Mitra Global CMS Mitra Global CMS Mitra Global CMS
 
Spanish English French Portuguese

 

Radio Cristiana

Devocionales



+57 3156986408

Enter Amount:





contadores visitas gratis
 
Mitra Global CMS Mitra Global CMS Mitra Global CMS
Mitra Global CMS Mitra Global CMS Mitra Global CMS
 
 
Mitra Global CMS Mitra Global CMS Mitra Global CMS
Mitra Global CMS Mitra Global CMS Mitra Global CMS
 
Sermón - Cómo Cambiar tu Corazón
Sermones Charles G. Finney
Jueves, 24 de Enero de 2013 18:23
Bookmark and Share

 

CÓMO CAMBIAR TU CORAZÓN

Por

CHARLES G. FINNEY

EZEQUIEL 18:31. "Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel?"

 

En el sermón anterior diserté sobre tres puntos:

1. El significado del mandamiento en el texto.

2. Su racionalidad.

3. Su consistencia con otros pasajes que declaran un nuevo corazón para ser el don y obra de Dios.

En respuesta a la primera pregunta, "¿qué vamos a entender por el requerimiento para hacer un corazón nuevo y un espíritu nuevo? Trataré de mostrar negativamente:

1. Lo que no es el significado del requerimiento, que no significa un corazón de carne, o aquel órgano corporal que es el centro de la vida animal.

2. Que no quiere decir un alma nueva, ni…

3. Que se nos requiere crear nuevas facultades del cuerpo o de la mente, ni alterar los poderes constitucionales, propensiones, o susceptibilidades de nuestra naturaleza. Ni implantar cualquier principio nuevo, sentido del gusto, en la sustancia de la mente o el cuerpo.

Trataré de mostrar que un cambio de corazón no es aquél en el que un pecador está pasivo, sino aquél en el que está activo. El cambio no es físico, sino moral. Es el propio acto del pecador. Consiste en cambiar su parecer, o disposición en relación con el objeto supremo de búsqueda. Un cambio en el fin que se busca, y no meramente en los medios de obtener ese fin. Un cambio en la elección reinante o preferencia de la mente. Aquello que consiste en preferir la gloria de Dios y los intereses de su reino por la felicidad de uno mismo y todo lo demás. Es un cambio de un estado de egoísmo en el que una persona prefiere su propio interés sobre cualquier cosa, en lugar de esa benevolencia desinteresada que prefiere la felicidad y la gloria de Dios y los intereses de su reino por su propia felicidad privada.

En la segunda parte intentaré establecer la racionalidad de este deber al mostrar la habilidad del pecador y las razones del cumplimiento del deber.

En la tercera parte no hay ninguna inconsistencia entre este y otros pasajes que declaran que un corazón nuevo es el don y la obra de Dios.

Ahora llego a una cuarta pregunta de la discusión a lo que los puntos mencionados naturalmente conducen, a saber: ¿Cómo cumpliré este deber y cambiaré mi corazón? Ésta es una pregunta a menudo hecha por pecadores ansiosos, cuando se les ordena cambiar sus corazones, y se les convence que es su deber y de las consecuencias terribles del descuido por desobedecer. Con ansiedad preguntan, ¿DEBO HACERLO? ¿Por cuál proceso de pensamiento o sentimiento es el gran cambio para forjarse en mi mente? El diseño de este discurso es ayudarles a salir de ese dilema; remover, en lo posible, la oscuridad de sus mentes, aclarar lo que les parece ser tan misterioso; alzar la lámpara de la verdad directamente sobre ustedes, poner su luz sobre su camino para que si ustedes tropiezan y caen, su sangre sea sobre sus propias cabezas. Y…

1. Observo, negativamente, que no pueden cambiar su corazón por obra de su imaginación y sentimientos en un estado de agitación. Los pecadores están aptos para suponer que los grandes temores y horrores, los grandes horrores de la conciencia, y la máxima extensión de agitación de la que la mente es capaz de soportar, deben necesariamente anteceder a un cambio de corazón. Son llevados a esta persuasión, por un conocimiento del hecho, que tales sentimientos a menudo preceden este cambio. Pero, pecador, debes entender, que este estado altamente agitado de sentimiento, estos temores, alarmas, y horrores, son resultado de la ignorancia y obstinación, y a veces de ambas. Seguido sucede que los pecadores no se rinden, y cambian sus corazones, hasta que el Espíritu de Dios los ha conducido al extremo; hasta que los truenos del Sinaí han retumbado en sus oídos, y el fuego espeluznante del infierno ha sido hecho para destellar en sus rostros. Todo esto no es parte de la obra de hacer un corazón nuevo, sino es el resultado de la resistencia de cumplir este deber. Los horrores y alarmas no son de ninguna manera esenciales para su realización, sino más bien son una vergüenza y un obstáculo. Para apoyar eso, porque en algunas instancias, los pecadores tienen esos horrores de conciencia y temores del infierno antes de rendirse, que, por tanto, son necesarios, y que todos los pecadores deben experimentar antes de que puedan cambiar sus corazones, es una inferencia tan injustificable como si todos los niños debieran sostener que deben necesariamente ser amenazados por un castigo severo, y ver la vara levantarse, y así con gran consternación, antes de que puedan obedecer, porque uno de ellos había sido obstinado, y había rehusado obediencia hasta ser llevado a los extremos. Si están dispuestos a cumplir su deber cuando se les muestra lo que es, temores, y horrores, y gran agitación de mente son totalmente innecesarios: Dios no tiene deleite en ellos por su propia causa, y nunca los causa excepto cuando son llevados a la necesidad por obstinación persistente. Y cuando son obstinados, Dios seguido ve que es poco sabio producir estos grandes horrores, y pronto dejará al pecador ir al infierno sin ellos.

2. No pueden ellos cambiar su corazón por un intento de forzarse por un cierto estado de sentimiento. Cuando los pecadores son llamados a arrepentirse, y a entregar sus corazones a Dios, es normal para ellos, si van a cumplir su deber, hacer un esfuerzo por sentir las emociones de amor, arrepentimiento y fe. Parecen pensar que toda la religión consiste en emociones o sentimientos altamente exaltados, y que estos sentimientos pueden surgir por un esfuerzo directo de la voluntad. Pasan mucho tiempo orando por ciertos sentimientos, y hacen grandes esfuerzos para traer esas emociones y sentimientos altamente causados de amor a Dios de los que oyen a los cristianos hablar. Pero estas emociones nunca pueden existir por un esfuerzo directo para sentir. Nunca pueden ser causados para que empiecen a existir a través del medio de la atención. Los sentimientos, o las emociones, son dependientes del pensamiento, y surgen espontáneamente en la mente cuando los pensamientos se ocupan intensamente de sus objetos correspondientes. El pensamiento está bajo el control directo de la voluntad. Podemos dirigir nuestra atención y meditaciones hacia cualquier tema, y las emociones correspondientes espontáneamente surgirán en la mente. Si un tema odiado está bajo consideración, las emociones de odio se sentirán cuando surjan. Si un objeto de terror, de dolor, o de gozo, ocupa los pensamientos, sus emociones correspondientes desde luego surgirán en la mente, y con una fuerza correspondiente a la concentración e intensidad de nuestros pensamientos sobre ese asunto. De este modo nuestros sentimientos están sólo indirectamente bajo el control de la voluntad. Son pecaminosos o santos sólo mientras estén así indirectamente llevados a existir por la voluntad. Los hombres con frecuencia se quejan de que no pueden controlar sus sentimientos; forman adherencias abrumadoras, que dicen no pueden controlar. Reciben insultos--su enojo aflora--profesan que no pueden evitarlo. Ahora, mientras la atención esté ocupada en habitar en el objeto amado por un lado, las emociones, de las que ellos se quejaron, existirán desde luego, y si la emoción es desaprobada por el juicio y la conciencia, el tema debe ser depuesto de los pensamientos, y la atención dirigida a algún otro asunto, como la única forma posible de librarse de la emoción. Entonces, por el otro lado, el asunto del insulto debe ser depuesto, y los pensamientos deben ocuparse de otras consideraciones, o las emociones de odio continuarán emponzoñando y enconando sus mentes. "Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón"; es responsable de los sentimientos consecuentes sobre el sufrimiento de tal asunto que ocupa sus sentimientos.

