Capítulo 9 - El Ganar Almas Requiere Sabiduría

El Avivamiento - Charles G. Finney

 

 

 

EL AVIVAMIENTO

 

Por

Charles G. Finney

 

Capítulo 9
 

EL GANAR ALMAS REQUIERE SABIDURIA

"El que gana almas es sabio." (Proverbios 11:30.)

 

 

Cómo tratar con el pecador descuidado o indiferente:

 

1.  Con respecto a tiempo. Es importante que selecciones el momento adecuado para hacer una impresión seria en la mente del pecador descuidado. Porque si fallas en la selección de este momento apropiado, es muy probable que seas derrotado.

 

2.  Es deseable, si es posible, que te dirijas a la persona descuidada, cuando no está ocupada en otras cosas.

 

3.  Es importante que hables con esta persona, si es posible, en un momento en que no esté sometida a una emoción de cierta intensidad por otra causa o tema. De otro modo, se hallará en una actitud mental inapropiada para atender al tema de la religión.

 

4.  Asegúrate bien que la persona se halla por completo serena. Hay personas que beben alcohol durante todo el día y se hallan en un estado de mayor o menor intoxicación constantemente. Precisamente, cuanto más lo están, menos apropiado es hablarles del tema de la religión. Si han bebido cerveza, vino o sidra, de modo que puedes olerlo en su aliento, basta con esto para que sepas que tienes muy pocas probabilidades de hacer un efecto permanente en ellos, pues cuando están afectados por ella muestran mucho interés en hablar de religión, pero apenas saben lo que dicen, y menos recuerdan lo que oyen.

 

5.  Si conversas con la persona sobre el tema de la salvación, creerás, quizá, que se halla de muy buen humor. Si lo encuentras de mal humor, es probable que se enoje y te insulte. Lo mejor es dejarlo, de momento.

 

6.  Si es posible, aprovecha la oportunidad de hablar con el pecador descuidado cuando está solo. La mayoría de personas son demasiado orgullosas para que se pueda conversar sobre ellas mismas, libremente, ante la presencia de otros, incluso de sus familiares.

 

7.  Al visitar una familia, en vez de reunir toda la familia para hablar a todos, lo mejor es verlos uno a uno, por separado.

 

Había una mujer piadosa que tenía una pensión para hombres; tenía veintiuno o veintidós en su casa, y llegó un tiempo en que se sintió angustiada por su salvación. Hizo de ello el objeto de oración, pero no vio ningún cambio en ellos. Al fin, vio que tenía que hacer algo más, aparte de orar, pero no sabía qué hacer. Una mañana, después del almuerzo, cuando los otros se hubieron retirado, le dijo a uno que se esperara unos momentos. Aparte de los demás, conversó con él amablemente sobre el tema de la religión. Le habló otras veces, aumentando la impresión primera y pronto se convirtió. Luego habló con otro, y así sucesivamente, fue hablando con cada uno de ellos separadamente, sin dejar saber a ninguno que iba hablando a los otros, para no alarmarlos, hasta que estos jóvenes se hubieron convertido a Dios. Ahora bien, si hubiera empezado a hablar del tema delante de todos, lo más probable es que hubieran ridiculizado la cosa; o quizás algunos se habrían ofendido y se habrían marchado, y al hacerlo así habría perdido toda influencia sobre ellos. Pero tomándolos por separado, y tratándolos con respeto y amablemente, no le ofrecieron tanta resistencia como tiene lugar en la presencia de otros.

 

8.  ¡Trata el tema con solemnidad! Evita la ligereza en el modo de hablar. La ligereza no produce nunca una buena impresión. Tienes que tener la impresión que estás ocupado en una labor muy solemne, que va a afectar el carácter de tu amigo o vecino, y probablemente decidir su destino por la eternidad. ¿Quién se atrevería a tomar la cosa con ligereza, si su corazón es sincero?

 

9.  Sé respetuoso. Algunos parece que suponen que es necesario ser abrupto, rudo y ordinario en su relación con el pecador descuidado e impenitente. No puede haber mayor equivocación. El apóstol Pablo nos dio una hermosa regla sobre este punto, cuando dice: "Sed compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal; ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo" (1 Pedro 3:8,9).

 

10.  Hazle notar las verdades fundamentales. Los pecadores tienen tendencia a escaparse con algún pretexto o algún punto subordinado, especialmente los que se refieren a sectarismo.

Dile que de Io que se trata es de salvar su alma y no de dirimir cuestiones de teología en controversia. Insiste y no te muevas de los grandes puntos fundamentales, por los que ha de ser salvo o se ha de perder.

 

11.  Haz énfasis en los pecados particulares del individuo. El hablar en términos generales contra el pecado, no produce ningún resultado. Tienes que darle la impresión de que se trata de él. Un ministro que no da la impresión a sus oyentes que se dirige a ellos, no va a obtener ningún resultado. Algunos evitan cuidadosamente algún pecado particular del que saben que el individuo es culpable, por temor de herir sus sentimientos. Esto es un error. Si conoces su historia, insiste en sus pecados particulares; de modo amable, pero claro; no para ofender, sino para despertar la conciencia, y dar más fuerza a la verdad.

