, sino para ser tu substituto legal; y ¿habrá hecho esto en vano en cuanto a ti? Dices: "¡Oh, tengo tantos prejuicios contra Dios y contra la Biblia!" Oh, ¿tan lleno de prejuicios estás que no vas a arrepentirte? ¡Qué terrible! Oh, ya has errado bastante. ¡Y todo ha sido por nada! Vuelve al instante a Dios y entrégate a Él. ¿Por qué has de vivir para ti? ¡No hay ninguna razón buena para que lo hagas!

Ven a Dios. Él te recibirá complacido. Es mucho más fácil complacerle a Él que complacerte y satisfacerte a ti mismo. Él niñito más pequeño puede agradarle. Los niños muestran una deliciosa piedad, porque son tan sencillos. Saben lo que tienen que hacer para agradar a Dios, y tratan de hacerlo y lo consiguen sin falta.

¿Y no puedes tú, por lo menos, tratar sinceramente de hacer que tu objetivo en la vida sea agradar a Dios?

 

 
 
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