La voluntariedad es indispensable para el carácter moral; es la convicción universal e irresistible de los hombres, el que una acción, sea loable o censurable, deba ser libre. Si al pasar por la calle ven ustedes que cae una teja de un edificio donde hay hombres trabajando, y mata a una persona, y tras la averiguación resulta que fue un accidente, uno no podría sentir que fue un asesinato. Pero, al contrario, averiguan que la teja fue maliciosamente arrojada sobre la cabeza de la víctima por uno de los trabajadores, no podrían resistir la convicción de que fue asesinato. Entonces, si Dios, o cualquier ser, por la fuerza ponen un puñal en las manos de ustedes, y los obliga contra su voluntad a apuñalar a su prójimo, la conciencia universal condenaría, no a ustedes, sino a quien los forzó a cometer el acto. Entonces, cualquier acción, o pensamiento, o sentimiento, para tener carácter moral, debe estar directa o indirectamente bajo el control de la voluntad. Si un hombre por voluntad propia se pone a sí mismo bajo tales circunstancias como para hacer que existan sus emociones perversas, es completamente responsable de ellas. Si se pone a sí mismo bajo las circunstancias donde se aplican emociones virtuosas, es loable en el ejercicio de ellas, precisamente en proporción a su voluntariedad para llevar a su mente hacia tales circunstancias para causar su existencia.

Amor, arrepentimiento y fe pueden existir en la mente, en la forma de volición o emoción. El amor, cuando existe en la forma de volición, es una preferencia simple de la mente para Dios y las cosas de la religión y de los demás. Esta preferencia puede, y con frecuencia existe en la mente, enteramente separarse de lo que se llama emoción o sentimiento, que podemos ser completamente insensibles de su existencia. Pero aunque su existencia puede no ser un asunto de conciencia, por sentirse, su influencia sobre nuestra conducta será tal como el hecho de su existencia será de esa forma manifestada. El amor de la familia y amistades, del mismo modo, existe en la mente en ambas formas. Cuando un hombre está ocupado en su negocio, o viajando fuera de su casa, y su atención se centra en otros asuntos, no ejercita ningún amor sensible o sentido por su familia, pero aún su preferencia permanece, y es la fuente que dirige sus movimientos en el negocio por el cual está ocupado a fin de proveer para ellos. No olvida a su esposa o familia, ni actúa como si no tuviera ninguna, sino al contrario, su conducta es modificada y gobernada por esta preferencia constante, aunque insensible a ellos; mientras que al mismo tiempo sus pensamientos están enteramente ocupados en otras cosas, que ninguna emoción o sentimiento de afecto existe en su mente.

Pero cuando el negocio del día pasa, y otros objetos dejan de distraer su atención, esta preferencia por el hogar, su esposa y familia, aparece y dirige los pensamientos a esos objetos amados. Mucho antes son puestos en la mente que el surgimiento de las emociones correspondientes del esposo y del padre sea despertado y sentido para encender su corazón. Entonces el cristiano, cuando sus pensamientos están intensamente ocupados con asuntos o estudios puede no tener emociones sensibles de amor a Dios que existan en su mente. Aún, si un cristiano, su preferencia por Dios tendrá influencia sobre toda su conducta, no sentirá ni actuará como un hombre impío bajo circunstancias similares; no maldecirá, ni insultará, ni se emborrachará, ni hará trampas, ni mentirá, ni actuará bajo el dominio de egoísmo sin mezclas, sino su preferencia por Dios modificará y gobernará su comportamiento de tal forma que mientras no tenga un disfrute sensible o sentido de la presencia de Dios, está indirectamente influenciado en todos los caminos de Dios por una consideración a su gloria. Y cuando pase el trajín de su negocio, su preferencia constante por Dios naturalmente guiará sus pensamientos a él, y a las cosas de su reino, cuando, desde luego, los sentimientos y emociones correspondientes surjan en su mente, y emociones cálidas de amor se enciendan, y brillen, y hagan feliz al alma. Entiende él la declaración del salmista cuando dice "en mi meditación se encendió fuego".

También dije que el arrepentimiento puede existir en la forma de una emoción o volición. El arrepentimiento significa propiamente un cambio de parecer en cuanto a la naturaleza del pecado, y no en su significación primaria necesariamente incluye la idea de tristeza. Es simplemente un acto de voluntad, que rechaza el pecado, y elije o prefiere la santidad. Ésta es su forma cuando existe como una volición. Cuando existe como una emoción, a veces se levanta en un aborrecimiento fuerte de pecado y amor por la santidad. A menudo se deshace en aplacamientos ingenuos de corazón; en borbotones de tristeza, y los sentimientos más fuertes de desaprobación y aborrecimiento de uno mismo en vista de nuestros pecados.

Entonces la fe puede existir, simplemente como una convicción asentada o persuasión mental de las verdades de la revelación, y tendrá una influencia mayor o menor según la fuerza y permanencia de esta persuasión. No es fe evangélica, sin embargo, a menos de que esta persuasión sea acompañada del consentimiento de la voluntad para la verdad creída. Con frecuencia creemos que las cosas existen, la misma existencia de la que es odiosa para nosotros. Los demonios y hombres perversos pueden tener una convicción fuerte de la verdad en sus mentes, como sabemos que frecuentemente tienen, y tan fuerte es su persuasión de la verdad, que tiemblan, pero aún odian la verdad, o la preferencia de la mente por ella, es fe evangélica, y en proporción a su fuerza influirá uniformemente la conducta. Pero ésta es fe que existe como una volición. Cuando los objetos de fe, revelados en el Evangelio, están sujetos a pensamientos intensos, la fe se levanta en emoción: es entonces una confianza sentida tan sensible como para calmar todas las ansiedades, temores, y perturbaciones del alma.

Las emociones de amor u odio a Dios, que no son directa o indirectamente producidas, no tienen carácter moral. Un cristiano de verdad, bajo circunstancias de tentación fuerte, puede sentir emociones de oposición a Dios que enconan su mente. Si voluntariamente se ha colocado a sí mismo bajo esas circunstancias de tentación, es responsable de esas emociones. Si el sujeto que crea esas emociones es forzado por Satanás, o de algún otro modo contra su voluntad, no es responsable de ellas. Si desvía su atención, si huye de la escena de la tentación, si hace lo que le toca para resistir o reprimir esas emociones, no ha pecado. Tales emociones existen en la mente de un cristiano por alguna perspectiva falsa del carácter y gobierno de Dios. De modo que las emociones de amor a Dios pueden existir en la mente que son puramente egoístas, pueden surgir de una persuasión de que Dios tiene una consideración particular por nosotros, o alguna seguridad vana de nuestro buen estado y la certeza de nuestra salvación. Ahora, si este amor no se fundamenta en una preferencia por Dios por lo que es realmente, no es amor virtuoso. En ese caso, aunque la voluntad pueda haber producido indirectamente esas emociones, pero como prefiere a Dios, no por lo que es, sino por razones egoístas, las emociones consecuentes son egoístas.