 

12.  Generalmente, lo mejor es ser corto, no ir alargando lo que se tiene que decir. Llama la atención sobre el punto que deseas tan pronto como puedas; di unas cuantas cosas y ve al grano, trata de lo que te interesa decir. Si es posible, consigue que se arrepienta y se entregue a Cristo allí mismo. Es de esto que se trata, precisamente. Evita cuidadosamente producirle la impresión que no quieres que se arrepienta en aquel momento.

 

13.  Siempre que tengas razón para creer que una persona a tu alcance ha sido despertada, no te duermas tú hasta que hayas proyectado la luz en su mente, y hayas tratado de llevarla a un arrepentimiento inmediato. Entonces es el momento de hacer énfasis sobre el tema con resultado.

 

14.  A veces hay algún pecado particular, al cual no está dispuesto a renunciar. Dice que es muy pequeño; o se dice a sí mismo que no es ni tan sólo un pecado. No importa lo pequeño que sea, no puede entrar en el reino del cielo hasta que haya renunciado a él. A veces un individuo considera que el fumar es un pecado, y no puede hallar la verdadera paz hasta que ha renunciado al mismo. Quizá lo considera un pecado pequeño. En todo caso no hay pecados pequeños para Dios. ¿Cuál es el pecado? Perjudica tu salud y da un mal ejemplo; cuesta dinero, que podría ser usado para su servicio. Insisto en el tabaco, porque he visto que es una de las cosas a la que los hombres se resisten más a renunciar, aunque saben que es malo, y luego se extrañan de que no hallen paz.

 

15.  Así, vemos que hay individuos que se resisten a hacer alguna decisión, como que no van a ir a una cierta reunión; o que no quieren que una cierta persona ore por ellos; o no querrán ir al "asiento de los penitentes". Dicen que pueden convertirse perfectamente sin ceder en este punto, porque la religión no consiste en ir a una reunión particular, o tomar una cierta actitud en la oración, o un asiento especial. Esto es verdad. Pero al insistir en un punto así, es evidente que lo que intentan es traer a Dios a los términos que ellos establecen, no someterse a los de Dios.

 

16. Algunas personas insistirán con denuedo en que han cometido el pecado imperdonable. Cuando se les ha metido esta idea en la cabeza, van a volver todo lo que se les dice en contra de ellos mismos. En algunos casos, es mejor no oponerse a lo que dicen de modo resuelto, sino decirles más o menos: "Bueno, supongamos que hayas cometido el pecado imperdonable. Es razonable que te sometas a Dios y te arrepientas por tus pecados, y te apartes de los mismos, y hagas todo el bien que puedas, incluso si Dios no ha de perdonarte. Incluso si has de ir al infierno es mejor que te arrepientas." Con este tipo de argumentos es muy probable que, al final, lo entiendan y consientan en arrepentirse.

Es común que las personas en estos casos se encierren en sí mismos, fijen los ojos en su propia oscuridad en vez de mirar a Cristo. Si se consigue sacarles de esta preocupación sobre sí mismos y hacerles pensar en Cristo, dejan de cavilar sobre sus propios sentimientos presentes y se puede conseguir que echen mano de la esperanza que el Evangelio les pone delante.

 

17.  La Iglesia está llena ahora de hipócritas, porque la gente no habían oído bien claro que a menos que hagan una consagración completa de todo a Cristo: su tiempo, su talento, su influencia, nunca van a llegar al cielo. Algunos creen que pueden ser cristianos y seguir soñando en la vida, y usar su tiempo y propiedades para sí mismos, dando sólo un poco de vez en cuando, sólo para salvar las apariencias, y cuando pueden hacerlo a su perfecta conveniencia. Pero esto es una triste equivocación y hallarán, si Io hacen, que no emplean sus energías para Dios. Y cuando mueran, en vez de hallar el cielo al final del camino que siguen encontrarán el infierno.

 

18.  Este es un punto en el cual fallan casi todos los ministros. No saben cómo despertar a la iglesia, y levantar el tono de piedad, y así allanar el camino para la obra de conversión. Muchos ministros pueden predicar a los pecadores muy bien, pero consiguen poco, por la influencia de la iglesia que los contrarresta, y no tienen habilidad para quitar la dificultad. Sólo hay un ministro aquí y allá, en el país, que sepa cómo averiguar cuándo la iglesia se halla en un estado frio y se está volviendo atrás, con miras a despertar de modo efectivo a sus miembros y mantenerles despiertos.