Para cambiar su corazón, como he mostrado en el discurso anterior, y he repetido aquí, es cambiar la preferencia gobernante de su mente. Lo que se necesita es que la voluntad de ellos deba ser correctamente influenciada, que deba rechazar el pecado y la obediencia a cualquier otra cosa, y preferir a Dios. La pregunta es entonces ¿cómo debe su voluntad ser influenciada? ¿Por cuál proceso es razonable esperar para influenciar su mente? Hasta que su voluntad sea correcta, será en vano esperar emociones sentidas de verdadero amor a Dios, de arrepentimiento y de fe. Estos sentimientos, que quizá están buscando, y hacia los cuales están tratando de forzar ustedes mismos, no necesitan esperarlos sino hasta que la voluntad sea sometida, hasta que la preferencia reinante de la mente sea cambiada.

Y aquí deben entender que hay tres clases de motivos que deciden la voluntad: primero, aquellos que son puramente egoístas. El egoísmo es la preferencia del interés de uno mismo y la felicidad de uno mismo por Dios y su gloria. Cuando la voluntad escoge, directa o indirectamente, bajo la influencia del egoísmo, la elección es pecaminosa, pues todo egoísmo es pecado.

Una segunda clase de motivos que influyen en la voluntad son aquellos que surgen del amor a uno mismo. Éste es un temor constitucional de miseria y amor de la felicidad, y cuando la voluntad es influenciada puramente por consideraciones de ese tipo, sus decisiones no tienen carácter moral y son pecaminosas. El deseo constitucional de la felicidad y el temor de la miseria no es en sí pecaminoso, y el consentimiento de la voluntad para legalmente gratificar este amor constitucional de felicidad y temor de miseria no es pecaminoso. Pero cuando la voluntad consiente, como en el caso de Adán y Eva para una indulgencia prohibida, entonces se vuelve pecaminoso.

Una tercera clase de motivos que influye la voluntad está conectada con la conciencia. Ésta es el juicio que la mente forma de las cualidades morales de acciones. Cuando la voluntad es decidida por la voz de la conciencia, o consideración a lo correcto, sus decisiones son virtuosas. Cuando la mente escoge en la obediencia del principio, entonces, y sólo entonces, están sus decisiones de acuerdo con la ley de Dios

La Biblia nunca apela al egoísmo. Con frecuencia se dirige al amor de uno mismo, o las esperanzas y temores de los hombres porque el amor de uno mismo, o un amor constitucional de felicidad, o temor de la miseria, no es en sí pecaminoso. Al así apelar a las esperanzas, temores y conciencia, la mente, incluso de los seres egoístas, es dirigida a una investigación tal como para preparar el camino para las reconvenciones iluminadas y poderosas de la conciencia. De ese modo la investigación continúa bajo la influencia de esos principios, pero no es el principio constitucional del amor a uno mismo el que finalmente determina la mente en su elección suprema de obediencia a Dios. Cuando bajo la influencia combinada de esperanza, temor y conciencia, ha sido llevada a una investigación completa y consideración de las exigencias de Dios--cuando estos principios han influenciado la mente como para admitir y acariciar las influencias del Espíritu Santo, como que esa se vuelve iluminada, y es llevada a ver lo que es el deber. La mente entonces está lista para la decisión; la conciencia entonces tiene una base firme; entonces tiene la oportunidad de ejercer su poder más grande sobre la voluntad. Y si la voluntad decide virtuosamente, la atención no es ocupada al instante en esperanza o temores, o con aquellas consideraciones que las incitan. Pero al momento cuando la decisión se toma, la atención debe ocuparse en la racionalidad, adecuación y propiedad de las exigencias de su Creador, o con el odio del pecado, o la estabilidad de su verdad. La decisión de la voluntad, o el cambio de la preferencia es hecho, no porque en el instante ustedes esperan ser salvados o teman ser condenados, sino porque actuar es correcto; obedecer a Dios, servirle, honrarlo y promover su gloria, es razonable, correcto y justo. Ésta es una decisión virtuosa: éste es un cambio de corazón. Es cierto, la oferta del indulto y la aceptación tiene una influencia poderosa, al plenamente mostrar más la irracionalidad de la rebelión contra Dios. Mientras con desesperación, el pecador huye en vez de rendirse. Pero la oferta de la reconciliación aniquila la influencia de desesperación, y da a la conciencia su poder máximo.

Cuarto, no pueden ustedes cambiar su corazón al atender el estado presente de sus sentimientos. Es muy común cuando las personas son llamadas a cambiar sus corazones que ellos vuelvan sus pensamientos en ellos mismos para ver si poseen el estado del requisito de sentimiento, si tienen la convicción suficiente, y si poseen esas emociones que suponen que necesariamente preceden un cambio de corazón. Abstraen su atención de aquellas consideraciones que están calculadas para decidir su voluntad, y piensan acerca de sus sentimientos presentes. En esta bifurcación de su mente de los motivos de cambiar su corazón, y fijar su atención en su estado mental presente, inevitablemente pierden el sentimiento que tienen, y por el momento consideran el cambio como imposible. Nuestros sentimientos presentes son sujetos de conciencia, tienen una existencia sentida en la mente, pero si son hechos el centro de atención, por un momento, dejan de existir. Mientras nuestros pensamientos cálidamente participan y están intensamente ocupados con objetos sin nosotros mismos, con nuestros pecados pasados, con el carácter o requerimientos de Dios, con el amor o los sufrimientos del Salvador, con algún otro asunto, las emociones correspondientes existirán en nuestras mentes. Pero si de todo eso, volvemos nuestra atención a nuestros sentimientos presentes e intentamos examinarlos, ya no hay nada ante la mente que nos haga sentir; nuestras emociones cesan desde luego. Mientras un hombre fijamente mira un objeto, la imagen es pintada en la retina de su ojo. Ahora, mientras continúa poniendo sus ojos en el objeto, la imagen permanecerá en la retina, y la impresión correspondiente estará en su mente, pero si apartamos su vista, la imagen en la retina ya no permanecerá más, y si dirige su atención a la impresión mental en vez del objeto que la causó, la impresión de inmediato se borrará de su mente.

Por tanto, en vez de esperar ciertos sentimientos, o hacer su estado presente de la mente el centro de atención, por favor, abstraigan sus pensamientos de sus emociones presentes, y pongan toda su atención en algunas razones para cambiar su corazón.

Recuérdese, el objeto presente no es directamente para que ciertas emociones existan, sino dirigir la mente a un entendimiento pleno de las obligaciones de ustedes, a inducirlos a rendirse al principio, y a elegir lo correcto. Si ustedes prestan atención, trataré de poner ante ustedes tales consideraciones como se calculan mejor para inducir el estado mental que constituye un cambio de corazón.

Primero, fijen su mente en la irracionalidad y aversión del egoísmo. El egoísmo es la búsqueda de la felicidad de uno mismo como el bien supremo; esto es en sí inconsistente con la gloria de Dios y la felicidad suprema de su reino. Ustedes deben tener sensatez de que han siempre, directa o indirectamente, ido en pos de promover su propia felicidad en todo lo que han hecho; que la gloria y felicidad de Dios y los intereses de su reino inmenso no han sido el motivo conductor de su vida. El buscar, por tanto, como bien supremo, la propia felicidad de ustedes es preferir un bien mayor infinitamente menor, simplemente porque es suyo. ¿Acaso es eso virtud? ¿Acaso es eso espíritu público? ¿Acaso es eso benevolencia? ¿Acaso es eso amar a Dios supremamente, o al prójimo de ustedes como a sí mismos? No, es exaltar su propia felicidad en lugar de Dios; es ponerse ustedes mismos como un centro del universo, y un intento de causar a Dios y a todas sus criaturas para que giren alrededor de ustedes como sus satélites.

El éxito de ustedes, en empujar sus ambiciones egoístas, arruina el universo. Un ser egoísta nunca puede ser feliz hasta que su egoísmo es plenamente gratificado. No es seguro, por tanto, que un solo ser pueda ser plenamente gratificado. El egoísmo busca apropiarse de todo el bien para el yo. Denle a un hombre egoísta una ciudad y codiciará un estado; denle un estado y añorará una nación; denle un continente, y no podrá descansar sin el mundo: denle el mundo, y será desdichado si no obtiene más. Denle la autoridad en la tierra, y mientras haya un Dios que gobierne el universo, su corazón egoísta se hinchará de deseo insaciable, hasta que el mundo, el universo, y Dios mismo se postren ante sus pies--su ambición no podrá ser satisfecha, su corazón egoísta no podrá descansar. Si, entonces, ustedes tienen éxito en sus ambiciones egoístas, su éxito subordinará y lastimará, si no es que arruinará a todos los demás.

¿Acaso es eso correcto? Pero si ustedes pudieran tener éxito en someter al universo para ustedes mismos, entonces su felicidad no sería obtenida, pues un agente moral egoísta no puede ser feliz. Podrían ascender al trono de Jehová; podrían empuñar el cetro del gobierno universal, podrían recibir homenaje, la obediencia de Dios y todas sus criaturas, pero los mismos elementos de la naturaleza de ustedes mismos serían violentados, y mientras en el ejercicio del egoísmo, la conciencia los condenaría, las mismas leyes de la constitución moral de ustedes se amotinarían; la acusación de ustedes mismos y el reproche se hincharían en sus corazones, y, a pesar de ustedes, serían forzados a aborrecerse ustedes mismos.

De nuevo, mientras sean egoístas, todos los seres morales deben odiarlos y despreciarlos, y es imposible que un ser moral sea feliz bajo la conciencia de ser merecidamente odiado y despreciado. El amor de la aprobación es la ley de nuestra naturaleza, está puesta en la misma constitución de la mente por la mano que la forma. Es, por tanto, tan imposible para nosotros que seamos felices bajo las consecuencias de que merecidamente somos odiados como es que debamos alterar la misma estructura de nuestro ser. Es en vano, por tanto, que ustedes esperen ser felices en el ejercicio del egoísmo. Dios, los ángeles, y santos, hombres perversos y demonios, el universo entero de seres morales deben estar sincera y concienzudamente en oposición mientras ustedes sostengan ese carácter--mientras la consciencia emita el veredicto de que merecen ustedes su odio, y los pronuncie incompetente para cualquier otro mundo excepto para el infierno.

En segundo lugar, vean la culpa de esto. No es gracias a ustedes, si hay un vestigio de virtud o felicidad en el universo. Si el ejemplo de ustedes debe tener su influencia natural, y no ser contrarrestado por Dios, sería como una poca de levadura que leuda toda la masa. Si todas sus amistades copiaran el ejemplo de ustedes, y las amistades de éstas las de ellas, y así sucesivamente, fácilmente podrían ver que su influencia pronto destruiría toda benevolencia, e introduciría egoísmo universal y rebelión contra Dios. No es gracias a ustedes, si hay un individuo en el universo que respete el gobierno de Dios. Ustedes nunca lo han obedecido, y todas sus influencias han sido en contra de él; y si Dios no hubiera estado vigilante para utilizar influencias neutralizadoras, su gobierno hubiera sido demolido, la virtud, obediencia, y amor a Dios y al hombre hubieran desaparecido del mundo.

De nuevo, la influencia de ustedes ha tendido a establecer por siempre el dominio de Satanás sobre los hombres. El egoísmo es la ley del imperio de Satanás. Ustedes hasta ahora lo han obedecido perfectamente, como el ejemplo predica más fuerte que el precepto, ustedes han usado los medios más poderosos para inducir a toda la humanidad a obedecer al diablo. Si Dios tiene un asunto virtuoso en la tierra, si todos los hombres no están asociados con el infierno, y por lo menos por el ejemplo de ellos, clamar: "¡Que viva por siempre Satanás!, no es gracias a ustedes, pues la tendencia legítima de la conducta de ustedes había sido producir este resultado horrendo.

De nuevo, no será gracias a ustedes, si toda la humanidad no se pierde. No han hecho ustedes nada para salvarla. Toda su vida ha tenido una tendencia natural para destruirla. Su descuido y desdén hacia Dios ha ejercido la influencia más grande dentro del poder de ustedes para llevarla en el camino de muerte. No han hecho nada para salvarse ustedes mismos, y, al descuidar su misma alma, han virtualmente dicho a todos a su alrededor, su familia y amistades, a todos quienes están cerca y lejos "dejen en paz la religión", "¿quién es el Señor para obedecerlo y qué provecho tendremos si le oramos a él? No necesitan agradecer a ustedes mismos, ni esperar las gracias de Dios, ni del universo, si algún alma de la tierra fuera salvada.

Ahora, vean a la culpa de esto. La culpa de cualquier acción es igual a los males que tiene una tendencia natural para producir. Ahora vean esto. El egoísmo de ustedes, si se desata, tiene la tendencia inevitable de arruinar al mundo, destruir el gobierno de Dios, establecer el de Satanás y poblar el infierno con toda la humanidad.

Ahora vean la racionalidad y utilidad de la benevolencia. Ésta es buena voluntad. La benevolencia a Dios es preferir su felicidad y gloria a todo lo creado bueno. La benevolencia a los hombres es el ejercicio de la misma consideración, y deseo por su felicidad, como tenemos por la nuestra. La benevolencia a Dios, o la preferencia de la gloria y felicidad de Dios, es correcta en sí porque su felicidad y gloria son infinitamente el bien superior en el universo. Prefiere su propia felicidad y gloria que cualquier otra cosa, no porque sean suyas, sino porque constituyen el bien superior. Todos los seres, cuando se comparan con él, son vanidad y menos que nada. Su capacidad de disfrutar la felicidad o soportar el dolor es infinita, no sólo en duración sino en grado. Si todas las criaturas en el universo fueran completamente felices, o perfectamente miserables para toda la eternidad, su felicidad o miseria, aunque interminable en duración sería finita en grado. Pero la felicidad de Dios no es sólo interminable en duración sino en grado. Su felicidad es, por tanto, sólo mucho más valiosa que todas sus criaturas, como el infinito excede lo finito. Entonces, ¿no es correcto, no es según la aptitud moral de las cosas, que todas sus criaturas deban valorar la felicidad y gloria de él infinitamente por encima de la de ellas? ¿No es correcto que deba él hacer eso, no porque es su propia felicidad, sino porque es un bien infinitamente mayor?

¿Acaso no demanda la aptitud moral, la ley eterna del derecho, que deba Dios considerar su propia felicidad según su valor real? ¿Acaso tiene algún derecho de preferir la felicidad de sus criaturas sobre la suya? ¿Acaso no la justicia requiere que deba considerar todo en el universo según su importancia relativa? Y ¿acaso no debe considerar su propia felicidad y gloria infinitamente sobre todo lo demás?, y ¿acaso no debe requerir a todas sus criaturas inteligentes que hagan lo mismo?, ¿acaso no sería un abandono manifiesto de los principios inmutables del derecho? Por tanto, tener una consideración suprema para la propia felicidad de ustedes, valorarla, y desearla más que la felicidad y gloria de él, es pisotear los principios eternos de justicia y aptitud moral que está obligado a mantener; es colocarse uno mismo en la actitud de una guerra abierta y horrenda contra él, contra el universo, contra el cielo, contra los principios de nuestra propia naturaleza, y contra lo que sea correcto, lo que sea amoroso y de buena reputación.

De nuevo, el que deban amar a su prójimo como a ustedes mismos es compatible con la ley inmutable de derecho. El que deban considerar la felicidad de su prójimo según su valor real, y la felicidad de toda la humanidad, y la felicidad del todo sobre la de felicidad ustedes como la cantidad agregada de la felicidad de ellos sea más valiosa que la de ustedes, es correcto en sí misma. Rehusar esto es de inmediato pecar contra Dios, declarar la guerra con todos los hombres.