Los miembros de la iglesia pecan contra esta luz, de modo que cuando se enfrían es muy difícil estimularlos. Tienen una forma de piedad que repele a la verdad, mientras que al mismo tiempo es una forma de piedad que no tiene poder ni eficiencia. Esta clase son los más difíciles de despertar de su sueño. No quiero decir que sean siempre más malos que los impenitentes. A veces, están ocupados en la maquinaria de la religión y pasan por muy buenos cristianos, pero no sirven para un avivamiento.

 

19.  Para alcanzar diferentes clases de pecadores, con éxito, se requiere mucha sabiduria por parte de un ministro. Por ejemplo, un sermón sobre un cierto tema puede impresionar una clase particular de personas entre los oyentes. Quizá empezarán a adoptar una actitud más seria, a hablar de ello o a meditarlo. Entonces, el ministro, si es sabio, sabrá cómo observar estas indicaciones y seguirá insistiendo, con sermones adaptados a esta clase, hasta que los conduce al reino de Dios. Luego volverá a empezar con otra clase, descubrirá dónde se esconden, echará abajo sus refugios y, siguiéndolos, los conducirá también al reino. Tiene que seguir persiguiéndolos a todos, como la voz de Dios siguió a Adán en el jardín: "Adán, ¿dónde estás?", hasta que, una clase de oyentes después de otra, toda la comunidad se haya convertido.

Pero un ministro ha de ser muy sabio y prudente para hacer esto.

Los ministros que tienen una mejor preparación son los que ganan más aimas. Algunos ministros, a veces, son tenidos poco en cuenta, se les llama ignorantes, porque no conocen las ciencias y las lenguas; aunque distan mucho de ser ignorantes del gran objetivo para el cual el ministro ha sido designado. La instrucción es importante y siempre es útil. Pero, después de todo, un ministro puede que sepa cómo ganar almas para Cristo sin poseer grandes conocimientos; y el que tiene la mejor preparación para ser ministro es el que gana más almas para Cristo.

 

20.  Cuando los jóvenes salen de los seminarios, ¿están preparados para ir a avivamientos? Demos una mirada donde ha habido un avivamiento y se necesita un ministro. Que envíen a buscar un ministro en un seminario teológico. ¿Podrá hacerse cargo del trabajo, mantenerlo y seguir adelante? Raramente ocurre esto. Como la armadura de Saúl sobre el cuerpo de David, trae una carga tal de materia teológica que no sabe que hacer. Dejadle tres semanas y el avivamiento ha concluido. Las iglesias saben y sienten que la mayor parte de estos jóvenes no saben hacer nada de lo que se necesita para un avivamiento, y se quejan algunos de que los ministros jóvenes se hallan más atrasados que la Iglesia. Se pueden buscar ministros jóvenes en los seminarios teológicos, pero serán muy pocos los capacitados para llevar la obra adelante. Es un pobre estado de cosas.

 

21.  Y aquí quisiera decir que a mí me parece evidente que, a menos que los profesores de nuestros seminarios teológicos se dediquen a predicar, se mezclen con la Iglesia, y simpaticen con ella, en todos sus movimientos, es moralmente, ya que no naturalmente, imposible que ellos preparen a los jóvenes en el espíritu de la época. Es una vergüenza y un pecado que los profesores de teología, que predican tan poco, que están apartados de los deberes activos del ministerio, sentados en sus estudios escriban cartas, dando consejos, o admoniciones más perentorias aún, a los ministros y a las iglesias que están en el campo de trabajo, y que se hallan en mejores circunstancias que ellos para poder juzgar lo que se necesita hacer. Los hombres que pasan su tiempo, o por lo menos gran parte del mismo, en los deberes activos del ministerio, son los únicos que pueden juzgar de lo que conviene y lo que no conviene, Io prudente e imprudente. Es peligroso y ridículo que nuestros profesores teológicos, que están retirados del área de conflicto sean los que dicten las medidas y movimientos de la Iglesia, como si un general quisiera dirigir una batalla desde su dormitorio.

 

22.  Finalmente, deseo preguntar: ¿Quién puede reclamar la posesión de la sabiduría divina? Sea entre los legos o los ministros. ¿Quién puede? ¿Ellos? ¿Puedo yo? ¿Estamos trabajando con prudencia para ganar almas? ¿O hemos de intentar convencernos que el éxito no es un criterio de la sabiduría al hacerlo?

¿Cuántos son los que han tenido bastante sabiduría para convertir a un solo pecador? No digáis: "Yo no puedo convertir pecadores. Sólo Dios puede hacerlo." Mirad el texto: "El que gana almas es sabio." Es verdad que Dios convierte a los pecadores. Pero, en un cierto sentido, también, son los ministros que los convierten.

¡Hombres! Mujeres! Habéis de ser sabios para ganar almas. Quizá algunas almas han perecido porque no habéis mostrado la sabiduría que habrías podido poner en uso para salvarlas. Esta ciudad se dirige a la condenación. Sí, todo el mundo se dirige a la condenación, y seguirá avanzando por el mismo camino hasta que la Iglesia descubra cómo ganar almas.