Pero de nuevo véase la utilidad de la benevolencia. Es un asunto de conciencia humana que la mente está tan constituida que los afectos benevolentes son la fuente de felicidad, y los malevolentes la fuente de miseria. La felicidad de Dios consiste en su benevolencia. Cuando la benevolencia no se mezcla, hay paz. Si la benevolencia perfecta reinara por todo el universo, la felicidad universal sería el resultado inevitable. La felicidad del cielo es perfecta porque la benevolencia es ahí perfecta. Aman a Dios con todo su corazón, mente, cuerpo y fuerza, y a sus semejantes como a ellos mismos; y quien sabe eso, sabe del gozo que hay en el amor santo, ¿acaso no saben que la marea plena de benevolencia es más que otro nombre de la marea plena de felicidad? La benevolencia perfecta para Dios y el hombre nos daría de inmediato una porción de toda la felicidad de la tierra y el cielo. La benevolencia es buena voluntad, querer el bien para el objeto de ella. Si deseamos la felicidad de otros, su felicidad aumentará la nuestra, según la fuerza de nuestro deseo. Si deseamos el bienestar de ellos como deseamos el nuestro, nos haremos igual de felices por el bien, que es conocido para ser conferido a ellos, y sobre nosotros mismos; y nada más que el egoísmo prevendrá de probar la copa de la felicidad de cada hombre, y compartir igualmente con ellos todas sus alegrías. Si deseamos supremamente la felicidad y gloria de Dios, el hecho de que es inmutable e infinitamente feliz y glorioso, y que se gloriará él mismo, y que "toda la tierra se llenará de su gloria", constituirá gozo supremo. Será para nosotros una fuente inacabable de bendición pura, santa y elevada. Y cuando vemos a los hombres, y vemos toda la maldad de la tierra; cuando, a través de la página de inspiración, examinamos como en un telescopio las cavernas profundas del abismo; cuando escuchamos sus gemidos, y vemos los destellos espeluznantes del fuego, contemplamos los mordiscos del gusano, en todo esto vemos sólo los resultados legítimos del egoísmo. Ésta es la discordancia del alma: el ruido desagradable, la disonancia, y rechinido de la angustia eterna del infierno. La benevolencia, por otro lado, es la melodía del alma. En su ejercicio, todos los poderes mentales están armonizados, y alientan la dulzura de las sinfonías encantadoras del cielo. Para ser felices, entonces, ustedes deben ser benevolentes. El egoísmo no es razonable ni provechoso. Su misma naturaleza está en guerra con la felicidad. Los hace a ustedes odiosos para Dios, el aborrecimiento del cielo, el desprecio del infierno. Entierra el buen nombre de ustedes, su autoestima esencial, su felicidad presente y futura, en una fosa común, más allá de la esperanza de la resurrección, a menos que se vuelvan, renuncien a su egoísmo, y obedezcan la ley de Dios.

Pero de nuevo, consideren las razones por las que Dios deba gobernar el universo. Quizá en palabras o en teoría, nunca han negado el derecho de Dios para gobernar, pero en práctica ustedes siempre lo han negado. El nunca haber obedecido es la declaración más fuerte posible de su negación del derecho de Dios de gobernarlos. El lenguaje de la conducta de ustedes ha sido "¿quién es Jehová para obedecerlo?" "No conozco a Jehová, ni obedeceré su voz". Pero ¿acaso han considerado diligentemente las exigencias de Dios sobre la obediencia de ustedes? ¿Acaso no sólo no han admitido el hecho que tienen el derecho de gobernar, sino entendido y considerado exhaustivamente el fundamento de este derecho? Si nunca han atendido a eso, no es maravilla que hayan ustedes rehusado obediencia. El fundamento del derecho de Dios para gobernar el universo está hecho de las tres consideraciones siguientes:

Primera. El carácter moral de Dios. Su benevolencia es infinita. Si fuera un ser malevolente, sus leyes como él mismo, como serían desde luego, no pudiera haber tenido ningún derecho de gobernar. En vez de estar bajo una obligación de amar y obedecerlo, sería nuestro deber odiarlo y desobedecerlo. Pero su benevolencia lo hace digno de nuestro amor y obediencia. Pero su benevolencia sola no puede calificarlo, ni darle el derecho del gobierno del universo. No importa cuán benevolente pueda ser, si sus atributos morales no son los que deben ser, no puede estar calificado para ser el Gobernante Supremo de todos los mundos. Pero un vistazo a sus atributos naturales mostrará que no es menos digno para gobernar, con respecto a ellos, que con respecto a sus atributos morales.

Y, primero, tiene conocimiento infinito para que su benevolencia siempre sea sabiamente ejercida.

Segunda. Tiene poder infinito. Sin importar cuán benevolente pudiera ser, si le faltara conocimiento para dirigir, o poder para ejecutar sus deseos benevolentes, no sería apto para gobernar.

De nuevo. Es omnipresente en todo lugar y en todo momento para que nada que desea la benevolencia, la sabiduría dirija, o el poder pueda lograr, pueda ser carencia en su administración.

De nuevo. Es inmortal e inmutable. Si pudiera dejar de existir, o si estuviera sujeto a cambio, éstos serían defectos fundamentales en su naturaleza como Gobernador Supremo del universo.

Pero de nuevo. Ni sus atributos morales y naturales, cuando son vistos separadamente o colectivamente, proporcionan fundamento suficiente para que él tome las riendas de gobierno. Pues no obstante cuán bueno y grande pudiera ser, éstos no constituyen razón suficiente para tomar sobre él mismo el oficio de magistrado supremo sin consideración de la elección selectiva de otros seres. Pero también es el Creador, y sostiene por el ejercicio más elevado posible el universo entero como suyo. Así, no es solamente el infinitamente más apto para gobernar, sino por la creación tiene el derecho absoluto e inalienable de gobernar. No sólo tiene este derecho, sino es su deber gobernar. Nunca puede ceder su oficio ni poner a un lado su responsabilidad.

Pero de nuevo. Vean la racionalidad de los requerimientos de Dios. No son arbitrarios, sino tal como es su deber circunscrito para hacer valer. Las leyes de Dios no tienen su fundamento en su voluntad arbitraria, sino en la naturaleza, relación y aptitud de las cosas. Amar a Dios y al prójimo no es nuestro deber simplemente porque Dios lo requiere, sino es nuestro deber con antecedente a cualquier requerimiento expreso. Él lo requiere porque es correcto en sí. Por tanto no está en la libertad de dispensar con nuestra obediencia si gusta. No puede bondadosamente dar gusto a sus criaturas y dejarlos hacer lo que quieran--dejarlos apresurarse al pecado y rebelión, y luego dejarlos ir sin castigo. Está solemnemente empeñado y obligado por las reglas de su gobierno. Si, por tanto, siguen ellos en pecado, no es la opción de él castigarlos o no cuando vayan al juicio. Las leyes de su imperio son fijas, principios eternales, que no puedo violar más sin pecado que cualquiera de sus criaturas. No esperen entonces, si perseveran en pecar, escapar de "la condenación del infierno".

Pero quizá, como muchos otros, ustedes han hecho esa excusa por su rebelión; que en general, Dios desea que no pequen; que, como es todopoderoso, podría prevenir el pecado si quisiera; y como no lo ha hecho, infieren que prefiere la existencia de pecado por su inexistencia, y la cantidad presente de rebelión por la santidad en su lugar. No decir nada de la palabra y juramento de Dios en el asunto, tienen sólo que escudriñar su ley para ver que ha hecho todo lo que la naturaleza del caso admitió para prevenir la existencia de pecado. Las sanciones de su ley son absolutamente infinitas; en ellas él ha incorporado y sostenido sus motivos más elevados posibles para obedecer. Su ley es moral, y no física; un gobierno de motivo, y no de fuerza. Es vano hablar de su omnipotencia que previene el pecado; si los motivos infinitos no lo previenen, no puede ser prevenido bajo un gobierno moral, y sostener lo opuesto es absurdo y contradictorio. Administrar leyes morales no es el objeto del poder físico. Mantener, por tanto, que la omnipotencia física de Dios puede prevenir el pecado es hablar disparates. Si para gobernar la mente fuera lo mismo como gobernar la materia--si regir lo intelectual pudiera ser logrado por el mismo poder que rige el universo físico, entonces, en efecto, sería justo, desde la omnipotencia física de Dios, y desde la existencia de pecado, inferir que Dios prefiere su existencia por la felicidad. Pero como la mente debe ser gobernada por el poder moral, como el poder de motivo es el único poder que puede ser ejercido en la mente para influenciarla, es injusto, poco filosófico, ilógico y absurdo, inferir desde la existencia de pecado, y la omnipotencia física de Dios, la preferencia de la existencia del pecado.

Si los motivos para la obediencia son infinitos, mejor de una vez que se desafíe el universo y se pregunte "¿qué más pude haber hecho a mi viña que no haya hecho yo?" Y ustedes ¿continuarán con su rebelión de cada una de todas estas consideraciones conmovedoras? Y cuando se les requiera volverse, contestarán profanamente: "Si Dios es todopoderoso, ¿por qué no hace que me vuelva? Oh, pecador, ¿por qué provocar a tu Creador? "La condenación no se tarda, y su perdición no se duerme".

Pero de nuevo. Cuando se ha roto la ley, y toda la humanidad fue expuesta a su castigo aterrador, contempla de inmediato la justicia al universo, la misericordia a los pecadores, mostrada en la expiación. Para hacer una oferta universal de indulto, sin consideración de la justicia pública, fuera virtualmente a repeler ley del legislador, pero una debida consideración al interés público le prohibía perdonar y hacer a un lado la ejecución, sin algo oportuno para asegurar una veneración y obediencia al precepto. Tan grande, por tanto, fue su compasión por el hombre, y su consideración por la ley, que gratificar su deseo para perdonar, estaba él dispuesto a sufrir en la persona de su Hijo, un sustituto para la pena de la ley. Esto fue la exhibición más estupenda de negación de uno mismo que se haya hecho en el universo. El Padre da a su hijo único y bien amado; el hijo cubre las glorias de su Deidad no creada, y se vuelve obediente hasta la muerte, incluso la muerte de la cruz, para que no muriésemos.

Ahora, si ustedes son pecadores impenitentes, nunca han obedecido, ni un solo instante, a su Creador. Cada aliento que han ustedes respirado, cada pulso que hayan dicho, sólo se ha añadido a la cantidad de sus delitos. Cuando Dios ha ventilado los pulmones agitados de ustedes, han exhalado su aliento ponzoñoso en rebelión contra el Dios eterno; y ¿cómo Dios debe sentirse hacia ustedes? Han ustedes puesto sus pies sin santificar en los principios de rectitud eterna; han alzado sus manos, llenas de armas ponzoñosas, contra el trono del Todopoderoso; no han dado ningún valor a la autoridad de Dios y a los derechos del hombre. Han desdeñado, como con sus pies, cada principio de derecho, amor y felicidad racional. Ustedes son enemigos de Dios, del hombre, un hijo del diablo, y una liga con el infierno. ¿Acaso no debe entonces Dios odiarlos con todo su corazón?

Pero en medio de su rebelión, ustedes contemplan la longanimidad de Dios. ¡Con qué paciencia él ha llevado toda la maldad agravada de ustedes! Todo esto han hecho, y él ha guardado silencio. ¿Se atreven a pensar que nunca él desaprobará?

Pero vean por un momento las condiciones del Evangelio: arrepentimiento y fe. Arrepentirse es odiar y renunciar al pecado de ustedes. Este requerimiento no es arbitrario por parte de Dios. No sería justo para el universo, ni beneficioso para ustedes, ejercer indulto hasta que ustedes acaten este requerimiento. ¿Acaso puede un soberano perdonar a sus súbditos mientras permanecen en rebelión? ¿Acaso Dios puede perdonarlos mientras perseveran en pecado? No. Esto sería rendir la ley, y, por un acto público, confesar él mismo equivocarse y que ustedes están bien, renunciar la posición que ha tomado, condenarse él mismo y justificarlos a ustedes. Pero sería la falsedad pública, sería una proclamación de que el pecado está bien y la santidad está mal. No sólo eso, sino el perdonarlos y dejarlos en su pecado haría imposible la felicidad. De una vez proclamen muerto por una epidemia a un hombre saludable.

La fe tampoco es un nombramiento arbitrario de Dios. Dios no tiene la intención de llevarlos al cielo si no creen su palabra, y andan en el camino que les señala. Si no creen lo que les dice del cielo y el infierno, la forma de evitar uno y ganar el otro, la salvación de ustedes será imposible en la naturaleza del caso. No pueden encontrar el cielo al final del camino que lleva al infierno, ni el infierno al final del camino que lleva al cielo. Y ahora, pecador, ¿qué tienes que decir?, ¿por qué la sentencia de la ley de Dios no debe ser ejecutada en ti? Nunca te has preocupado por Dios, y ¿por qué debe él estar bajo obligación de preocuparse por ti? Nunca le has obedecido, ¿qué bondad mereces de su mano? Siempre le has desobedecido y ¿qué mal no te mereces? Has roto su ley, despreciado su gracia, y lastimado su Espíritu. "También disipas el temor, y menoscabas la oración". La tendencia de tu conducta egoísta ha sido para arruinar el universo, destronar a Dios, poner tu trono y establecer el dominio de Satanás, condenarte a ti y a toda la humanidad. Esto no lo puedes negar. Que la conciencia te dicte sentencia. Que dé su veredicto. ¿Acaso incluso ahora no oyes muy dentro de tu alma "culpable, culpable, acreedor de muerte eterna"?

Pero, pecador, has visto, en este discurso, la racionalidad de la benevolencia, y la odiosidad del egoísmo. El derecho y deber de Dios para gobernarte y tus obligaciones para obedecer. Has visto la racionalidad y la utilidad de la virtud; la irracionalidad, la culpa y la maldad del pecado. Y ahora ¿qué dices? ¿Cuál es tu deber presente? ¿Acaso es conveniente seguir en tu camino egoísta? ¿Acaso no es mejor, correcto, valeroso, honorable, puntual, tornarte y obedecer a tu Creador? Ve las consecuencias de tu curso presente, a ti mismo, a tus amistades en quienes tienes influencia, a la iglesia y al mundo. ¿Continuarás para lanzar tizones, flechas y muerte, --para poner toda tu influencia, tu tiempo, y talentos, tu cuerpo y alma, en la balanza del egoísmo? ¿Continuará tu influencia del lado equivocado, para incrementar la maldad y miseria de la tierra, gratificar al diablo y lastimar al Hijo de Dios? Pecador, si te vas al infierno, debes estar dispuesto a ir solo; la compañía no mitigará tu dolor sino lo incrementará. ¿Acaso no debes entonces instantáneamente poner toda tu influencia en la otra balanza; hacer que la ola de muerte se vuelva, salvar a tu prójimo del infierno? ¿Ves la racionalidad de esto? ¿Cuál es tu juicio en el caso? ¿No te detengas a ver tus emociones, no pongas tu mirada en tu estado mental presente, sino di que dejarás tu rebelión, arrojarás tus armas, y te enlistarás en el servicio de Jesucristo? Ha venido a destruir las obras del diablo, demoler su imperio, restablecer el gobierno de Dios en los corazones de los hombres. ¿Estás dispuesto a que deba gobernar al mundo? ¿Lo obedecerás? Pero ¿acaso contestas "ay, soy tan pecador, me temo que no hay misericordia para mí"? Esa no es la pregunta. La pregunta no es si te perdonará, sino si le obedecerás. Si no viera él que fuera sabio perdonarte, si las circunstancias de su gobierno requieren tu condenación, no es esa razón suficiente para obedecerlo. La pregunta para ti es si lo obedecerás, y deja a él la pregunta de la salvación en vista de todas las circunstancias del caso. Él es infinitamente sabio, y tan benevolente como sabio. Debes, por tanto, con alegría rendirle tu destino final, hacer del deber tu objeto de atención, y la obediencia tu meta constante. La expiación es plena y perfecta. La presuposición es que nada está estorbando el camino de tu salvación más que la impenitencia e incredulidad; y en efecto, tiene las promesas de que con la condición de la rendición a su voluntad tendrás vida eterna. ¿Ves lo que debes hacer?, ¿estás dispuesto a hacerlo? "Escogeos hoy a quién sirváis". Escoger a Dios y sus servicios--preferir éstos a tu propio interés y todo lo demás es cambiar tu corazón. ¿Lo has hecho? Aún te preguntas "¿cómo lo haré?" Podrías con más propiedad preguntarte cuando la reunión haya terminado ¿iré a casa? Ir a casa requiere dos cosas: primero, estar dispuesto; segundo, poner tu cuerpo en movimiento. Pero aquí no se necesita ningún poder muscular. Pero una cosa es requisito, esto es una mente dispuesta. Tu consentimiento es todo lo que se necesita. Estar dispuesto a cumplir tu deber y la obra es hecha.

INFERENCIAS Y OBSERVACIONES

1. Desde este asunto vean por qué muchos se quejan de que no pueden rendirse a Dios. No ponen atención a la consideración necesaria de llevarlos a sumisión. Muchos ocupan sus pensamientos con su estado de sentimiento, están viendo fijamente a la oscuridad de sus propias mentes y la dureza de sus propios corazones. Están ansiosamente esperando la existencia de ciertos sentimientos en sus mentes, que suponen deben anteceder a la conversión. Por eso no se rendirán desde luego. Su ojo mental se aleja de las razones de la sumisión. En ese estado mental es imposible que ellos deban rendirse; sería una acción contraria de las leyes de la mente. Otros, en vez de atender a la racionalidad e idoneidad de las exigencias de su Creador, ponen toda su atención en su propio peligro, y tratan de entregarse mientras son influenciados por temor. Esto es actuar bajo la influencia de amor egoísta. No es responder a la voz de la conciencia; no es rendirse a las leyes de lo correcto, y, el actuar por tales motivos, la mente puede luchar hasta el día del juicio, y aún las consideraciones que deben llevar al alma a la sumisión correcta no están ante la mente, y el alma no se rendirá. Es la rectitud del deber, y no el peligro consecuente sobre la no realización, que debe influenciar la mente si actuara virtuosamente. Ya he dicho que la esperanza y el temor tienen una parte importante para llevar a la mente a hacer el requisito de investigación. Pero ni lo uno ni lo otro son el objeto de la atención de la mente en el instante de la sumisión. Por tanto, no entiende él la filosofía de esto --quien no entiende el uso y poder de la atención, el uso y poder de conciencia, sobre el cual fijar su mente para llevarlo a la decisión correcta, naturalmente se quejará que no sabe cómo rendirse.

2. Vean la manera en que el Espíritu de Dios opera en la conversión de los hombres; es a través del medio de la atención y conciencia; obtiene y mantiene la atención de la mente, y a través de la influencia de la esperanza, y el temor, y la conciencia, conduce al pecador por el camino de la verdad hasta que le ha dado a la conciencia el requisito de información para ejercer su poder que cuando da su veredicto, la voluntad puede responder "amén".

3. Ésta es la experiencia de todo cristiano. Sabe que de esa forma el Espíritu de Dios ejerció su influencia para cambiar el corazón. Los errores y guarida de mentiras son quitados. Puede decirles que su atención fue capturada y fijada, que su conciencia fue iluminada, y el asunto fue apremiado en la mente hasta que fue inducido a rendirse.

4. Vean cuán poco filosófico es, mientras se apremia al pecador a rendirse, para desviar su mente y volver su atención al asunto de la influencia del Espíritu. Mientras su atención está dirigida a eso, su rendición es imposible. Sólo puede rendirse cuando toda su atención se dirija a las razones de la sumisión. Toda desvío de atención es sólo obstáculos multiplicadores en el camino. De ahí nunca encontramos a los escritores inspirados, cuando llaman a los pecadores al arrepentimiento, dirigiendo su atención al tema de la influencia divina. Empiecen con Josué--cuando se reunió con el pueblo de Israel y puso su deber delante de ellos "escogeos hoy a quién sirváis", no les recordó de modo poco filosófico al mismo tiempo de su dependencia en el Espíritu de Dios, sino sostuvo un solo punto que escogerían ante ellos, hasta que su decisión fuera tomada. Así en el día de Pentecostés, y en el caso del carcelero, y ciertamente en cada otro caso donde profetas, Cristo, y los apóstoles, llamaron a los hombres al arrepentimiento inmediato, los encontramos manteniéndose cerca de su texto, y no alejándose para arrastrar el tema de influencia divina para desviar la atención y confundir a quienes escuchaban.

5. Vean la importancia de entender la filosofía de la conversión, y por qué es que muchos sermones se pierden, y peor que eso, en las almas de los hombres. Primero, la atención del pecador no está asegurada; y segundo, si lo está, es con frecuencia dirigida a asuntos irrelevantes, y el asunto confundido con consideraciones extrañas que no tienen que ver con el deber inmediato del pecador. Con frecuencia el asunto no es aclarado en su mente; o si lo entiende, no ve su aplicación personal para él mismo; o si veo eso, no está hecho para sentir presión de obligación presente, y no poco frecuente--"no lo anunciéis en Gat", --la impresión es claramente dejada en la mente que no puede cumplir su deber. La predicación que deja la última impresión es infinitamente peor que nada.

6. Desde este asunto pueden ver que hay dos clases de evidencia de un cambio de corazón; una es aquellas emociones vívidas de amor a Dios, arrepentimiento del pecado, y fe en Cristo, que con frecuencia siguen del cambio de decisión. Éstas constituyen felicidad, son las más buscadas, y por lo regular las más dependientes, pero no merecidamente las más satisfactorias. Emociones altamente causadas son tendientes a engañar, pues, como no pueden ser sujetas de una examinación distintiva presente sin dejar de existir, por lo menos van a estar dependientes como una evidencia de un título para la herencia de los santos en la luz. La otra clase de evidencia es una disposición habitual para obedecer los requerimientos de Dios; esa preferencia permanente de la gloria de Dios, sobre todo lo demás, da una dirección correcta a toda nuestra conducta.

7. Vean, desde este asunto, la filosofía de examen de conciencia. Muchas personas apartarán días de ayuno y oración, y pasarán el día tratando de examinar su estado mental presente, en tratar de echar un vistazo a sus emociones presentes. De ese modo están seguros de apagar cual sea el sentimiento correcto que tengan. Sus pensamientos y sentimientos pasados, sus acciones y motivos pasados, pueden ser sujetos de examinación y atención presentes, pero cuando hacen de sus emociones presentes o estado de sentimiento el sujeto de atención, dejan de sentir. Si, entonces, prueban sus corazones concerniente a cualquier objeto, llevan ese objeto ante su mente, lo consideran intensamente, y si hay afinidad moral entre su estado de mental y el objeto de su atención, mientras están contemplando, el fuego de la emoción se quemará.

8. Perciban desde este asunto el error de esas personas que suponen que tienen mucho más religión que otras, meramente porque tienen más emoción. Multitudes de mentes no parecen estar influencias por principio, sino son llevadas aquí y allá por cada ráfaga de sentimiento, por cualquier consideración que puedan producir esos sentimientos, y mientras hablan de sus arrebatamientos, su amor y alegrías, tienen poca consideración por el principio como para tener culpa de una conducta que deshonra a Cristo. Otros, con mucho menos frecuencia demuestran emoción profunda, son influenciados por una consideración sagrada a lo recto. Tienen mucha más consistencia del carácter cristiano, pero quizá se quejan de la ausencia de gozo religioso.

9. De lo que se ha dicho, es claro que donde los pecadores siguen descuidando los medios de la gracia, su caso no tiene esperanza. Muchos parecen pensar que si van a ser salvos, serán salvos, y si se van a perder, se perderán; y ven a la religión como algo misterioso, por la implantación, en sus mentes, deben esperar el placer del Dios soberano. Ponen atención a otros asuntos, y ocupan sus pensamientos a cualquier otra cosa que sea calculada para quitar la religión de sus mentes, y aún esperan ser convertidos. Eso es tan irracional como si un hombre, que desea obtener la perfección de la sobriedad cristiana, debiera continuar amotinándose y bebiendo, y entorpeciendo sus poderes, y esperando que, de algún modo misterioso, deba a la larga volverse un hombre sobrio,

10. De este asunto vean la importancia de dar a un pecador redargüido el derecho a instrucción. Gran cuidado debe tomarse de no desviar su mente de las verdades fundamentales. Su atención debe ser abstraída, si fuera posible, de todo lo irrelevante, desde cualquier cosa que considere meramente las circunstanciales de la religión, y sea llevado a soportar intensamente la cuestión principal, aquella de la sumisión incondicional a Dios.

11. Vean la necesidad de dirigirse a los sentimientos, o esperanzas y temores de los hombres, como un medio para despertarlos, y asegurar su atención. Medios muy emocionantes son a menudo indispensables para despertar y asegurar la atención suficiente para llevar al camino de la conversión. Cuando no hay temas muy emocionantes casi continuamente ante la mente, tantos he aquís y he allás para llamar y fijar los pensamientos del pecador a objetos mundanos, debemos, por necesidad, llenarlo con las consideraciones más conmovedoras, y eso en de manera más afectuosa y esmerada, o fracasaremos en llamar la atención de sus pensamientos, y obtener el asunto en su mente para consideración. Un diseño importante de sus susceptibilidades constitucionales es proporcionar el medio de acceso para la atención, y a través de la atención a la conciencia. Muchas personas parecen adversas a dirigir los sentimientos de los hombres sobre el tema de religión, temen despertar el sentimiento animal, y consecuentemente en general no despiertan ningún sentimiento. La razón es obviamente ésta: pasan por alto algunas de las peculiaridades más impactantes de la constitución mental. Luchan para que aflore la conciencia, pero fallan por falta de atención. La atención no será ordinariamente asegurada más que por dirigirse a las esperanzas y temores de los hombres.

12. Debemos cuidadosamente distinguir entre un pecador redargüido y uno despierto. Cuando el pecador es despertado completamente, no hay entonces necesidad de crear más alarma, y en efecto en esta situación todas las apelaciones meramente de esperar y temer son más bien una vergüenza y obstáculo al progreso de la obra. Cuando su atención está totalmente asegurada, el momento favorable debe aprovechare plenamente para iluminar su mente, y llevarlo al entendimiento correcto de sus responsabilidades y exigencias de su Creador. Si hay señas de pérdida de atención, tales apelaciones deben instantáneamente ser hechas a los sentimientos como para surgir y fijar los pensamientos; y una vigilancia ansiosa debe mantenerse constantemente para preservar la atención, e iluminar la mente tan pronto como sea posible. De esa forma ustedes ayudarán muy efectivamente a las operaciones del Espíritu Santo, para empujar las cuestiones a un asunto, y asegurar la conversión del pecador para Dios.

Descuidar la distinción entre despertar y redargüir ha sido la causa de muchos fracasos lamentables para asegurar conversiones sobrias. Con frecuencia, cuando los pecadores han sido meramente despertados, han sido tratados como si fueran redargüidos: sus guías espirituales han descuidado aprovechar la oportunidad de forzar la reprensión de vuelta en ellos; los han llamado para rendirse, antes de que debidamente entiendan las razones de la rendición, o la naturaleza del deber. Pero como pudiera esperarse, en vez de verdaderamente realizarla, se han imaginado ellos mismos dispuestos a hacerlo hasta que sus despertares se hayan aquietado, y la frialdad de la apatía de la muerte se haya asentado en ellos.

13. Vean que predicar terror solo no está calculado para efectuar la conversión de los pecadores. Es útil ser despertado, pero si no se acompaña de aquellas instrucciones que ilumine pocas veces resultara en algo bueno.

14. Vean por qué aquellos que predican solo las esperanzas de los hombres, pocas veces, efectúan la conversión de los pecadores. Algunos van a un extremo y algunos otros al otro. Algunos apelan al temor, y otros de nuevo a la esperanza, mientras rara vez razonan con el pecador la temperancia, la rectitud o el juicio venidero. Con frecuencia incitan mucho sentimiento y muchas lágrimas, pero después de todo, tales apelaciones, sin la compañía de esa instrucción discriminante que necesita el pecador, en cuanto a su deber y las exigencias de su Creador, pocas veces resultarán en una conversión sana.

15. Vean la filosofía de los esfuerzos especiales para promover avivamientos de religión. Cómo es que las reuniones prolongadas, y otras medidas que son nuevas, son calculadas para promover la conversión de los pecadores. La novedad incita y fija la atención. Su ser continuo día tras día sirve para iluminar la mente, y tiene una tendencia filosófica para resultar en conversión.

Finalmente observen que desde este asunto se verá que un lecho de muerte es más que un lugar pobre para el arrepentimiento. Muchos están esperando, que si descuidan el arrepentimiento cuando llegan al lecho de muerte, que entonces se arrepentirán y darán sus corazones a Dios. Pero ¡ay!, ¡cuán vana esperanza! En el desfallecimiento y agotamiento, el dolor y la distracción, el temblor y la ansiedad de un lecho de muerte, ¿qué oportunidad o poder hay para esa fijación e intensidad de la atención que son requisitos para romper el poder del egoísmo y cambiar la corriente entera del alma? Pensar cuesta trabajo; pensar intensamente es una labor agotadora, incluso para un hombre saludable. Pero ¡oh!, en el lecho de muerte, tener recuentos intrincados de la vida para repasar, el asunto del carácter y destino del alma para ponderar y entender; sostener la mente agonizada en contacto cálido y la congoja con las grandes verdades de la revelación hasta que el corazón se deshace y se quiebra, seguramente, es comúnmente, si no siempre, demasiado esfuerzo para un moribundo. Que sepan todos los hombres, que, como verdad general, a la que hay más que pocas excepciones, los hombres mueren como viven, y no se puede poner ninguna dependencia en aquellas vacilaciones y titubeos, y visos de la mente que lucha, mientras el cuerpo, toda la debilidad y dolor, se quiebra para llevarlo a la presencia de su Creador. Ahora es el tiempo de ustedes, en vigilia y fuerza de sus poderes, mientras el mandamiento de hacerse un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y las razones del cumplimiento de ese deber yace plenamente ante ustedes; mientras la puerta del cielo está abierta, y la misericordia, con manos sangradas, los alumbra para que vayan; mientras la perla del gran precio es ofrecida para que la acepten ustedes, aprovechen el momento, agárrense de la vida eterna.

  

 
 
Mitra Global CMS Mitra Global CMS Mitra Global CMS